Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– Un cable lo habría estrangulado, y un único filamento se habría roto -dijo Solomon a la vez que se introducía un fino puro en la comisura de los labios-. No voy a encenderlo -los tranquilizó-. Sólo quiero tenerlo en la boca. Nada mejor para hacer lo que han hecho que una cuerda fina de un instrumento, es indiscutible.
– ¿Qué más da buscar una cosa u otra? -dijo Michael-. Llámenlo alambre o cuerda de plástico si lo prefieren, la cuestión es que lo encuentren, y deprisa. Si me enseña un sedal cubierto de sangre estaré encamado, créame. Pero, entretanto, empecemos a revisar las fundas de los instrumentos. No habrá otra oportunidad de registrar a los músicos sin que hayan tenido ocasión de…
– Suponiendo que haya sido uno de ellos -intercaló Shimshon-, ¿cree que nos va a decir que le falta una cuerda de repuesto? Y, además, ¿es posible distinguir a qué instrumento pertenece cada cuerda? ¿Hay diferencias entre la cuerda la de un chelo y la de otro chelo? -posó la mirada en Solomon, quien se encogió de hombros y arqueó los labios para expresar su incapacidad de responder a la pregunta.
– No tenemos nada que perder -concluyó Michael, y se volvió hacia los recién llegados-. Shimshon les explicará qué deben buscar y por qué, y a continuación irán a hablar con las personas que aguardan en el vestíbulo -dijo a la vez que se abrían las puertas de madera dando paso a Tzilla, que se detuvo, sujetándolas con las manos.
– ¿Quieres que pasen? -preguntó a voz en cuello, sobre un fondo de murmullos-. Ha llegado Eli, acompañado del sargento Zippo -añadió haciendo una mueca.
– ¿Zippo? -repitió Michael atónito-. No sabía que seguía con nosotros. Lo creía jubilado.
– ¿Adónde quieres que los lleve?
– Aquí en primer lugar, todos los instrumentistas de cuerda, uno a uno, tráelos al rincón de la sala -replicó Michael impaciente-. Y tú ven aquí. Divídelos en grupos, y en el rincón de allá te haces cargo de uno de los grupos y averiguas cuántas cuerdas de repuesto tenía cada uno. Y verificas que no ha desaparecido ninguna.
– Tenemos a dieciocho instrumentistas de cuerda.
– Pues ve a buscar a los demás -dijo Michael nervioso-. Tráelos a todos, ahora mismo.
Tzilla clavó en él la vista y dijo:
– ¿Cómo quieres que haga todo eso a la vez?
– Que te ayude Zippo -replicó Michael-. Y además quiero… ¿Tiene un representante esta orquesta?
– Sí, y ya está ahí fuera, en el vestíbulo. Le he dicho que esperase un rato, y Eli ha traído consigo… -Tzilla titubeó y miró a Michael indecisa.
– ¿Y bien? -la instó Michael.
– A la chica esa, Dalit, ya sabes; la semana pasada, cuando la viste, me preguntaste si han empezado a enviarnos reclutas directamente desde la guardería… Esa rubia delgada de pelo corto, Dalit, ya sabes.
– Quiero hablar con él, con el representante, ahora, después de hablar con Eli -dijo Michael, tratando de desprenderse de la sensación de que había abierto demasiados frentes a la vez, de que se estaba dejando llevar por los nervios y actuaba de una manera caótica, asistemática, y de que debería regresar al despacho del pasillo en lugar de obedecer a impulsos que ni siquiera lo tranquilizaban. La agitación que lo embargaba era distinta de la de otras veces; «pero cada vez es distinta», trató de convencerse. Prefería pensar en cualquier cosa antes que en los motivos de la súbita seriedad de Tzilla.
Y Tzilla se volvió hacia él con un gesto grave en el semblante.
– Eli quiere hablar contigo ahí fuera -dijo-, antes de que empecemos. Ya le he puesto al tanto de lo más importante -a Michael le dio un vuelco el corazón aun antes de que Tzilla añadiera-: Y yo también tengo algo que decirte -frunció el ceño a la vez que le dirigía una severa mirada de reproche; luego lo siguió hacia el vestíbulo.
Eli no perdió el tiempo andándose con rodeos.
– Oye -dijo después de cerciorarse de que nadie los oía-, ya sabes que Shorer te ha asignado el caso debido a tus conocimientos musicales, y porque es… en fin, el tipo de caso que encaja en tu estilo. Ya me entiendes -dijo rebullendo de vergüenza-. ¿A quién sino le iba a asignar el caso? Pero si estuviera al tanto de la situación, ¡ya sabes que tú no estarías aquí ni siquiera de asesor!
Michael no replicó. Su apariencia era reposada, pero la idea de que Nita podría despertarse en cualquier momento sin encontrarlo a su lado le hacía apretar las mandíbulas y tensar los músculos.
Eli Bahar se chascó los nudillos.
– He trabajado contigo en muchísimos casos -dijo en tono dulce, plañidero-, y esto es el abecedario que tú mismo me has enseñado, siempre hablando de nuestros puntos ciegos -se iba acalorando y el tono se le agriaba- y ahora, sin previo aviso, así, de pronto, vas y cierras los ojos. Eres tú el que me preocupa, créeme -arguyó-. Los dos me preocupáis -añadió, y quedó a la espera. Al ver que Michael no reaccionaba, prosiguió-: Tú nunca habrías dado el visto bueno a algo así. Estás demasiado implicado personalmente, se puede echar todo a perder. ¡Eres tú el que me lo ha enseñado! ¡Nunca se lo habrías permitido a otra persona!
– Me considero capaz de mantener unas cosas separadas de otras -dijo Michael. Titubeó a la vez que silenciaba el coro de ideas contradictorias que clamaban en su cabeza-. Y puesto que las cosas están así, tal vez es mejor que sea yo y no…
– Doy gracias a Dios por no ser yo quien debe tomar las decisiones -dijo Eli-. Pero sabes muy bien que no es lo correcto, y Tzilla también… Tzilla, ¿por qué no dices algo? Podemos darle nuestra opinión, somos amigos, ¿o no? Llevamos suficiente tiempo juntos…
Michael se enjugó la frente con un pañuelo doblado que extrajo del bolsillo de sus vaqueros. Tenía las manos frías, se las frotó contra las mejillas al rojo vivo. Debería haberse quedado junto a Nita hasta que se despertara. Puede que ya estuviera despierta. No debía despertarse y no encontrarlo junto a ella. Si estuviera manteniendo esa conversación con la nena en brazos, o calentándole el biberón, seguro que no tendría ese estúpido temblor de manos que le había obligado a apoyarlas en la barandilla de madera que había a su lado.
– Ya es mayorcito y sabe lo que hace -dijo Tzilla. La nota crítica de su voz era inconfundible-. Si él dice que puede mantener separadas unas cosas de otras, quizá sea cierto. Yo en su lugar no podría -agregó con énfasis-, pero quizá él sí. ¿Durante cuánto tiempo se puede ocultar algo así?
– ¿Ocultar el qué? -preguntó Michael aterrado, y aferró con más fuerza la barandilla, que ya estaba pegajosa del contacto con sus manos.
– Tu relación con ellos, ocultársela a Shorer, ocultársela a todos. ¡No se puede trabajar así! Shorer se habría enterado hace mucho si su hija no estuviera a punto de dar a luz.
– No tengo ninguna relación con «ellos». ¿A quién te refieres? Aquí no hay «ellos» que valgan, sólo Nita.
Tzilla se encogió de hombros.
– No quiero decirte lo que tú me habrías replicado si te hubiera dado una respuesta así -dijo desviando sus ojos verdes del rostro de Michael. Sus largos pendientes de plata se mecieron suavemente-. ¿Y qué hay de la niña? ¿Qué va a pasar con la nena? ¿Vas a seguir adelante como si no hubiera sucedido nada?
– Aún no he pensado en eso -reconoció Michael, aplacando una punzada de arrepentimiento por haberle hablado a Tzilla de la nena.
– ¡No lo puedo creer! -exclamó Tzilla con desesperación-. ¿Cómo no vas a haber pensado en eso? Es lo primero en lo que tienes que pensar. Ahora Nita necesita que le eches una mano con su niño, ¡y no como detective! ¿Es que piensas dejarla sola en un momento así? ¿Te sientes capaz de interrogarla? ¿Qué piensas hacer? ¿Qué vas a hacer con la niña?