El mundo invertido [The Inverted World - es]
- Автор: Прист Кристофер
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-077-2
- Переводчик: Maria Raquel Albornoz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
La atmósfera era apacible y soporífera, la belleza natural que nos rodeaba, cautivante. Yo sabía que la ciudad atravesaría esta zona en las próximas millas en apreciar el entorno. Para el caso, daba lo mismo que esta campiña, floreciente fuese un tremendo desierto.
Durante las horas en que no me hallaba abocado a mis tareas específicas, seguía cavilando. No podía borrar de mi mente el espectáculo de la apariencia del mundo en que vivíamos. Tenía que haber algo en esos largos años de tediosa educación que, subconscientemente, me hubiese preparado para esa visión. Nosotros vivimos según nuestras presunciones; si uno daba por descontado que el mundo que transitamos es como cualquier otro, ¿podía la educación llegar a preparamos para un trastrocamiento total de dicha suposición?
La preparación para esa vista había comenzado el día que Futuro Denton me había llevado fuera de la ciudad a ver, por mi mismo, un sol que demostró tener cualquier forma menos la de una esfera.
Sin embargo, seguía pensando que debía haber habido una pista anterior.
Dejé pasar unos días. Luego se me ocurrió una idea. Habíamos acampado una noche a la intemperie, junto a un río ancho y plano. Al atardecer, tomé la cámara y el grabador, y trepé por la ladera de una colina cercana. Desde la cima se tenía una visión panorámica hacia el Noreste.
Cuando el sol se encontraba próximo al horizonte, la bruma atmosférica empañó su brillo, y se hizo visible su forma: como siempre, un ancho disco con puntas arriba y «bajo. Encendí la videocámara e hice una larga toma. Más tarde volví a pasar la película para comprobar que la imagen fuese nítida y firme.
Nunca me cansaba de ese espectáculo. Que cielo se iba tiñendo de rojo, y luego de que el disco se hubo ocultado tras el horizonte, el pináculo de luz se deslizó rápidamente hacia abajo. Durante varios minutos quedó una impresión de un brillante foco blanco anaranjado en el centro del resplandor rojo... pero pronto se diluyó y vino la noche.
Hice pasar la película y contemplé el sol en el diminuto monitor. Detuve la imagen y ajusté el control del brillo, oscureciendo la figura hasta que sólo se vio la forma blanca.
Ahí, en miniatura, estaba la imagen del mundo. Mi mundo. Yo habida visto antes esa forma... mucho antes de abandonar los confines del internado. Esas extrañas curvas simétricas formaban un diseño que alguien me había enseñado en alguna ocasión.
Permanece largo rato observando la pantalla del monitor. Luego reaccioné y apagué el aparato para no gastar más las baterías. No me reuní enseguida con Denton. Quería hacer memoria, encontrar algún indicio de ese leve recuerdo de alguien dibujando cuatro líneas en un papel, y levantándolo para que todos viésemos el sitio en que la ciudad de Tierra luchaba por sobrevivir.
El mapa que Denton y yo compilábamos iba cobrando forma.
Dibujando sobre un rollo de papel grueso, el plano parecía ahora un largo embudo, con su punto más angosto en el bosquecillo cercano al lugar donde estaba la ciudad cuando partimos. Nuestras excursiones se desarrollaron dentro de ese embudo, permitiéndonos medir los grandes rasgos naturales por los cuatro costados, ya que deseábamos que la información obtenida fuese lo más exacta posible.
Cuando terminamos nuestro trabajo. Denton dijo que regresaríamos de inmediato a la ciudad.
En el videograbador yo tenía un registro visual completo de todo el terreno que habíamos recorrido. Ya en la ciudad, el Consejo de Navegantes examinan a lo que considerase necesario para planificar el próximo rumbo a seguir. Denton me dijo que muy pronto otros Investigadores del Futuro partirían al Norte a hacer otro mapa de la zona. Quizás empezarían también en el bosquecillo, continuando luego cinco o diez grados hacia el Este o el Oeste. Si los Navegantes opinaban que había un camino seguro en el terreno que nosotros habíamos explorado, el nuevo mapa comenzaría más adelante, continuándose más allá de la frontera del futuro que habíamos demarcado.
Enfilamos de vuelta a la ciudad. Yo creía que, una vez obtenida la información que nos habían encomendado reunir cabalgaríamos día y noche, sin preocuparnos por la seguridad ni la comodidad. En cambio, retomamos la lenta marcha a campo traviesa.
—¿No sería mejor apresuramos? —pregunté finalmente, pensando que tal vez Denton se estuviese demorando por mí. Quería demostrarle que estaba dispuesto a apurar el paso.
—No hay ninguna prisa en el futuro —respondió.
No discutí con él, pero tenía idea de que habíamos estado ausentes no menos de treinta días. Durante ese lapso, el movimiento de la tierra habría hecho alejar a la ciudad otras tres millas del óptimo. Por consiguiente, tendría que haberse desplazado por lo menos esas distancia para permanecer dentro de los límites de seguridad.
Yo sabía que la zona no explorada comenzaba sólo una milla al Norte de la última ubicación de la ciudad.
A corto plazo la ciudad necesitaba los datos que nosotros poseíamos.
El viaje de regreso nos consumió tres días. Al tercer día, mientras cargábamos los caballos y retomábamos la marcha rumbo al Sur, me vino el recuerdo que había estado buscando. Vino espontáneamente, como suele suceder cuando uno bucea en busca de algo enterrado, en el subconsciente.
Sentía que había agotado todos mis recuerdos conscientes de las clases del internado. El repasar mentalmente los largos cursos académicos había resultado tan infructuoso como tediosas habían sido las lecciones en su momento.
Pero la respuesta me llegó rememorando una materia que ni siquiera había considerado.
Recordé un periodo, en mis últimas millas de internado, durante el cual el profesor nos había hecho ingresar al reino de los cálculos. Todos los aspectos de las matemáticas provocaban la misma reacción en mí —no demostraba yo ni interés ni habilidad alguna—, y este desarrollo de más conceptos abstractos no me pareció diferente.
El programa versaba sobre un tipo de cálculo conocido como funciones, y se nos, enseñaba a dibujar gráficos que representaban dichas funciones. Fueron los gráficos los que me dieron la pista: yo siempre había tenido cierto talento para el dibujo, y durante unos días conseguí mantener despierto el interés, que murió casi de inmediato al descubrir que los gráficos no constituían un fin en si mismos sino que se los hacía con el objeto de averiguar más datos acerca de la función... y yo no sabía lo que era una función.
Un gráfico en particular fue discutido con lujo de detalles.
Mostraba la curva de una ecuación en la que un valor era representado como recíproco —o inverso— del otro. Este gráfico se llamaba hipérbola. Una parte del mismo se dibujaba en el cuadrante positivo, la otra en el negativo. Cada extremo de la curva tenía un valor infinito, tanto positivo como negativo.
El profesor había explicado qué pasaría si se hiciera rotar ese gráfico alrededor de uno de sus ejes. Yo no comprendía por qué había que dibujar gráficos ni por qué habría que hacerlos rotar, y me dio otro ataque de soñar despierto. Pero si noté que el profesor había dibujado cómo se vería el cuerpo sólido si se efectuara dicha rotación.
El resultado fue un objeto imaginario: un sólido con un disco de radio infinito, y dos espirales hiperbólicas encima y debajo del disco, cada una de las cuales se angostaba hacia un punto infinitamente distante.
Era una abstracción matemática, y en aquel entonces no me despertó el más mínimo interés.
Pero esa imposibilidad matemática no se nos enseñaba sin ningún motivo, y el profesor había tenido razón en dibujárnosla. De esa manera indirecta que caracterizaba toda nuestra educación, yo había visto ese día la forma del mundo en que vivíamos.