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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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Michael se quedó en silencio. No debería haber implicado a Tzilla en el asunto de la niña; había sido un gran error. Enfrentado a la censura y la condena de la pareja, de pronto cruzó por su mente la idea de que casi se habían convertido en enemigos, en una de las fuerzas que pugnaban por despojarle de algo, ya fuera la niña o el caso. Y, cual enorme mancha, comenzó a extenderse por su conciencia el convencimiento de que, de cualquier manera, le quitarían a la niña, aun cuando decidiera prescindir del caso.

– No hace falta decidirlo todo ahora mismo -dijo Eli con un suspiro-. Dejémoslo estar. Esto queda entre Shorer y tú -añadió-. ¿Por qué te lo tomas tan a pecho? A fin de cuentas, es asunto suyo -le dijo a Tzilla, y posó la mirada en Michael, a la espera.

– Aún no sé qué voy a hacer -reconoció Michael-, es demasiado pronto. Si las cosas no funcionan, me retiraré del caso… Hablaré con Shorer -una repentina y sosegada indiferencia se abatió sobre él, y mientras una parte de sí aseguraba que todo iba a ir bien, otra parte de su ser decía: «Sucederá lo que tenga que suceder». Volvía a fluirle la sangre por las manos.

– Pero ¿qué piensas hacer ahora mismo? ¡Si todavía estáis compartiendo niñeras! ¡Y tú te pasas el día metido en su casa! -exclamó Tzilla-. ¿Cómo vas a ocuparte al mismo tiempo de un caso así y de la niña? ¿Cuándo la verás?

– Eso me pregunto yo -murmuró Michael. Echó una ojeada al reloj y repudió el recuerdo de una mejilla cálida y suave, de una sonrisa desdentada-. Pero antes de nada tengo que ver cómo está Nita, y luego hablaré con Shorer, y tal vez llamaré a mi hermana y…

– ¿Vas a llamar a tu hermana? ¿Para qué? ¿Para pedirle que venga?

Michael hizo un gesto de asentimiento.

– ¿A tu hermana Yvette?

– A mi hermana Yvette. ¿Por qué no? Nunca se lo he pedido, ni cuando Yuval era pequeño… ¿Por qué no?

– En realidad, es una buena idea -dijo Tzilla, y en su rostro empezó a difuminarse el gesto de tensión e inquietud-. Ella te hará entrar en razón. Hay momentos en la vida… no puedo creer que tenga que decirte esto cuando siempre has sido tú quien lo ha repetido. Hay momentos en la vida en que es necesario elegir. O bien optas por la niña o…

– ¿Sí? ¿O qué? ¿Es que no se puede trabajar teniendo una niña? -la fulminó con la mirada y ella se ruborizó.

– ¡No es lo mismo! -objetó Tzilla indignada-. Para empezar, tuve un permiso de seis meses cuando nació Eyal, y otro de tres cuando nació Yosefa. ¡Y además no sólo se trata de la niña! El problema es una mujer con la que tú… -se ruborizó-…con la que tú estás más o menos viviendo.

– ¡Eso no es cierto! -protestó Michael-. Es un acuerdo práctico, una amistad, no hay… No hay motivo que me impida… ¡Yo mismo lo decidiré! -atajó en un tono claramente indicativo de que la discusión quedaba zanjada-. Y ahora, por favor, haced que vengan Balilty y un par de personas más del laboratorio. ¿Y qué me contabas de Zippo? ¿Cómo se os ha ocurrido traer precisamente a Zippo? ¿Y qué hace aquí la chica esa, la delgaducha de ojos ávidos, con los vaqueros ceñidos?, ¿cómo se llama…? ¿Dalit?

Eli se dispuso a decir algo, pero se quedó en silencio al ver que se aproximaba Solomon.

– Estaba buscándolo -se quejó Solomon-. Ya he registrado hasta el último milímetro.

– Aquí me tiene -dijo Michael calmosamente, asombrado del alivio que lo embargaba gracias a aquella interrupción justificada y legítima de su conversación con Eli y Tzilla-. ¿En qué puedo ayudarlo?

– Me voy a marchar enseguida -salmodió Solomon-. Van a levantar el cadáver, ya está listo y empaquetado. Y mañana le daremos la respuesta definitiva. Empezaremos a trabajar en él esta noche, pero de momento ya puede irse olvidando de los violinistas. Shimshon está de acuerdo conmigo -dijo agitando una mano en la que llevaba tres cuerdas-. Demasiado cortas para este propósito, apenas medio metro, y las cuerdas de viola tampoco tienen la longitud necesaria.

– ¿Qué nos queda entonces? -preguntó Michael, y al fin encendió el cigarrillo que tenía entre los dedos desde hacía varios minutos.

– El chelo y el contrabajo, pero las cuerdas de éste son demasiado gruesas para servir de instrumento cortante. Las únicas adecuadas por la longitud y el grosor serían, supuestamente, las de chelo.

– ¿Supuestamente?

– Si ha sido realmente la cuerda de un instrumento musical. No lo sabremos hasta que no demos con ella.

– ¿Una cuerda de chelo? -preguntó Tzilla con complicidad.

– Si se trata de la cuerda de un instrumento, tiene que ser la de un chelo -dijo Solomon. Y se puso a canturrear.

– Ya lo ves -dijo Tzilla sombría-. ¿No ves lo que he tratado de hacerte comprender? ¿Lo has oído? -preguntó encarándose a Michael con los brazos abiertos-. ¡Un chelo! ¿Qué piensas hacer al respecto?

Michael la miró con dureza.

– ¿Estás trabajando conmigo o no? -le espetó.

A Tzilla se le subió el rubor a las mejillas. Tras un instante de silencio, dijo:

– Pero ¿qué pregunta es ésa? Pues claro que…

– Entonces, por favor, ponte a trabajar -a Tzilla se le entristeció el gesto-. Vamos a ponernos todos a trabajar, dejemos de perder el tiempo -dijo Michael en un tono más conciliador-. Deja que yo me preocupe de todo lo demás. Después de tantos años, creo que me merezco un voto de confianza. Os prometo que hablaré con Shorer. No pretendo engañar a nadie. Pero, de momento, traedme a Balilty… y deshaceos de ella -dijo, indicando con un gesto a la chica delgaducha de ojos ávidos, vaqueros ceñidos y camiseta holgada-. Me voy al despacho de Theo van Gelden.

6

Su Majestad me ha hecho llamar

Theo van Gelden estaba en pie junto a Nita, quien seguía tendida y acurrucada en la misma postura. Michael entró inmediatamente después de llamar una sola vez a la puerta y Theo se echó atrás sobresaltado, con expresión de susto.

– Todo sigue igual -dijo tocando el brazo de Nita-. Es una especie de coma, no se ha movido nada, no sé…

– No tiene sentido tratar de despertarla -dijo Michael tras tomarle el pulso a Nita, todavía débil y lento-. El médico dijo que el efecto duraría varias horas, ¿para qué quiere despertarla?

– Pensé que podríamos irnos a casa -dijo Theo, y se mordió el labio inferior. Su cabello gris hacía resaltar el tono amarillento de su semblante. Se quitó las gafas y separó los bonitos labios-. Se me hace insoportable pasarme las horas aquí encerrado, me duele muchísimo la cabeza y la idea de… quería… No puedo dejarla aquí sola -dirigió a Michael una mirada con la que parecía pedirle permiso para marcharse, y Michael se lo denegó con un gesto.

– Enseguida la llevaremos a casa, pero, hasta entonces, quédese con ella -dijo.

Theo asintió con la cabeza. Adoptó una exagerada expresión de resignación. Miró a Michael y asintió de nuevo, la vista fija en él, como si aguardara un elogio por su obediencia. Finalmente, se puso de nuevo las gafas, embutió las manos en los bolsillos y comenzó a pasear entre la puerta y la ventana, con aquel andar rítmico que Michael recordaba de la ocasión en que se reunieron en el cuarto de estar de Nita tras la muerte de Felix van Gelden. Theo dio unas cuantas vueltas, se detuvo junto al sofá, se frotó la mejilla, rascándose la barba de varios días, se tocó la frente. Con los dedos pegados al hoyuelo de su barbilla, dijo:

– Tengo que notificar… cancelar… no sé cómo… Japón… el concierto de pasado mañana en el que supuestamente Gabi iba a tocar el Doble concierto de Brahms… -volvió a mirar a Michael, expectante-. Debo parecerle una persona horrible -dijo-, pero no puedo evitar pensar en estas cosas. No sé cómo puedo preocuparme de esto ahora -se disculpó-, pero no soy responsable de mis pensamientos -declaró a la vez que levantaba los brazos en ademán defensivo-. No estoy acostumbrado a esto, tantas muertes de repente, alguien debería explicarme cómo… ¿Qué puedo hacer? Me da la sensación de estar viendo una película de terror… es como si no estuviera presente.

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