Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
Solomon palpó la cuerda con las manos enguantadas, luego se quitó el guante derecho y volvió a tocarla. Asintió con la cabeza y canturreó:
– Podría ser, ¿por qué no? -tras una pausa, añadió-: Si es suficientemente larga. Habrá que medirla… para que se pueda enroscar en ambas manos, se necesitan unos setenta u ochenta centímetros de longitud -agregó en voz alta.
– Shhh, baje la voz -le advirtió Michael.
Solomon lo miró desconcertado.
– Quiero mantenerlo en secreto. Como el caso de las tiras del sujetador. ¿Lo recuerda? ¿Recuerda que no dijimos cómo habían estrangulado a la mujer?
Solomon asintió con un gesto.
– Dijo usted que era mejor para pasarlos por el detector de mentiras.
– Cuanto menos sepan ellos, más sabremos nosotros -sentenció Michael, y añadió con menor seguridad-: Tal vez.
Echó una ojeada a la sala en penumbra, donde Avigdor se había desplomado en la butaca de al lado del violín. Tzilla seguía de pie al final del pasillo.
– ¡Shimshon! -llamó Michael-. ¡Venga ahora mismo!
El joven perito se precipitó hacia ellos como si hubiera estado esperando aquella llamada.
– Podría ser -salmodió el doctor Solomon mientras manoseaba la cuerda-. Desde luego que sí, aunque tal vez se queda un poco corta.
– ¿Tiene que ser precisamente de un violín? -preguntó Michael.
El doctor Solomon frunció el ceño, pensativo.
– No, también tendré que echar un vistazo a las cuerdas de viola -dijo sin canturrear en absoluto-. Antes hacían las cuerdas de tripas de gato -comentó riéndose-. ¿Hay por aquí una viola? También necesitamos un chelo, y quizá un contrabajo. Tenemos que verificar la longitud y el grosor de las cuerdas.
– Los músicos están ahí fuera con sus instrumentos -le recordó Shimshon.
– Traeré a alguno que tenga una viola -se ofreció Tzilla, que entretanto también había subido al escenario.
– No quiero que se enteren de lo que andamos buscando -dijo Michael-. A partir de ahora, máximo sigilo.
– Entonces, ¿cómo vamos a verificarlo? -preguntó Shimshon-. ¿Cómo lo descubriremos?
– Tenemos que idear algo. Preguntarlo indirectamente. Y habrá que fijarse en sus manos.
– Nada nos impide empezar por los violistas -dijo Tzilla-. La mayoría de los instrumentistas de cuerda siguen aquí. Algunos iban a trabajar con él -señaló el fondo del escenario y se estremeció-. Voy a traer a alguno mientras vosotros pensáis cómo preguntárselo.
– Traiga también a un chelista -le dijo el doctor Solomon cuando Tzilla empujaba las pesadas puertas.
– Voy a desmayarme -dijo débilmente Avigdor desde la sala en penumbra-. Estoy mareado.
– Enseguida le traemos un poco de agua -prometió Michael, y bajó del escenario-. Quédese quieto y respire profundamente -le indicó a la vez que se sentaba a su lado-. Estire las piernas e inspire hondo -luego preguntó con desenfado-: ¿Dónde se encontraba usted mientras Gabriel van Gelden estaba entre bastidores?
Avigdor se atragantó y pasó un buen rato tosiendo hasta que al fin consiguió decir:
– Yo… yo… -Michael aguardaba-. Después del ensayo, cuando él se retiró del escenario, supuse que nos íbamos a tomar un descanso. Hasta que volviera para hablarnos. Así que salí a la calle, a tomar el aire. Y a comer algo. Hay un quiosco que vende sándwiches. Esta mañana ni tuve tiempo de desayunar.
Michael manoseaba la funda del violín.
– ¿Están aquí todas sus cuerdas de repuesto? -preguntó.
Avigdor asintió con la cabeza. Su respiración era un jadeo superficial, las manos le temblaban.
– Siempre llevo cuatro cuerdas de repuesto -explicó-. Más vale prevenir.
El doctor Solomon se acercó desde el escenario.
– Permítame -dijo; cogió las cuatro cuerdas y las palpó cuidadosamente, una a una. Luego le hizo una seña a Michael y echó a andar hacia las escaleras laterales de la sala-. Podría ser -le dijo a Michael cuando éste se le aproximó-, y las cuerdas más gruesas del violín también servirían -echó una ojeada a Avigdor y éste alzó la vista, la cabeza le temblaba-. Voy a hacerle un par de preguntas -dijo Solomon, y se alejó.
Michael no alcanzó a oír las preguntas, pero sí la respuesta de Avigdor:
– Ésta es la cuerda la, y ésta la re -masculló.
– ¿Y ésta? -inquirió el doctor Solomon a la vez que le mostraba la cuerda de mayor grosor.
– Ésa es la sol -explicó Avigdor con un hilo de voz trémula-. Pero… pero ¿no pensará que…? -preguntó inquieto-. ¡Es imposible! -exclamó, y Michael vio la imagen del cuello cercenado de Gabriel van Gelden en los ojos de Avigdor, que parpadeaba frenéticamente.
– De momento no le comente nada a nadie, por favor -le advirtió.
Avigdor se atragantó, tragó saliva, meneó la cabeza y se retorció las manos.
– ¿La viola tiene también cuatro cuerdas? -preguntó Solomon.
Avigdor asintió con la cabeza y dijo:
– Sí, pero son una quinta, o sea, cinco notas, más graves.
– Así que son más gruesas que las cuerdas de violín -aclaró Solomon.
Las puertas de madera se abrieron lentamente una vez más dando paso a Tzilla. La seguían Yaffa, del laboratorio, y otras dos mujeres. Una de ellas, delgada y con el pelo muy corto, cargaba con la funda de una viola, y la otra, más joven, casi una niña, con una larga trenza bamboleante sobre el pecho, traía consigo un chelo.
Tzilla cogió a Michael del brazo y se lo llevó aparte:
– Estas dos no han salido a la calle durante el descanso ni después del ensayo -le dijo-. La del pelo corto dice que estuvo esperando con la chelista para tratar de convencer a Gabriel van Gelden de que al menos la contratara como suplente. Es alumna de su madre o algo por el estilo. En fin, creo que están libres de sospecha… Les he dicho que estábamos haciendo un registro. Ninguna de las dos ha llegado a ver el cadáver. Piensan que andamos buscando un cuchillo.
La violista abrió la funda y sacó su instrumento a petición de Michael, quien lo colocó junto al violín de Avigdor; el tono de la viola se apagaba hasta el ocre en contraste con el reluciente marrón rojizo del violín. Como si buscara algo, Michael sacó de la funda el paño y lo extendió, desenvolvió la resina y manoseó el sobre semitransparente.
– Y esto ¿qué es? -preguntó.
La violista extrajo una cuerda enroscada e inspeccionó el sobre para cerciorarse de que no guardaba ninguna más.
– Sólo una cuerda -dijo en tono de disculpa-. La sol.
– ¿Es la más gruesa? -preguntó Solomon mientras manoseaba la cuerda.
– No, es la sol -dijo la instrumentista, sorprendida por la pregunta-. La más gruesa es la do.
– ¿Cuántas tenía esta mañana? -quiso saber Michael.
– Una -confesó-. Mi intención era… me olvidé… en casa tengo más -aseguró.
– ¿Tenía la cuerda do o sol en su funda esta mañana? -preguntó Michael.
– Es la cuerda sol -replicó ella sin comprender nada-. De hecho, debería haber tenido una la de repuesto, porque en el último ensayo fue ésa la que se me rompió, pero…
Michael tocó la cuerda sol de repuesto y luego se volvió hacia el instrumento y palpó la cuerda la firmemente tensada. Le tendió la viola a Solomon, quien susurró tras examinarla:
– Sí, sin lugar a dudas -luego desenroscó la cuerda sol al máximo, frunció los labios titubeante y añadió-: Pero la longitud… no sabría decirlo, se necesita al menos un metro de longitud para rodear el pilar y enroscarse los extremos en las manos.