Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– ¿Tenía enemigos su hermano? ¿Alguno en concreto del que usted tenga noticia?
– Llevo una hora pensándolo… quién puede haber… quién puede haber querido… no tengo ni idea -dijo Theo, y tomó asiento en la silla tapizada de detrás de la mesa. Extendió las manos y se las miró alternativamente, palpándose los nudillos, protuberantes y anchos como los de Nita. Michael les echó un vistazo, verificando mecánicamente si tenía arañazos. Pero las manos de Theo van Gelden, al igual que las de Nita, el concertino y las otras dos instrumentistas de cuerda, estaban tersas y sin señal alguna.
– Usted mismo lo ha visto -dijo Theo con un encogimiento de hombros-. No se podría decir que tuviera verdaderos enemigos. Sin ir más lejos, yo tengo muchos más -prosiguió soltando una risita-. Lo extraño es que no me hayan agredido a mí, que no sea yo el que haya aparecido ahí tirado -dijo a la vez que señalaba hacia la puerta con un gesto. Luego su expresión se tornó grave de nuevo. Se frotó la cara con ambas manos y luego volvió a extenderlas y a contemplarlas-. Los cambios que Gabi quería introducir en su grupo han dado lugar a tensiones de todo tipo en los últimos tiempos. Ya sabe que había formado un grupo de música barroca con instrumentos de época. Era un perfeccionista acérrimo, y había gran competencia por incorporarse a su grupo. Ya se imagina el alboroto y los líos. Estaba lleno de planes para el grupo, sobre a quién iba a contratar y a quién no. Sobre la manera de pagarles y cuánto. Estudió y ponderó toda clase de métodos de remuneración, incluido el de un grupo londinense que paga a sus integrantes al revés que los demás: cuantos menos ensayos sean necesarios, más cobran. Es un incentivo para que practiquen en casa, algo que nunca hacen aquí. Nadie practica en casa, porque a mayor número de ensayos, más horas extras. Se han levantado ampollas, sin duda, había resentimientos, pero de ahí a tener verdaderos enemigos… ¿Hasta el extremo de llegar a esto? -se llevó las manos a la garganta.
– El Doble concierto en el que estaban trabajando… ¿no es Avigdor, el concertino, a quien correspondería interpretar los solos de violín?
– No es necesariamente el concertino quien interpreta los solos de violín. De hecho, apenas suele tocar solo, sobre todo en la música romántica, incluso cuando hay dos solistas y él es uno de ellos. Sea como fuere, los solos de este concierto de Brahms me parecen tan individuales, tan dotados de una calidad solista, que nunca los pondría en manos del concertino y del primer chelista, por muy buenos que fueran.
– Pero en su concierto anterior, el de la obertura de Guillermo Tell, Gabriel hizo las veces de concertino.
– ¿Y qué? -replicó Theo molesto.
– ¿No cree que eso puede generar celos en el concertino habitual? Que es Avigdor, ¿no es así?
– Sí, sí -dijo Theo impaciente-, pero hay ocasiones en que desempeña ese papel algún otro de los mejores violinistas de la orquesta, y, por otro lado, Avigdor siempre cobra lo mismo. De hecho, estaba encantado de que Gabi fuera el concertino. Consideraba un honor cederle el puesto.
– A veces me pregunto cómo se sienten los músicos cuando las notas que tocan son absorbidas constantemente por el sonido general de la orquesta o cuando tienen que tocar una y otra vez las mismas notas. Debe de ser muy frustrante estar esperando a que te llegue el turno de tocar, o tocar siempre lo que tocan todos los demás.
Theo lo interrumpió:
– Tiene usted una visión muy romántica de las cosas. No voy a negar que la gente se queme al cabo de veinte o treinta años, pero, en conjunto, todo marcha bien. En un ambiente de emoción y entusiasmo, ese tipo de cosas se olvidan. Un ejemplo es la Sinfónica de Chicago, allí nadie se siente de más. Es lo que debe ocurrir en una orquesta realmente buena. En Berlín los músicos cobran por concierto y participan en los beneficios de la orquesta. Y ellos mismos escogen a sus directores. No es lo común. Pero a veces, sobre todo en este país, las orquestas funcionan como organismos oficiales, y, como es natural, la rutina pesa mucho, se trata de un trabajo como cualquier otro. Hay descontentos, quejas, exigencias de cambio, y también murmuraciones y rencores. Pero en esta orquesta no sucede eso; en general, el director es la clave. Un buen director es capaz de poner en pie una orquesta y sacarla adelante. Y, además, ¿no ha visto usted a Avigdor? ¿Sería capaz de matar a alguien? No de esta manera, eso por descontado.
– No sé nada de la vida íntima de Gabriel -dijo Michael-. Nita apenas me ha hablado de él. Ni siquiera sé si debemos notificarle su muerte a alguien. Sólo recuerdo que estuvo casado, hace mucho, y que no tiene hijos. Pero tal vez vive con alguien, o tiene una relación especial con alguna mujer. En todo caso, hay que avisar a la familia.
– ¿Qué familia? -dijo Theo desdeñoso-. Nosotros somos su única familia.
– Entonces ¿quizá a su ex mujer?
– Lleva siete años viviendo en Alemania -dijo Theo-, y no mantenían ningún contacto. Y con nosotros aún menos. Es una mujer espantosa. Vulgar, codiciosa, sólo le trajo problemas. Ninguna de mis mujeres ha sido así, gracias a Dios. Y debe usted saber -dijo alzando la voz y agitando un dedo- que he tenido muchas mujeres. Soy un experto en matrimonios -declaró sin sonreír-. Gabriel no tiene hijos, y tampoco tenemos parientes dignos de mención -luego dejó caer la voz hasta un susurro titubeante y bajó la mirada-. Pero hay alguien… quizá deberíamos decírselo a Izzy.
– Izzy -repitió Michael-. ¿Quién es Izzy?
– Pues… vive con Gabi, en su casa -dijo Theo a la vez que se ponía en pie y embutía las manos en los bolsillos.
En ese momento, no había lugar para la delicadeza.
– ¿Su hermano vive con un hombre? ¿En el sentido de convivir, de tener una relación homosexual?
– Eso creo -dijo Theo, y echó a andar de nuevo. Pero esta vez, en lugar de mantener la vista fija en el suelo, la clavó en la ventana; carraspeó antes de decir-: Nunca se lo he preguntado directamente, pero eran algo más que compañeros de piso. A mí no me importa. No me importa en absoluto. Vive y deja vivir, no me molesta, y hay muchos artistas… músicos… no se imagina cuántos… Cuando fui a Nueva York por primera vez no daba crédito a lo que veía. Copland, Mitropoulos y, cómo no… -y miró la fotografía de Bernstein-. En resumen, es muy normal en nuestra profesión, puede que incluso esté relacionado con su esencia.
Tan normal y evidente que nadie lo había mencionado, ni siquiera Nita, pensó Michael mientras preguntaba:
– ¿Es el hombre al que vi después de que su padre… cuando estábamos…? ¿El que acompañó a Gabriel a casa de Nita? ¿Ese hombre bajito de pelo rubio?
– El mismo -dijo Theo, e hizo un gesto de asentimiento con aire de alivio-. Así que ya lo conoce. Llevan viviendo juntos un par de años -explicó-, pero nunca hemos hablado de eso, nunca le hemos dado importancia, aunque estoy convencido de que no fue fácil para mi padre -suspiró-. Ahora parece una tontería -susurró, y soltó una risa ronca-. La muerte pone las cosas en su sitio.
– Su padre lo sabía.
– Estoy convencido de ello -dijo Theo-. Pero nunca lo comentó.
– Nita no me había dicho nada.
Theo se encogió de hombros.
– Quizá porque no ha estado por aquí últimamente. Y, además, ¿es que hablan de todo?
– ¿Quién? ¿Quién no ha estado por aquí últimamente?
– Izzy. Puede que a Nita no se le haya ocurrido comentárselo -se veía que no lo creía ni él mismo-. Izzy asistió a un congreso, de matemáticas o electrónica. No entiendo nada de eso. Luego se marchó de viaje, y regresó… regresó el día que nuestro padre… o el día antes. Estuvo en Holanda, por cierto. Por otro lado, Nita es tan tímida, no es una gran conversadora ni en sus mejores momentos.