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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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Michael le pidió que volviera a decirles que permanecieran donde estaban. El concertino se balanceó y masculló que preferiría no tener que asumir esa responsabilidad.

– No sé cómo van a reaccionar, sería mejor que se lo dijera usted.

Michael le hizo una seña a Yaffa, una mujer del equipo del laboratorio. Ella se quedó contemplando la escena, luego a Michael, y al fin le dijo al concertino:

– Acompáñeme, yo se lo diré -y ambos salieron por el escenario.

Volvieron a oírse pasos pesados en dirección a la salida, que ahogaron el sonido de las leves pisadas de Tzilla, quien llegaba sin aliento y agitando las tintineantes llaves de su coche.

– Le he pedido a Eli que viniera conmigo -le susurró a Michael al llegar a su lado-. Al menos, estaremos todos juntos -Michael asintió y ella le confesó-: Me he llevado un susto tremendo. Al principio pensé que era ella -dijo, bajando aún más la voz-. Me tranquilicé al saber que era un hombre -como si hubiera reparado en lo absurdo de su afirmación, añadió avergonzada-: Quiero decir que si hubiera sido una mujer… Es igual, olvídalo. ¿Qué está pasando por aquí?

Tzilla meneó la cabeza y, por primera vez, dirigió la vista hacia el cadáver de Gabriel, yacente junto al pilar de hormigón. El tintineo de las llaves del coche cesó. Tzilla las tenía apretadas en el puño. Luego abrió la mano y las llaves cayeron al suelo. Michael se agachó a recogerlas. Tzilla volvió la cabeza.

– ¿Quién es? -preguntó a la vez que se llevaba la mano a la garganta y fijaba la vista en Michael.

– Gabriel van Gelden -repuso él. Un perito se arrodilló cerca del cadáver, recogió algo del suelo con unas pinzas y lo metió en una de las bolsas de plástico que llevaba en su maletín-. El menor de los hermanos de Nita -añadió Michael.

– Y yo soy el doctor Solomon -dijo el forense. Emitió un canturreo, enderezó los hombros y abombó el cóncavo pecho inhalando sonoramente. Siguió canturreando mientras revolvía su maletín y extraía un termómetro, una cámara de fotos, una lupa y un par de guantes, objetos que fue depositando en fila a sus pies-. No vaya a desmayársenos -le dijo a Tzilla a la vez que se arrodillaba junto a unas gotas de sangre derramadas fuera del gran charco, no muy lejos del cuello prácticamente desgajado de Gabriel. Se calzó los guantes y, armado con la lupa, se acercó mucho a una de las gotas de sangre, la alumbró con una linterna, tarareó para sí y luego dijo con voz apagada:

– ¿Pueden darme un poco más de luz?

Uno de los peritos del laboratorio encendió un foco portátil, lo colocó junto a la pared y lo dirigió hacia el cadáver.

Yaffa regresó al pasillo por la entrada lateral, seguida del concertino, que caminaba con la cabeza gacha.

– Avigdor -le dijo Yaffa al concertino-, haga el favor de quedarse aquí un momento -y señaló un rincón junto al armario metálico-. Ya se lo hemos dicho -informó luego a Michael-. Te esperarán en el vestíbulo.

El otro perito se colocó junto al forense, cámara fotográfica en mano. Sacó un par de primeros planos del cadáver y de las gotas de sangre. Luego fotografió los alrededores del cadáver, enfocando a veces una sola baldosa; al fin, dejó la cámara, empuñó el grueso rotulador que llevaba en el bolsillo de la camisa y quedó a la espera, junto al cadáver.

– ¿Qué tenemos aquí? -salmodió el forense. Examinó con la lupa las gotitas distanciadas del charco de sangre-. Aquí tenemos una gota de forma irregular, venga a verla -dijo haciéndole una seña a Michael, quien se puso de rodillas y observó la gota a través de la lupa-. ¿Ve estas gotas? -preguntó Solomon-. ¿Ve que no son redondas, que tienen los contornos desdibujados, dentados? -Michael asintió con un gesto y Yaffa fotografió las gotas en silencio-. De manera que ya podemos afirmar -resumió el doctor Solomon- que cayeron al suelo desde cierta altura. O, lo que es lo mismo, que inicialmente la víctima estaba de pie. Esta sangre se derramó mientras estaba de pie.

El semblante de Tzilla, que se arrodilló junto a Michael para observar el cuello de Gabriel, estaba muy pálido, y su labio inferior había desaparecido entre sus dientes.

– ¿Ve que la herida da casi por completo la vuelta al cuello? -preguntó el forense, y la examinó a través de la lupa-. Bueno, de eso hablaremos enseguida -dijo, y siguió canturreando-. Ahora vamos a la temperatura, pero antes de moverlo tendremos que sacarle unas fotos -anunció mientras lo enfocaba con su cámara. Durante un instante tan sólo se oyó el clic-clic de las cámaras. Luego el forense dejó sitio al perito, quien trazó una línea blanca alrededor del cadáver, contorneándolo a gatas. Yaffa empezó de nuevo a sacar fotos. Daba la impresión de que las sacaba con los ojos cerrados para evitar la visión de la garganta cortada.

El forense tocó ambos lados del cuerpo, sujetando el termómetro con la otra mano.

– Primero la temperatura superficial -salmodió-. Y ahora aquí -dijo al cabo de un rato, poniendo al hombre muerto de costado. Con movimientos rápidos y precisos, le desabotonó parte de la ropa-. ¡Eso es! ¡Aquí lo vemos! -exclamó tras examinar el termómetro y levantar la vista hacia el pilar de hormigón junto al que yacía Gabriel. Frotó el pilar con la mano y observó su guante atentamente-. ¿Lo ve? -le dijo a Michael-. Mire, el enlucido se desprende del pilar. Eso es lo que tiene en la camisa, ¿ve estas manchas? -Michael siguió con la vista el dedo del forense-. Si hubiera llevado una camisa clara, sólo podríamos haberlas visto en el laboratorio, pero dado que es oscura, ya las podemos ver ahora. El blanco adherido a la camisa procede del pilar. Discúlpenme por entrar en detalles técnicos, pero estas manchas blancas me interesan por lo que revelan de la postura.

– ¿Qué revelan? -preguntó Tzilla.

– Revelan -canturreó el forense-, que además de estar de pie, estaba recostado contra el pilar, así -dobló la cabeza hacia atrás, como apoyándola en el pilar-. Tal vez, no lo puedo afirmar con seguridad, pero tal vez alguien se le acercó por detrás y ¡zas! -el doctor Solomon hizo sobre su propio cuello un ademán de cortar y volvió a arrodillarse junto al cadáver, termómetro en mano. Tras un rato de absoluto silencio, durante el que los peritos recorrieron el pasillo palpando, fotografiando, señalando y arrodillándose, el doctor Solomon anunció-: Entre una y dos horas.

– ¿Dónde está Nita? -preguntó Tzilla, y el concertino salió de su rincón para decírselo.

Tzilla se quedó horrorizada.

– O sea, que lo descubrió ella. ¿Así?

– Sí -repuso el concertino, y se acercó a ellos agachando humildemente la cabeza, la calva reluciendo entre las franjas de pelo rizado de ambos lados del cráneo.

– ¿Cuándo?

– Sobre las tres, digamos a las tres y cuarto. No lo sé con certeza, pero fue después de que termináramos, y los únicos que se quedaron fueron quienes tenían que hablar con Gabriel sobre su grupo barroco. Gabriel estaba llevando a cabo una revolución, grandes cambios -trató de explicar, y quedó en silencio-. No dábamos con él -luego añadió, casi con sorpresa-: Desapareció de pronto, se evaporó de golpe, y ahora… -se le ahogó la voz y sepultó el rostro en las manos, luego las retiró y meneó la cabeza-. Es inverosímil -masculló entrecortadamente-. Es tan… tan… absurdo -enderezó los hombros, se quitó las gafas, y en un arranque de pragmatismo expansivo comenzó a exponer la cuestión horaria-: Terminamos el ensayo sobre las dos y media, dos y cuarto. Gabriel seguía con nosotros, es decir, que estaba allí un minuto antes de que…, y ahora… -titubeó y consultó el reloj.

– Ahora son las cuatro y cuarenta y siete -salmodió el forense-, así que tenemos las coordenadas temporales y una bajada de un grado en la temperatura, y calculando que la temperatura desciende un grado por hora… en fin, no se puede afirmar nada con certeza -advirtió al perito a la vez que se arrodillaba junto al cadáver-, me limito a recordarle que la temperatura baja a razón de un grado por hora. Así que podríamos hablar de unas dos horas o de hora y media. Lo que significa que la muerte se produjo entre las dos y media y las tres -le explicó a Michael-. Pero voy a examinar el rigor para combinar todos los datos posibles.

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