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Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]

Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:

Tras ser herido en un campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial, Holger deja de ser un moderno soldado para encarnarse en un caballero armado, exiliado en un mundo de brujería y magia donde se libra una sangrienta guerra. La hechicera Le Fay utilizará su espada contra Caos; la doncella-cisne querrá que ayude a su apacible pueblo. Al principio, él se negará a servir a ambas en un intento de retornar a la realidad, pero la Tierra era su exilio: es aquí, bajo el ardiente aliento del dragón, donde deberá luchar y morir…
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Holger sintió que perdía las fuerzas. Se sentó, se agarró a las rodillas y recitó la historia completa de cómo había sido apresado y de cómo había escapado. Hugi se tiró de la barba y murmuró:

—Vaya, así, así, sí, un hada tramposa. No soy nadie para alardear de que os lo dije, y por eso no diré una palabra sobre cómo os advertí de que éste era un mal lugar para nosotros. La próxima vez recordadlo y hacedme caso. Suelo acertar más que equivocarme, aunque mi modestia me prohíba demostrarlo con muchos relatos de mi pasado, como aquella vez en la que una manticora habitaba en la gruta de Gawyr y le dijo al joven sir Turold… Carahue ignoró el ruido de fondo que producía la historia del enano y se acercó:

—Me parece que el cumplimiento de vuestro voto tiene una importancia más que común, sir Rupert, puesto que el camino se hace tan difícil.

Holger estaba demasiado fatigado y desanimado como para eliminar las sospechas del sarraceno afirmando que todo había sido mera coincidencia. Se quitó las ropas y trató de buscar una toalla en el momento en el que un ruido en el cielo y un destello blanco le hizo romper todos los récords para volverse a poner las empapadas calzas.

Alianora aterrizó y se convirtió en humana. Lanzó un grito sofocado al ver a Holger, dio un paso hacia él y se reprimió. El no podía leer la expresión de su cara con el escaso brillo de los carbones; sólo era una sombra sutil bordeada de rojo.

—Así que estáis a salvo —le saludó ella, con frialdad—. Bien. Volé por el cielo, encima de las luces de ese campamento, sobre una cumbre sin vegetación y traigo noticias.

Su voz se fue desvaneciendo poco a poco. Se encogió de hombros y se dirigió hacia Carahue, como si buscara calor. Tras la barba centellearon sus dientes. Se quitó el manto y se lo puso a ella por los hombros.

—¿Qué es lo que visteis, la más valiente y más hermosa de las doncellas? —murmuró él, haciendo más movimientos de los necesarios para ajustarle la prenda.

—Se había reunido un aquelarre —dijo mirando más allá de ellos, hacia la oscuridad que fluía y gemía bajo la luna—. Nunca lo había visto como éste, pero debía ser un aquelarre. Trece hombres estaban en pie ante la hoguera que ardía delante de un gran altar de piedra, con un crucifijo enorme roto. La mayoría de los hombres eran jefes de los salvajes, a juzgar por sus plumajes y pieles. Algunos debían haber llegado allí desde el sur… y qué viejos eran, qué viejos, con gestos malignos en sus rostros, iluminados por el fuego, cuya vista casi me hace caer del aire. Más allá de la luz, donde apenas podía ver, aguardaban criaturas. Me contenta que estuvieran en la oscuridad, pues temo que lo poco que vi de ellas volverá a presentárseme en los sueños. El aquelarre miraba el altar de piedra, en donde sacrificaban… —tragó saliva y tuvo que esforzarse para que las palabras le salieran— un recién nacido, sacrificado como un cerdo. Y una negrura se estaba formando encima del altar, más alta que un hombre… Me di la vuelta y escapé. Eso sucedió hace algo más de una hora. Ni siquiera por vos volvería a bajar, y no sería posible, pues los vientos limpios han quitado parte de la cobertura que me protegía.

Se dejó caer de rodillas y se cubrió el rostro. Carahue se inclinó sobre ella, pero le apartó. La forma nudosa de Hugi se acercó, le puso un brazo por la espalda y la tomó de la mano. Ella se abrazó al enano. La respiración producía un sonido sibilante entre sus labios.

Carahue fue junto a Holger y le dijo sombríamente:

—Entonces es verdad lo que oí decir en Huy Braseal y lo que se había rumoreado entre los hombres desde mi retorno. Caos se arma para la guerra.

Permaneció en pie un rato más silencioso entre las sombras, antes de levantar la espada y decir:

—La última vez que estuve en la tierra, hace cientos de años, deambulé en una ocasión por estas mismas marcas. En aquellos tiempos, los montañeses también eran paganos, pero de un tipo de paganismo limpio. No veneraban diablos ni comían carne humana. Mas ahora se han corrompido, para ser los instrumentos del enemigo del hombre. Sus jefes han sido recibidos en el aquelarre y el aquelarre les da a esos jefes la orden de que conduzcan a los hombres de sus tribus contra las gentes de los valles. Quizá la reunión de esta noche sea la última de otras muchas. Los caníbales pueden empezar a reunir sus huestes mañana.

—Así lo creo —respondió Holger mecánicamente.

—Creéis muchas cosas que preferís no relatar —añadió Carahue. El sarraceno volvió a meter la espada en la vaina.

—No importa —dijo—. Ahora tenemos más necesidad de dormir que de hablar, pero en otro momento os haré algunas preguntas.

—Gracias por la advertencia —contestó Holger.

Había esperado que no podría dormir, y ciertamente su sueño no fue recuperador, pues una inquieta semiconsciencia se arrastraba con sus visiones. Se alegró cuando Hugi le despertó para su ronda de vigilancia, y todavía se alegró más cuando despuntó el día.

Tomaron sus raciones, ensillaron los caballos y se fueron. Holger no se volvió para mirar el lago, reluciente con sus vapores blancos, y pronto quedó muy atrás. El tiempo se había vuelto frío, con unas nubes grises que pasaban bajo otras de color plomo. Las montañosas pendientes que iba ascendiendo el grupo se hacían cada vez más estériles, hasta que sólo las cubrían matojos de hierbas duras y plateadas. Las cumbres rompían unos perfiles erosionados a través de un horizonte dominado al norte por una fuerte escarpadura. Alianora dijo que ésa era la que tenían que escalar, por un boquete que ella había visto desde el aire, para llegar a ia meseta. Había pasos más fáciles, pero estaban demasiado cerca de los agrupamientos salvajes. En cambio, nadie habitaba cerca de éste.

Hugi arrugó la nariz y escupió.

—Sí, es comprensible que éstos no vivan por allí —murmuró—. Cada paso adelante aumenta la peste a troll. Tu montaña puede estar llena de sus cuevas y madrigueras.

Holger lanzó una mirada al rostro turbado de Alianora, que cabalgaba entre él y Carahue.

—Hasta ahora hemos vencido a una gran variedad de seres —dijo Holger, esperando animarla—. Brujas, fariseos, un dragón, un gigante y un hombre lobo. ¿Qué es un troll entre amigos, sino una canción de Navidad?

—¿Cómo? —preguntó Alianora sorprendida y mirándole. —Claro que sí —pero descubrió que en esa lengua no podía traducirse aquella frase.

Amargamente, Hugi añadió:

—Pienso que preferiría enfrentarme a todos esos que habéis dicho que al cazador de vuestro paso. Como un carcayú para un oso, así es un troll para un gigante. Quizá no tan grande, pero fiero más allá de toda medida, astuto, y lleno de vida. Muchos gigantes han muerto a manos de mortales, de un modo u otro, pero no se sabe de ningún caballero que haya vencido jamás contra un troll.

—¿Cómo? —preguntó Carahue levantando las cejas—. ¿No les duele el hierro?

—Sí. Así es, el hierro les quemará, lo mismo que un atizador al rojo vivo le quemaría a vos, pero vos podríais vencer fácilmente a un hombre que luchara con ese arma, y recuperaros pronto de las heridas que os hiciera. Los trolls son semejantes a los ghouls, y por tanto pueden enfrentarse a la santidad si no es demasiado grande. Vuestra cruz os daría escasa ayuda si no sois un santo. Es poco más lo que sé, pues son pocos los que han visto un troll y han regresado para contar sus hábitos y costumbres.

—Sería una famosa hazaña matar uno —dijo Carahue con una nota de ambición caballeresca. Holger pensó: Pues yo preferiría permanecer oscuro si pudiera.

Siguieron adelante. Cerca del mediodía surgieron del desfiladero rocoso y vieron a los montañeses.

No hubo advertencia. Holger tiró de las riendas con una maldición. Su corazón latió contra sus costillas una vez, antes de perder el miedo por causa de la urgencia. Miró hacia adelante. Estimulada la curiosidad, sus ojos vieron con la plenitud de visión del rayo.

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