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Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]

Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:

Tras ser herido en un campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial, Holger deja de ser un moderno soldado para encarnarse en un caballero armado, exiliado en un mundo de brujería y magia donde se libra una sangrienta guerra. La hechicera Le Fay utilizará su espada contra Caos; la doncella-cisne querrá que ayude a su apacible pueblo. Al principio, él se negará a servir a ambas en un intento de retornar a la realidad, pero la Tierra era su exilio: es aquí, bajo el ardiente aliento del dragón, donde deberá luchar y morir…
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Sin embargo, la excitación crecía en él. Había estado demasiado preocupado hasta ese instante para extraer la conclusión evidente: que él mismo pertenecía al ciclo carolingio-artúrico. En algún lugar, atrás, en aquel otro cosmos (¡qué lejos estaba de esta noche y esta mujer!), él debió leer alguna vez sus propias hazañas.

Pero si era así, decidió con tristeza, el olvido lo había cubierto. Su nombre podía ser una palabra conocida en su patria; pudo haber sido su propio héroe infantil; pero el hechizo de Morgana seguía funcionando. La transición hasta ese mundo había ocultado cualquier recuerdo que hubiera tenido de las historias sobre… sobre tres corazones y tres leones.

—Me parece que al menos este mundo te gusta más —le dijo Morgana—. Ten cuidado no vayas a aparecer en el otro —dio un paso hasta acercarse a él, hasta que casi se tocaron—. Sí, ciertamente, hay una gran hueste en ambos mundos, y tú eres el punto esencial de ambos. Te confesaré eso. Pero si sigues adelante con este loco plan, manejando poderes de los que nada sabes, lo más probable es que fracases y mueras. O quizá triunfes por azar, y te arrepientas de lo que hiciste. Abandona tu carga ahora, Holger, y habita aquí feliz eternamente. ¡Todavía tienes tiempo!

El sonrió, con escaso humor.

—No te esforzarías tanto por hacerme abandonar si no fueran mejores mis posibilidades de ganar. Supongo que sabes a lo que estoy atado. Has hecho todo lo posible por engañarme, y capturarme, y dejarme impedido. Sin duda, la próxima vez intentarás matarme. Pero pienso seguir adelante. Qué palabras tan pomposas, le decía su ser interior. Cualquiera podría pensar que te las crees.

Fatigado, supo de pronto que sólo quería la paz. Y poner fin a esta lucha en la oscuridad. Un lugar en donde ocultarse con Alianora de todos los mundos y todas sus crueldades. Pero no podía pedir un descanso. Había otros muchos que quedarían atrapados en el momento en que él se apartara del camino. No era un maldito héroe, por Judas, sino un tipo que tenía que vivir consigo mismo, ¿no?

Morgana le observó un largo momento. El viento silbaba alrededor de ambos.

—En esto hay un destino —dijo por fin, pesadamente—. Sí, veo que incluso Carahue ha retornado. Las partes del modelo se han unido. Pero no estés seguro de que el Tejedor lo completará.

De pronto las lágrimas brillaron en sus ojos. Se inclinó hacia adelante y lo besó, pero sin fuerza, casi momentáneamente, aunque él raras veces hubiera sentido mayor ternura.

—Adiós, Holger —dijo. Se dio la vuelta y desapareció de la vista.

El se quedó allí de pie, temblando por el frío. ¿Debía llamar a los otros? No, mejor dejarlos dormir, pensó vagamente. No quería hablar sobre lo que había sucedido. No era asunto de nadie.

Pasó el tiempo. La noche gritó con más tuerza. Mirando hacia arriba se liberó de su ensueño, calibrando por la luna si su turno había terminado. El cielo era un tintero nublado. No importaba. Podía seguir con la guardia. Al fin y al cabo, después de lo que había sucedido no iba a dormir. Por no hablar del ruido. Ahora estaba soplando un verdadero vendaval, que hacía entrechocar las piedras, y crujir el metal…

¡Hay!

Apareció ante él el jefe caníbal. Más allá, destellaron las puntas de las lanzas. Debía haber cien hombres, o más, debían haber estado escondidos en el paso, y ahora Morgana los había enviado para… —¡Despertad! ¡Despertad, ya vienen!

De un salto Hugi, Alianora y Carahue se pusieron en pie. El sarraceno tenía la espada en la mano. Saltó hacia el caballo, alarmado, y arrancó las riendas del poste en donde estaban atadas. La joven saltó a su montura. Dos montañeses gritaron y se lanzaron sobre ella. Uno de ellos con una espada. Hugi se metió entre sus piernas, como un huracán pequeño y moreno. Cayeron al suelo. Holger se lanzó sobre otro. Su espada se elevó y cayó. Un cráneo se abrió horriblemente.

Cuando el cuerpo cayó sobre él lo lanzó hacia atrás con tanta fuerza que derribó al siguiente hombre. Una lanza rozó su cota de malla. Lanzó un hachazo al rostro del jefe. Oscuro bajo la luz del fuego, le sonrieron unos dientes limados. Unos brazos se cerraron alrededor de su cuello. Dio una patada hacia atrás sirviéndose de sus espuelas. El salvaje gritó y le soltó.

Holger retrocedió hasta que tuvo el menhir a sus espaldas. Un hombre alto, que llevaba un dragón pintado en el estómago, dio un salto hacia adelante, para atacarle. Holger dio un corte lateral y la cabeza del hombre cayó de sus hombros. Un círculo de enemigos se aproximó presionándole. Más allá de sus plumas y cuernos, vio a Carahue montado, batiéndose con su sable. Papillon cojeaba, mordía, piafaba; las crines y la cola volaban como llamas negras.

Un montañés se levantó poniéndose vientre con vientre con Holger. Había conseguido deslizarse bajo la guardia del danés. Lanzó hacia arriba la daga que llevaba en la mano. Consiguió atajar la cuchillada con el brazo izquierdo. Hugi apareció entonces bajo el salvaje, le cogió de los tobillos y lo derribó. Hombre y enano rodaron, gruñendo.

El jefe estaba inmediatamente detrás. Haciendo un ruido estruendoso, golpeó con el hacha el casco de Holger. Este se sacudió y se oyó a sí mismo quejarse: «Por Dios y por San Jorge.» El jefe se echó a reír y golpeó de nuevo. De alguna manera, Holger paraba los golpes. Casi todos. Otros golpeaban su casco y cota de mallas. Retrocedió. Otros dos hombres llegaron corriendo por los costados. Carahue apareció ante ellos. La hoja del sarraceno silbó. Un pagano se agarró el brazo, y se quedó mirando hacia delante, estúpidamente, mientras el brazo se le quedaba en la mano, cayendo después de rodillas. Holger dio un golpe bajo y alcanzó la pierna del otro, que dio unos tumbos hacia atrás. El jefe se dio la vuelta para enfrentarse a Carahue con el hacha. Entrechocaron maldiciéndose.

El caballo de Alianora relinchó. Desjarretado, cayó a tierra. El cisne blanco levantó el vuelo, pero volvió a bajar atacando a los ojos de los enemigos. Holger sollozó para que le entrara aire en los pulmones. Alguien lanzó una orden. Varias lanzas cayeron a su alrededor y olvidó que estaba herido y agotado. Cargó contra los enemigos. Su espada caía como una guadaña. Levantando las patas traseras, Papillon parecía inmenso, y dejándolas caer machacaba los cerebros con unos relinchos que superaban los gritos de guerra. Hombre y caballo esparcieron al grupo de lanzadores de jabalina y volvieron junto a la piedra.

Hugi se levantó de un cuerpo que había quedado tendido, se sacudió las manos y se unió a ellos. Alianora volvió a convertirse en mujer, en el mismo lugar. Un momento más tarde llegaba Carahue, al trote. Holger puso un pie en el estribo y montó en Papillon. Un salvaje se lanzó hacia él. Holger le dio una patada en los dientes. Agachándose, se puso el escudo en el brazo. Extendió la mano de la espada para ayudar a Alianora a subir tras él. Carahue le dejó sitio a Hugi. Los dos caballeros se miraron el uno al otro, asintieron y cabalgaron hacia la batalla.

Durante unos minutos todo fueron cuchilladas y tajos. Luego, de repente, el enemigo había desaparecido. Jadeantes, Holger y Carahue regresaron junto al menhir. Sus espadas estaban rojizas. La sangre manchaba las ropas, los brazos y los rostros. La luz del fuego alumbraba charcos de sangre en el suelo. Había cuerpos yacentes, algunos de ellos se movían y gemían, otros estaban totalmente inmóviles. Los montañeses se habían retirado a unos matorrales situados al borde del campo de visión; sólo podían ver realmente sus armas. Holger reconoció al jefe, que había perdido el casco de guerra y tenía el cuero cabelludo lacerado. El jefe se levantó y fue cojeando hacia sus hombres.

Carahue exhibió una gran sonrisa.

— ¡Noblemente hecho, noblemente! —exclamó jadeante—. Por la mano del profeta… del profeta Jesús, sir Rupert, ¡creo que sólo un hombre en el mundo puede luchar como vos lo habéis hecho!

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