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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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A continuación hablaron con la chelista, quien abrió el estuche de su instrumento, se arrodilló junto a él y extrajo el chelo cuidadosamente. Retiró el paño y las partituras de la funda y sacó las cuerdas de repuesto de un sobre sin que mediara petición alguna. Michael se arrodilló a su lado. Solomon tomó asiento en una butaca vecina y se frotó las rodillas.

La chelista tenía tres cuerdas de repuesto. A la vez que mascaba la punta de su trenza, asintió con la cabeza confirmando que eran las tres únicas cuerdas que tenía desde por la mañana.

Pidieron a las dos mujeres que aguardaran fuera.

– Pueden dejar aquí sus instrumentos. Las llamaremos dentro de un momento -dijo Tzilla, y se llevó a Avigdor hacia las puertas-. Usted espere aquí también. Vamos, siéntese en esta butaca -la oyeron decirle con dulzura.

– No tiene ni medio milímetro de diámetro -dijo Shimshon, con la cuerda re del chelo en las manos.

– Con plena certeza, menos de medio milímetro -ratificó Solomon-. Es finísima… una cuerda así habría sido perfecta, y además… Un momento, voy a medirla -se sacó una cinta métrica del bolsillo, estiró la cuerda a sus pies, y anunció tras medirla-: Un metro exacto.

– En definitiva -reflexionó Michael en voz alta-, ¿habría valido una cuerda de cualquiera de estos instrumentos?

– Las finas sí, sin duda -dijo Solomon, y se puso a canturrear-. Quedan incluidas, por tanto, las cuerdas la de violines, violas y chelos. Pero no estoy seguro de que la longitud de las de violín sea correcta. Nunca se sabe de qué te puede valer lo que has aprendido. Ahora, de pronto, estoy sacando partido de las clases de violín que tanto me amargaban de pequeño.

Michael asintió con un gesto, y estaba a punto de decir algo cuando se abrieron las puertas de madera y entraron dos hombres y dos mujeres. Yaffa los saludó con la mano y los llamó por señas. Michael sólo conocía al hombre bajito y calvo, pero identificó a todos como peritos del laboratorio.

– Nos han llamado -le dijo el calvo a Shimshon-, y aquí estamos.

– Comenzad con los instrumentistas de cuerda -le dijo Michael a Tzilla, y luego explicó a los peritos, arracimados a espaldas de Shimshon-: ¿Por qué habríamos de buscar un sedal de pesca en un auditorio? ¿Acaso se viene aquí a pescar? Podemos partir del supuesto de que lo que pretendemos encontrar es una cuerda de violín de determinado tamaño.

– ¿De verdad cree que las cosas son tan sencillas? -preguntó Shimshon con acritud-. ¿Que a orillas de un río hay que buscar un sedal y en un auditorio, una cuerda de violín?

Michael se encogió de hombros.

– A veces es así de fácil. Solomon dice que ha sido un alambre o una cuerda de plástico finos, y aquí tenemos una cuerda muy fina.

– Las cuerdas se desgarran -objetó Shimshon.

– No sé yo -interrumpió el calvo-. Antes las cuerdas de violín se hacían con intestinos de cordero, pero ahora son de metal revestido de plástico.

– No se desgarran, se rompen, debido a la fatiga de los materiales -interpuso Michael, pensando de nuevo en la cuerda que se le había roto a Nita en casa y recordando la sorpresa que le produjo el imprevisto chasquido de la cuerda, que quedó colgando sobre el puente del chelo. Le maravillaron los movimientos precisos y eficaces con que Nita sustituyó la cuerda tranquila y rápidamente. Él se le acercó, con la nena en brazos, y observó cómo desenroscaba la clavija de madera con la mano derecha y extraía el extremo de la cuerda rota, y no le pasó inadvertido el cuidado con que enhebraba la cuerda de repuesto en el cordal y luego la tendía sobre el puente y el mango hasta el clavijero. A continuación, enroscó la cuerda en la clavija y la tensó, después la pulsó con el oído atento, pulsó otras cuerdas y, de pronto, al sorprenderlo mirándola fijamente a las manos, alzó la vista y sonrió divertida, como si Michael fuera un niño hechizado por las manos de un mago.

– ¿Qué pasa? -le preguntó riéndose.

Él se encogió de hombros y dijo:

– Nada, es que nunca había visto hacer esto. Lo que me gustaría saber es… ¿por qué se rompen?

– Se rompen sin más -repuso Nita alegremente-. Igual que el estante de la cocina que se cayó el otro día. Te pregunté por qué se había caído sin que nadie lo tocara, y sin que hubiese nadie en la cocina o hubiéramos puesto en él algo más de lo habitual o algo más pesado, y tú me dijiste: «¡Es la fatiga de los materiales!». Pues, por lo visto, eso también se aplica a las cuerdas de un chelo.

– ¿No tiene nada que ver con la manera en que estabas tocando? -inquirió Michael cauteloso-. La habías pulsado con mucha fuerza.

El rostro de Nita se nubló.

– Es un pasaje difícil -se defendió-. Me gustaría verte a ti tratando de tocar un pizzicato fuerte. Mira, aquí dice fortissimo -dijo señalando el atril con la cabeza-. Compruébalo tú mismo.

– Nita -dijo entonces Michael-. Déjalo ya, sé que estás trabajando, sólo pretendía comprenderlo. ¿Por qué reaccionas como si yo fuera un crítico musical? Ya sabes que soy un perfecto ignorante en este terreno.

– He pasado tantísimo tiempo sin tocar… Y ni siquiera antes me sentía especialmente buena… La falta de seguridad es algo natural en mí -dijo Nita avergonzada. Luego respiró hondo y prosiguió en un tono claro y razonable-: No tiene nada que ver con la manera de tocar. Si quieres saber por qué pienso que se rompen las cuerdas, sólo puedo darte una razón. Aunque dicen que las diferencias de temperatura pueden romperlas, en mi opinión sólo se debe a la fatiga de los materiales.

– ¿Todo el mundo sabe sustituirlas así? -preguntó Michael.

Nita se echó a reír.

– Pues claro, a toda prisa, como se cambia la rueda de un coche de carreras. ¿Crees acaso que no pasa a veces en medio de un concierto?

– Paganini… -dijo Michael a la vez que le acudía un recuerdo a la mente, y a punto estuvo de mencionar a Becky Pomeranz, pero al final se limitó a decir-: Una vez me contaron, cuando era un chaval, que a Paganini se le rompieron todas las cuerdas durante un concierto…

– Todas no -lo corrigió Nita-, sólo tres. Según la leyenda, se quedó con una sola cuerda e interpretó con ella el resto del concierto, y también cuenta la leyenda que hizo que se rompieran a propósito para demostrar su virtuosismo… -inclinó la cabeza, pegándola al chelo, pulsó las cuerdas una tras otra y preguntó-: Y bien, ¿es una quinta? ¿Tú qué opinas? No del todo, ¿verdad? -aflojó la clavija y volvió a tensar la nueva cuerda, la pulsó, quedó a la escucha, cabeceó, y, al fin satisfecha, dijo-: Ahora sí.

– Comenzad en el vestíbulo, revisad los estuches de todos los instrumentistas de cuerda -instruyó Michael a los peritos del laboratorio-. No hace falta que digáis lo que estáis buscando, haced preguntas generales, enteraos de si se les ha perdido alguna cuerda de repuesto. Dentro de poco llegará más personal del laboratorio a reforzaros, pero de momento sois los únicos que sabéis lo que andamos buscando. Si no sacáis nada en claro, regresad aquí y revolvedlo todo hasta dar con una cuerda suelta que esté tirada por ahí. Shimshon, usted puede quedarse entre bastidores e iniciar allí el registro. El asesino no se la habrá guardado en el bolsillo toda bañada en sangre -masculló Michael. Y añadió con firmeza-: Tiene que estar en algún lado.

– Claro, claro -dijo Shimshon-, junto con los guantes.

– Es muy posible -dijo Michael secamente, como si no hubiera captado el sarcasmo.

– Eso quisiera usted -susurró Shimshon, y Michael deliberó si lo mejor sería hacer oídos sordos.

Pero luego se oyó decir en tono de perplejidad:

– ¿Qué problema tiene? ¿Qué le preocupa?

– No me convencen las soluciones tan obvias, tan simétricas -repuso Shimshon entre dientes-. Por aquí hay una tonelada de cables eléctricos, ¿por qué no ha podido ser un cable?

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