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El mundo invertido [The Inverted World - es]

Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:

Cuando Helward Mann abandona la ciudad, no tiene motivos para pensar que el mundo que se extiende más allá no sea sino el de su propio planeta de origen. De hecho, y a pesar de las semejanzas, hay pruebas —que él no puede ignorar— que lentamente contradicen todas sus convicciones. A medida que crece su experiencia en el trabajo fuera de la ciudad, se ve forzado a aceptar la razón fundamental y descarnada de esa lucha por la supervivencia. El planeta no es la Tierra. De alguna manera, el mundo en que vive —y por cierto el universo mismo en el cual existe el planeta— es intrínsecamente diferente.
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
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CAPÍTULO CINCO

Denton y yo atravesamos el bosque que había al pie de las colinas. Allí, frente a nosotros, estaba el desfiladero.

Involuntariamente tiré de las riendas e hice detener al caballo.

—¡La ciudad! —exclamé—. ¿Dónde está?

—Supongo que aún junto al río.

—¡Entonces debe haber sido destruida!

No cabía otra explicación. Sí no se había movido durante esos treinta días, sólo otro ataque podía haberla hecho demorar. A esta altura, debía haber llegado, al menos, hasta el desfiladero.

Denton me observaba con una expresión divertida en su rostro.

—¿Es ésta la primera vez que se ha alejado tanto al Norte del óptimo? —preguntó.

—Sí.

—Pero usted ha ido al Pasado. ¿Qué ocurrió cuando regresó a la ciudad?

—Se produjo un ataque —dije.

—Sí... Pero, ¿cuánto tiempo había pasado?

—Más de setenta millas.

—¿Era más de lo que esperaba?

—Sí. Yo pensé que... me había ido sólo unos días, una o dos millas.

—Bien. —Denton retomó la marcha. Yo lo seguí—. Lo contrario sucede cuando uno va al Norte del óptimo.

—¿Qué quiere decir?

—¿Nadie le ha hablado de los valores de tiempo subjetivo? —Mi expresión de desconcierto le dio la respuesta—. Si usted va a cualquier lugar al Sur del óptimo, se retrasa el tiempo subjetivo. Cuanto más al Sur se interne, mayor intensidad tendrá el fenómeno. En la ciudad, la escala de tiempo es más o menos normal mientras esté cerca del óptimo, de modo que cuando usted regresa del pasado, da la impresión de que la ciudad hubiese avanzado más de lo posible.

—Pero nosotros venimos del Norte.

—Si, y se produce el efecto opuesto. Mientras nos dirigimos al Norte, se acelera nuestra escala de tiempo subjetiva, y así parece que la ciudad no se hubiera movido en absoluto. Por experiencia, creo que advertirá que han pasado cuatro días durante nuestra ausencia. Es más difícil calcularlo en este momento ya que la ciudad está más al Sur del óptimo que lo acostumbrado.

Me quedé callado unos minutos tratando de entender.

—Entonces, si la ciudad pudiera llegar al Norte del óptimo, no tendría que viajar tantas millas. Podría detenerse.

—No. Tiene que estar siempre en movimiento.

—Pero, si el lugar donde hemos estado, retrasa el tiempo, la ciudad podría beneficiarse estando allí.

—No. El diferencial en el tiempo subjetivo es relativo.

—No comprendo —dije, sinceramente.

Íbamos recorriendo el valle, hacia el desfiladero. En unos minutos podríamos ver la ciudad, si es que ésta se hallaba donde creía Denton.

—Hay dos factores. Uno es el movimiento del suelo. El otro es cómo cambian subjetivamente los valores de tiempo. Ambos son absolutos, pero no necesariamente relacionados, que nosotros sepamos.

—¿Por qué, entonces...?

—Escuche. El suelo se mueve, físicamente. Al Norte, se mueve lentamente, y cuanto más al Norte uno llegue, más lentamente lo hará. Al Sur, se mueve con mayor rapidez. Si fuese posible alcanzar el punto más septentrional, pensamos que el suelo no se movería. Por otra parte, creemos que, en el Sur, el movimiento del suelo se acelera a velocidad infinita en el extremo más meridional.

—Yo estuve allí... en el extremo más meridional.

—Usted se alejó... ¿cuánto? ¿Cuarenta millas? ¿Tal vez más, por casualidad? Esta distancia fue suficiente para que sintiera los efectos... pero sólo el comienzo. Estamos hablando en términos de millones de millas. Millones, literalmente. Muchas más, dirían algunos. Destaine, el fundador de la ciudad, pensaba que el mundo era de tamaño infinito.

—Pero la ciudad sólo tiene que adelantarse unas pocas millas para quedar al Norte del óptimo.

—Efectivamente... y la vida sería mucho más sencilla. Aún tendríamos que hacerla avanzar, aunque no tan a menudo ni tan lejos. Pero el problema es que, lo más que podemos hacer, es ponemos al nivel del óptimo.

—¿Qué tiene el óptimo de particular?

—Es el lugar, en este mundo, donde las condiciones se asemejan más a las del planeta Tierra. En el punto del óptimo nuestros valores subjetivos de tiempo son normales. Además, un día dura veinticuatro horas. En cualquier otro sitio de este mundo, el propio tiempo subjetivo produce días levemente más cortos o más largos. La velocidad del suelo en el óptimo, es aproximadamente una milla cada diez días. El óptimo es importante porque, en un mundo como éste, donde hay tantas variables, necesitamos un metro patrón. No confunda millas-distancia con millas-tiempo. Decimos que la ciudad se ha movido tantas millas, y lo que en verdad queremos decir es que han pasado diez veces esa cantidad de días de veinticuatro horas. De manera que, en términos reales, no ganaríamos nada estando al Norte del óptimo.

Habíamos alcanzado el punto más alto del desfiladero. Se habían instalado los emplazamientos de cables, y la ciudad estaba en proceso de ser arrastrada. Los milicianos estaban bien a la vista, custodiando no sólo los alrededores de la ciudad sino también parados a ambos lados de las vías. Decidimos no bajar, sino esperar hasta que se hubiera terminado el remolque.

Denton dijo de pronto:

—¿Leyó usted las Directivas de Destaine?

—No. He oído hablar de ellas en el juramento.

—Claro. Clausewitz tiene una copia. Debería leerlas.

Destaine estableció las normas para la supervivencia, y hasta ahora nadie ha encontrado un argumento para cambiarlas. Creo que le ayudarían a entender este mundo un poquito más.

—¿Destaine lo entendía?

—Pienso que sí.

La operación se completó al cabo de una hora. No se presentaron interferencias de los nativos; de hecho, no hubo ni rastros de ellos. Vi que varios milicianos estaban armados con rifles, probablemente quitados al enemigo durante el último enfrentamiento.

Cuando ingresamos a la ciudad, fui derecho al calendario central y me enteré de que, mientras estuvimos en el Norte, habían pasado tres días y medio.

Intercambiamos breves palabras con Clausewitz, y luego nos llevó a ver al Navegante McMahon. Con lujo de detalles Denton y yo describimos el terreno que habíamos explorado, señalado en el mapa los rasgos físicos prominentes. Dentad esbozó las rutas que sugeríamos para la ciudad, indicando los accidentes del terreno que podían causar problemas, y rutas alternativas para esquivarlos. A decir verdad, la zona era, en general, apropiada. Las colinas implicarían una serie de desvíos del Norte, pero había pocas cuestas empinadas y, en conjunto, la tierra era considerablemente más baja en su punto más septentrional que la elevación actual de la ciudad.

—Mandaremos dos expediciones más de inmediato —le dijo el Navegante a Clausewitz—. Una, cinco grados al Este; la otra, cinco grados al Oeste. ¿Tiene hombres disponibles?

—Sí, señor.

—Citaré hoy al Consejo y estableceremos provisoriamente el rumbo que usted propone. Si se encuentra un terreno mejor, lo reconsideraremos más adelante. ¿Cuánto tiempo estima que demorará para traerme otro informe?

—En cuanto podamos relevar algunos hombres de la milicia y de las vías.

—Esas son las prioridades. Por el momento, nos basta este informe. Si la situación se tranquiliza, preséntese de nuevo.

—Sí, señor.

El Navegante tomó el mapa y la película, y nosotros abandonamos la sala.

Afuera, le dije a Clausewitz:

—Señor, quiero ofrecerme como voluntario para una de esas expediciones.

Clausewitz meneó la cabeza.

—No. Usted tiene tres días de licencia, y después vuelve al gremio de Tracción.

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