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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– Si hubiera muerto estrangulado, tendría los ojos desorbitados, capilares rotos en los ojos, edema, la cara azulada, la lengua inflamada, etcétera -argumentó Solomon ante un oponente invisible-. Pero este corte profundo demuestra que no hubo compresión. La causa de la muerte por estrangulación es el bloqueo de los grandes vasos sanguíneos que van al cerebro, y no es eso lo que ha sucedido aquí -añadió en tono combativo, como si alguien le hubiera exigido una prueba-. Esto es un corte en circunferencia. El corte se inició por delante y penetró profundamente a través del cartílago. Las resistencias, es decir, la parte delantera del cuello y la parte trasera de la cabeza sujeta por el pilar, explican la velocidad y la profundidad del tajo.

– Quizá el yeso de la camisa no está relacionado con la muerte. Quizá se le pegó ahí antes. Por la mañana, digamos -dijo Michael. Percibió un temblor en su voz. Cada segundo que se demoraba allí podía ser el segundo en que Nita se despertase. ¿Cómo podía haberla dejado sola? Pero si Theo estaba con ella, se dijo para tranquilizarse. No estaba sola. No se despertaría tan pronto, pensó. Las piernas le pesaban. Pero debía escuchar cuanto tuviera que decir el forense.

– Quizá -dijo Solomon con escepticismo-. El laboratorio nos lo podrá confirmar. Pero no tiene tanta importancia. Es evidente que estaba de pie, por la cuestión de las gotas de sangre que ya les he explicado.

– Recuerdo -dijo Michael, todavía sin dominar el temblor de su voz- que una vez me hablaron de la muerte motivada por un reflejo vagal, la compresión del cuello produce una caída repentina de la tensión arterial y la muerte instantánea, previa a la pérdida de sangre.

El doctor Solomon soltó una risotada.

– Tanto especular no vale de nada -dijo con aire de superioridad-. Si te cortan la tráquea y las arterias, te mueres… con o sin caída de la tensión arterial.

– Entonces, ¿qué dice usted? Que estaba recostado en el pilar y alguien se le acercó por detrás, con un alambre fino…

– O una cuerda de plástico, siempre que fuera muy fina y resistente -interpuso Solomon.

– ¿Y le pasó la cuerda por el cuello desde atrás y tiró? ¿Así? -Michael se colocó tras el pilar, lo rodeó con los brazos y tiró de los extremos de una cuerda imaginaria.

– Sí, más o menos -convino Solomon-. Recuerde que aún no lo he examinado todo y que esto no es un laboratorio. Pero así lo veo yo. La víctima estaba de pie, apoyada en el pilar, con la garganta expuesta, y después… ¡Un momento! -exclamó con súbita animación, la vista clavada en la palma de la mano derecha de Gabriel-. ¡Mire esto! -gritó triunfante, y se precipitó a examinarla con la lupa-. ¿Lo ve, ve este rasguño?

Michael se arrodilló junto al cadáver. Observó a través de la lupa los rasguños que había entre el pulgar y el índice derechos del muerto. Le conmovió pensar que aquella mano sujetaba hacía poco el arco de un violín. El forense examinó la mano izquierda.

– Aquí son menos pronunciados -murmuró.

– ¿Se resistió? -preguntó Tzilla.

– Apenas tuvo ocasión. Pero ya ven qué fina era la cuerda. La agarró con ambas manos, instintivamente, para soltarse, pero no le valió de nada, claro. Es un dato importante porque viene a confirmar nuestra hipótesis sobre el método.

– ¿Un alambre? ¿Una cuerda de nailon? -especuló Michael, rechazando la imagen mental del rostro distorsionado, las manos debatiéndose-. Imagino que no ha dejado huellas en la garganta.

– ¿Cómo iba a dejarlas? -dijo desdeñosamente a su espalda el perito del laboratorio-. Un corte regular, con una cuerda lisa. Pero si encontramos la cuerda, sí que descubriremos huellas del cuello. El problema es que no la hemos encontrado -dirigió la vista hacia Yaffa, que, hincada de rodillas, recorría las baldosas una a una.

– ¡Necesitamos más gente! -ordenó Michael-. Al menos dos personas.

Yaffa miró al perito y éste asintió con la cabeza y se marchó en dirección al escenario.

– Aunque la encontremos, estará limpia, ¿no? -señaló Tzilla-. Quien lo haya asesinado la habrá limpiado.

– ¡Pueden pasarse el día limpiándola! -dijo el perito-. Hay cosas que nunca desaparecen. Y tal vez tengamos la suerte de encontrar los guantes, porque tuvo que ponerse guantes para no cortarse. Habrá que mirarles bien las manos a todos para ver si tienen cortes. ¿Dónde puede haber escondido los guantes, si sigue aquí?

El perito no era mucho mayor que Yuval, reflexionó Michael mientras repetía «si sigue aquí». Pero ya se había licenciado en Química y poseía sólidos conocimientos en su área.

– Conoce a nuestro forense Kestenbaum, ¿verdad? -intervino Solomon. Michael sonrió y asintió con la cabeza-. ¿Sabe qué le gusta decir? «Todo contacto deja huella.» Y siempre lo dice en inglés -dijo Solomon burlón-. En inglés húngaro. Así que guardaremos muestras de la piel del cuello y más adelante examinaremos el arma al microscopio para ver si coinciden. Si ustedes encuentran el arma, ya me encargaré yo de descubrir algo. O ellos -añadió mirando al perito del laboratorio. Volvió a coger el termómetro y agregó con tristeza-: No creo que descubramos partículas de metal en el cuello. Parece que el alambre era muy liso.

Michael dejó al forense y a los peritos del laboratorio en la escena del crimen, atravesó el escenario y echó a andar pasillo adelante hacia las grandes puertas de madera que conducían al vestíbulo. Abrió las pesadas puertas de un empujón y vio al nutrido grupo de personas que lo esperaba. Tzilla lo siguió e hizo una seña al concertino, que echó a andar tras ellos muy despacio. Ya fuera de la sala, mientras dejaba que las puertas se cerrasen lentamente tras de sí y observaba al grupo que lo aguardaba, Michael comprendió de pronto el significado de lo que había visto. Tuvo la fugaz visión de Nita agachándose sobre la funda abierta del chelo, arrodillándose y sacando de un compartimento un sobre fino y semitransparente, un sobre igual que el que acababa de ver en la funda abierta de un violín.

Abrió las puertas de nuevo, entró corriendo en la sala y se detuvo junto a la funda de violín abierta sobre una butaca de la primera fila. Tzilla se quedó sujetando la puerta, sin saber a qué lado de ella situarse. Avigdor, el concertino, continuaba en la sala, parado junto a la primera fila, como si la distancia que lo separaba de las puertas fuese excesiva para él. Al ver que Michael regresaba a la carrera y se detenía junto a la funda de su violín, retrocedió asustado, y luego se aproximó a él, vacilante.

– Es mi violín -dijo con manifiesta aprensión-. No debería haberlo dejado así. Es un instrumento muy valioso, pero al… -su voz se apagó, pero el ademán que hizo en dirección al fondo del escenario fue suficientemente expresivo.

Michael tomó asiento junto a la funda, la cogió y se la puso en las rodillas. Contempló las fotografías pegadas en el fieltro rojo que forraba el interior de la tapa, una pareja joven y un bebé. Luego pasó delicadamente un dedo sobre cada una de las cuerdas, tocó el paño que reposaba doblado bajo el instrumento rojizo y reluciente, y palpó el trozo de resina envuelto en un papel y guardado en un compartimento. A continuación sacó el sobre fino y semitransparente y extrajo con cuidado las cuerdas enrolladas. «Cuatro», murmuró a la vez que las iba tocando con las yemas de los dedos. Avigdor se retorcía las manos a su lado.

– Siempre tengo cuatro -dijo con voz trémula-, por si se rompen. Nunca se sabe… siempre estoy preparado…

– Y ésta es la más fina -dijo Michael, y desenrolló una de las cuerdas.

– Es la cuerda mi -dijo Avigdor, como disculpándose porque se llamara así-. Es la más aguda, por eso es la más fina.

– ¡Doctor Solomon! -gritó Michael a pleno pulmón, y Solomon salió apresuradamente de detrás del escenario y corrió hasta el borde del mismo, donde se detuvo bajo la mortecina iluminación-. ¿Podría haber…? -empezó a preguntar Michael, pero se interrumpió. Miró a Avigdor, miró la cuerda y subió al escenario-. ¿Podría haber sido una cuerda de violín? -susurró acercándose mucho a Solomon a la vez que estiraba la cuerda mi.

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