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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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Examinó la cara de Gabriel, le palpó las mandíbulas e introdujo en su boca los dedos enfundados en unos guantes amarillos de plástico.

– Tal como pensaba, la lengua no está inflamada -señaló con satisfacción-. Recuérdenme que tome nota de esto y que la fotografíe. Podría ser importante. La mandíbula todavía se abre, con dificultad, pero se abre. Ya sabe lo que eso significa -dijo posando sus ojos pálidos en Tzilla con una mirada expectante.

Tzilla asintió cual alumna diligente y declamó:

– Si los músculos de la mandíbula están rígidos, han pasado tres horas desde la muerte. Si no se pueden mover las manos, seis horas. La rigidez en las piernas indica que lleva ocho horas muerto.

– Si hace un tiempo como el de hoy -la corrigió el forense-. Sólo cuando hace un tiempo otoñal como hoy.

– Así que aún no se ha asentado el rigor mortis -dijo Michael.

– Está a punto de empezar -aseguró el forense-. Enseguida. Ahora examinemos el livor mortis -volvió a poner el cadáver de costado y levantó la camisa-. Ven, tenía livideces en la espalda y, al darle la vuelta, se han deslizado hacia aquí. Si se oprime una lividez -dijo apretando una mancha azul violácea-, la presión empuja la sangre hacia los lados.

– ¿Ya? ¿Aunque sólo haya transcurrido una hora? -exclamó Michael.

– Hay que tener en cuenta la edad. ¿Cuántos años tenía?

– Cuarenta y siete, más o menos, si no lo recuerdo mal.

– Pues bien, a esa edad ya se padece de insuficiencia venosa -murmuró el forense-. El cambio de color se produce al cabo de una hora, como lo demuestran estas livideces.

– ¡Menudo color! -murmuró Tzilla. Bajo la deslumbrante luz blanca, el azul violáceo de las manchas relucía.

– Es lo que sucede cuando disminuye el oxígeno en la sangre -canturreó el forense-. Sin duda habrá visto cosas así antes.

– Pero nunca te acostumbras -dijo Tzilla suspirando, y se pasó los dedos por el corto cabello.

– Qué va -comentó el forense despectivo-, cuando no hay más remedio, uno se acostumbra a todo. Los seres humanos tienen una capacidad de adaptación increíble -tarareó y apretó una lividez de gran tamaño, que se desplazó hacia un lado-. Miren, al apretar se vuelve blanca, ¿lo ven?, lo que corrobora -cantó- que la muerte ha tenido lugar hace menos de ocho horas, porque… -señaló con un dedo enguantado a Tzilla, quien obedientemente dijo:

– Al cabo de ocho horas los vasos sanguíneos se ocluyen y las livideces no se desplazan.

– Eso es -ratificó el forense, y reanudó la inspección del cuello con la lupa-. No quiero tocar esto con el metro -salmodió-. No se debe estropear un tajo circular tan limpio -dejó la lupa y, empuñando la cámara de fotos, la acercó hasta unos centímetros del tajo y disparó varias veces, sin que cesara su canturreo-. Vamos a sacar unos cuantos primeros planos que se vean bien -y volvió a coger la lupa. Michael se arrodilló a su lado a la vez que Tzilla daba un paso atrás y volvía la cabeza hacia otro lado-. Hay que observarlo desde un punto de vista científico -advirtió el forense-, ya no es una persona, es un caso. Repítaselo hasta quedar convencida -Tzilla no se movió y siguió eludiendo la visión del cadáver.

– ¡Mire esta señal! -exclamó Solomon poniendo el dedo sobre el cuello del cadáver-. ¿La ve? ¿Esto que parece un mordisco? No tiene relación alguna con el caso, pero puede revelarnos alguna información.

– ¿Qué es? -preguntó Michael, y retiró la mirada del dedo posado sobre la señal marrón.

– Llame a ese hombre. ¿Cómo se llama? ¿Avigdor?

Avigdor se plantó ante Solomon con gesto asustado.

– Él tiene la misma señal -dijo el forense satisfecho-. ¿Toca usted el violín? -Avigdor asintió con la cabeza.

– Es el concertino -dijo Michael.

– ¡Ya lo ven! -exclamó Solomon encantado-. Es una inflamación que presentan muchos violinistas y violistas. La pieza de plástico, creo que es de plástico, tengo que comprobarlo, esa pieza de los violines les deja esta marca bajo la barbilla, tal como vemos en el caballero. ¿Era violinista? -preguntó señalando el cadáver. Michael hizo un gesto afirmativo-. Estoy seguro de que encontraremos otra señal aquí debajo -dijo el forense a la vez que levantaba la barba del muerto. Luego se inclinó sobre la señal, lupa en mano, y la examinó. Fue moviendo la mano lentamente de la barbilla al cuello-, ¿Lo ve? -dijo, pasándole la lupa a Michael-, el corte recorre casi toda la circunferencia del cuello. ¿Ve que apenas hay diferencias entre el lado derecho y el izquierdo?

Durante un instante en que Michael desvió la vista de la lupa, sus ojos, desprotegidos, fueron a posarse fugazmente en los ojos de Gabriel van Gelden, que seguían abiertos. La expresión de horror que vio en ellos y el recuerdo de la sonrisa tímida del muerto dejaron a Michael paralizado. Siguió mirando por la lupa, pero no veía nada ni lograba pensar, así que emitió un gruñido ambiguo y le devolvió la lupa al forense, quien dijo con satisfacción:

– De esto podemos deducir varias cosas. La primera es que no le pegaron el tajo con un cuchillo.

– ¿No fue con un cuchillo? -repitió Michael. Cuando miraba el cadáver omitiendo la cara, del cuello para abajo, le resultaba más fácil.

– Con toda certeza, no. Un cuchillo no produce un corte regular. Y tampoco habría causado un corte en circunferencia, como éste. Además hay otro factor, el número dos: no se observan señales de indecisión. Al menos, yo no las veo.

– ¿Qué son señales de indecisión? -preguntó Tzilla débilmente.

– Las que indicarían que había sido un suicidio -repuso Michael.

– Mire esto -le dijo el forense a Tzilla, sin fijarse en que ella se cuidaba mucho de mirar hacia otro lado mientras él proseguía-: ¿Lo ve?, la piel no presenta heridas pequeñas, indicativas de un intento de comprobar la profundidad a la que se podía llegar. Quien se va a suicidar, primero prueba el arma, el cuchillo, la cuerda o lo que sea. Y por eso se ven pequeñas heridas además de la grande. Ésa no es la situación que tenemos aquí. No hay señales de indecisión, sólo un tajo limpio -dictaminó mientras alumbraba el cuello con una linterna. Luego se puso a tararear.

– ¿Qué ha sido entonces? -inquirió Michael.

– Un alambre fino. O, tal vez, una cuerda de plástico. Un sedal de pesca, digamos. Si es muy fino, puede cortar la cabeza de cuajo, pasando entre dos vértebras.

– ¿Un alambre?

– Siempre que sea lo bastante afilado. Y que se ejerza la fuerza suficiente. Si se tira desde atrás, pongamos por caso, enganchado a las manos del asesino, o algo por el estilo. Si se ejerce presión contraria desde atrás, el alambre puede pasar exactamente entre dos vértebras y seccionar el cuello como en este caso. En teoría, la muerte podría haberse producido por anoxia, es decir, por falta de oxigenación del cerebro. Cuando se ejerce una fuerte presión súbita sobre el cuello, el proceso no dura más de un minuto. Las arterias se cierran antes que la tráquea, que es menos compresible y tiene mayor diámetro. Un objeto más grueso, como un cable, puede provocar una estrangulación y también falta de riego cerebral. Pero no estoy seguro de que en este caso haya habido suficiente tiempo para que ocurriera eso. La garganta es una zona muy sensible -explicó, y dejó la linterna junto al cadáver-. Estoy convencido de que no dio tiempo a que muriera estrangulado, pero, en todo caso, habrá que examinar todas las posibilidades.

El haz de luz de la linterna alumbró directamente la abertura de la garganta. Michael desvió la vista.

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