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El mundo invertido [The Inverted World - es]

Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:

Cuando Helward Mann abandona la ciudad, no tiene motivos para pensar que el mundo que se extiende más allá no sea sino el de su propio planeta de origen. De hecho, y a pesar de las semejanzas, hay pruebas —que él no puede ignorar— que lentamente contradicen todas sus convicciones. A medida que crece su experiencia en el trabajo fuera de la ciudad, se ve forzado a aceptar la razón fundamental y descarnada de esa lucha por la supervivencia. El planeta no es la Tierra. De alguna manera, el mundo en que vive —y por cierto el universo mismo en el cual existe el planeta— es intrínsecamente diferente.
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
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La ciudad seguía avanzando, pero en los lugares donde el puente ardía, grandes trozos de madera iban cayendo al río.

Rápidamente se restableció el orden. Un oficial de la milicia gritaba órdenes, y los hombres se dividieron en dos grupos. Un grupo retomó la posición defensiva junto a los rieles. Yo me integré al otro grupo, encargado de combatir las llamas en el puente.

Después del segundo ataque —durante el cual se habían utilizado bombas incendiarias por primera vez— se habían instalado bocas de incendio en la parte exterior de la ciudad. La boca más próxima había sido dañada por una explosión, y el agua brotaba a chorros inútilmente. Encontramos una segunda boca y extendimos la corta manguera.

El fuego era demasiado intenso en las vías, y era casi imposible tratar de extinguirlo. Aunque la Ciudad ya había pasado el peor tramo, había aún que trasponer tres puntos donde ardía la madera. Mientras luchábamos, en medio de una densa humareda y llamas ondulantes, vi que un riel comenzaba a retorcerse bajo el efecto del peso y del calor.

Se oyó un rugido al desplomarse otro bloque de madera. El humo era sumamente espeso. Asfixiados, tuvimos que salir de abajo de la ciudad.

El fuego seguía consumiendo vorazmente la estructura, pero una cuadrilla de bomberos trataba de extinguirlo desde el interior de la ciudad. Los guinches giraban...

CAPÍTULO DOS

Lentamente la Ciudad logro alcanzar la comparativa seguridad que ofrecía la costa norte Con la luz del día se justipreciaron los daños. En términos de vidas humanas perdidas, la ciudad no había salido tan mal parada. Tres milicianos habían muerto en combate, y quince resultaron heridos. Dentro de la ciudad, un hombre había resultado con heridas graves en una de las explosiones incendiarias, y otros doce hombres y mujeres habían caído como consecuencia del humo y del fuego.

El daño físico ocasionado a la edificación era considerable. El fuego había consumido un ala entera de oficinas administrativas, y una sección de alojamientos había quedado inhabitable.

Debajo de la ciudad habida más deterioros. A pesar de que la base era de acero, gran parte de la construcción era de madera, y algunas secciones de la misma se habían consumido en el siniestro. Las enormes ruedas posteriores, sobre el riel derecho externo, habían descarrilado, y una de ellas tenía una profunda rajadura. No se la podía reemplazar; había que desecharla.

Cuando la ciudad hubo alcanzado la orilla Norte del río, el puente continuó ardiendo, perdiéndose por completo. Junto con el puente también se perdieron cientos de metros de rieles irrecuperables, retorcidos por el calor.

Al cabo de dos días que pasé trabajando con las cuadrillas para tratar de salvar lo que quedaba de los rieles en la margen Sur, Clausewitz me mandó a llamar.

Excepto una o dos horas que pasé en la ciudad cuando volví de mi viaje, no había comparecido formalmente ante ninguno de mis superiores. Suponía que se había abandonado el protocolo normal de los gremios durante la emergencia, y como no veía que terminara esa tremenda situación —los ataques habían causado demoras inevitables y el óptimo estaba ahora más lejos—, no esperaba que me ordenaran abandonar mi trabajo en el exterior.

Entre los hombres que trabajaban afuera prevalecía un tono general de fastidio, con algo de desesperación y de rabia. Se seguían tendiendo rieles en dirección a un desfiladero, pero hacía mucho ya que no se notaba la reposada energía que había notado en mis primeros tiempos de trabajo fuera de la ciudad. Ahora se instalaban las vías a pesar de la situación con los nativos, y no a partir de una necesidad interna de sobrevivir en un medio extraño.

Las charlas de los hombres de vías, de tracción y de la milicia se centraban, de una manera u otra, en los ataques. Ya no se hablaba de ganar terreno hacia el óptimo, ni de los peligros que encerraba un viaje al pasado. La ciudad estaba en crisis y ello se reflejaba en la actitud de todos.

Cuando entré a la ciudad, también noté el cambio.

Perdido estaba el aspecto claro, aséptico de los pasillos. Perdido estaba el ambiente general de laboriosa rutina.

El ascensor no funcionaba. Muchas de las puertas del corredor principal estaban cerradas con llave, y en un lugar encontré una pared derrumbada por completo —presumiblemente a consecuencia del fuego—, de modo que, cualquiera que recorriese ese sector de la ciudad podía ver el exterior. Recordé las antiguas frustraciones de Victoria y pensé que, por más secretos que los gremios hubiesen tratado de guardar en el pasado, ese sistema sería ahora impracticable.

Recordar a Victoria me causaba dolor. Aún no me daba cuenta cabal de lo sucedido. En un lapso que a mí me pareció de pocos días ella había renegado de los acuerdos tácitos de nuestro matrimonio, y había emprendido una nueva vida sin mí.

No la había visto desde mi regreso, aunque me encargué de hacerle saber que estaba de vuelta en la ciudad. En el estado de amenaza externa no hubiera podido verla, de cualquier manera. Necesitaba yo un tiempo para reflexionar sobre esa faceta de mi vida antes de hablar con ella. La noticia de que ese otro hombre la había dejado embarazada —un director de Educación de apellido Yung— no me impresionó mucho al principio, simplemente porque no lo creía. Esa situación no podía haberse originado en el período que yo había estado ausente.

Con cierta dificultad logré llegar al sector de gremios de primera clase. El interior de la ciudad había cambiado de muchos modos.

Parecía, haber gente, ruido y suciedad por todas partes. Todo espacio libre se había destinado a alojar heridos, los cuales yacían incluso en algunos pasillos. Se habían tirado abajo algunas paredes divisorias. Justo antes de llegar al sector gremial —donde antes existían salas de recreación para los gremialistas— se había instalado una cocina de emergencia.

En todos lados había olor a madera quemada.

Sabía que un cambio fundamental sobrevendría en la ciudad. Presentía que se desmoronaba la vieja estructura de los gremios. Ya se habían modificado las funciones de muchas personas. Mientras trabajaba con las cuadrillas de rieles me encontré con varios hombres que por primera vez saltan de la ciudad, hombres que, hasta el momento del ataque, habían trabajado en la deshidratación de alimentos, en educación o en la administración interna. Obviamente era imposible reclutar obreros, y hubo que alistar todos los hombres para mover la ciudad. No podía, por ende, imaginar para qué me había mandado a llamar Clausewitz.

Como no lo hallé en la sala del Futuro, me quedé a esperarlo un rato. Al cabe de media hora aún no había aparecido así que, sabiendo que mis servicios eran más necesarios afuera, decidí regresar.

Me topé con Futuro Denton en el corredor.

—Usted es Futuro Mann, ¿no?

—Sí.

—Deberá abandonar la ciudad. ¿Está listo?

—Tenía que ver a Futuro Clausewitz.

—En efecto. Pero él me envía. ¿Sabe cabalgar? Me había olvidado de los caballos en todo el tiempo que no estuve en la ciudad.

—Sí.

—Bien. Reúnase conmigo en los establos dentro de una hora. Se fue y entró a la sala del Futuro.

Podía disponer de una hora para mí, pero me di cuenta de que no tenía nada que hacer, nadie a quien ver. Todos mis contactos con la ciudad estaban cortados. Incluso los recuerdos que tenía del aspecto físico de la ciudad estaban quebrantados por los deterioros.

Caminé hasta la parte posterior para apreciar por mi mismo la magnitud de los destrozos en el internado, pero no había mucho por ver. Casi toda la estructura se había quemado o la habían luego demolido, y en el lugar donde residían los niños se veía el acero desnudo de la base de la ciudad. Desde ahí divisé, mirando hacia atrás, el río y el sitio del ataque. Me puse a pensar si los nativos volverían a probar suerte. Consideraba que los habíamos vencido con todas las de la ley, pero si la ciudad estaba tan dañada como parecía, supuse que, eventualmente se reagruparían para un nuevo ataque.

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