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El mundo invertido [The Inverted World - es]

Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:

Cuando Helward Mann abandona la ciudad, no tiene motivos para pensar que el mundo que se extiende más allá no sea sino el de su propio planeta de origen. De hecho, y a pesar de las semejanzas, hay pruebas —que él no puede ignorar— que lentamente contradicen todas sus convicciones. A medida que crece su experiencia en el trabajo fuera de la ciudad, se ve forzado a aceptar la razón fundamental y descarnada de esa lucha por la supervivencia. El planeta no es la Tierra. De alguna manera, el mundo en que vive —y por cierto el universo mismo en el cual existe el planeta— es intrínsecamente diferente.
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
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Después de salir del internado, no había pensado mucho en mi educación. En aquel entonces —al igual que la mayoría de mis compañeros— opinaba que la instrucción que nos impartían era una especie de castigo. Pero ahora me parecía que gran parte de la educación que nos metían en nuestras maldispuestas cabezas cobraba una nueva dimensión en el contexto de la ciudad.

Por ejemplo, una de las materias que nos provocaba sumo aburrimiento era lo que los maestros denominaban «geografía». Casi todas las clases se referían a las técnicas de cartografía y agrimensura. En el reducido ambiente del internado, dichos ejercicios eran casi siempre teóricos. Ahora, sin embargo, esas horas de tedio adquirían por fin relevancia. Con un poquito de concentración y con excavar en mi a menudo deficiente memoria, captaba rápidamente los principios del trabajo que Denton me iba explicando.

Se nos enseñaban muchas otras materias teóricas, y ahora comprendía que también ellas tenían gravitación practica. Cualquier aprendiz de un gremio contaba así con un conocimiento general de la tarea que cumpliría en su propio gremio y, además, tendría una información similar respecto de las demás funciones de la ciudad.

De ninguna manera hubiera podido prepararme para el desmesurado esfuerzo físico que implicaba trabajar en las vías, pero yo tenía un entendimiento casi instintivo de la maquinaria empleada para transportar la ciudad por dichas vías. No me atraía en absoluto el entrenamiento obligatorio en la milicia. No obstante, el enigmático énfasis —como en aquella época me parecía— que ponían en la estrategia militar obviamente sería una gran ayuda para los muchachos que luego se dedicarían a las armas para defender la ciudad.

Esta elaboración mental me llevó a preguntarme si hubiesen podido prepararme para contemplar un mundo con una forma como la que parecía tener.

En las clases de astrofísica y astronomía siempre nos habían dicho que los planetas eran redondos. A la Tierra —el planeta, no nuestra ciudad— la describían como un esferoide aplanado en los polos, y nos habían mostrado mapas de algunas zonas de su superficie. Yo suponía que el mundo en el cual estaba situada la ciudad de Tierra era una esfera como el planeta Tierra, y la enseñanza que nos daban no contradecía mi suposición. En realidad, nunca se discutió abiertamente la naturaleza del mundo.

Sabía que la Tierra integraba un sistema de planetas que giraban alrededor de un sol esférico. El mismo planeta Tierra era circundado por un satélite redondo. Estos datos siempre parecían ser teóricos... y la falta de aplicación práctica no me había preocupado ni aún cuando salí de la ciudad, ya que era evidente que imperaba una circunstancia distinta. Que sol y la luna no eran esféricos, como tampoco lo era el mundo en que vivíamos.

Faltaba aún por responder: ¿dónde estábamos? Quizás la solución estuviese en el pasado. De él también nos habían hablado, aunque las historias que nos enseñaban eran, exclusivamente, del planeta Tierra. Gran parte de lo que aprendimos se refería a maniobras militares, a la transferencia del poder y del gobierno de un estado a otro. Aprendimos que el tiempo se medía en años y siglos, y que hubo historia escrita durante unos veinte siglos. Tal vez injustamente me formé la impresión de que no me habría gustado vivir en el planeta Tierra dado que gran parte de su existencia fueron una serie de disputas, guerras, reclamos territoriales, presiones económicas. El concepto de civilización era sumamente adelantado, y la humanidad se congregaba dentro de ciudades. Por definición, los que habitábamos la ciudad de Tierra éramos civilizados, pero no parecía haber semejanza alguna entre nuestra vida y la de ellos. En el planeta Tierra, civilización era igual a egoísmo y codicia. Los que habitaban en un estado civilizado explotaban a los otros. Había escasez de productos vitales, y los países civilizados monopolizaban dichos productos en virtud de su mayor poderío económico. Ese desequilibrio parecía ser la causa de las controversias.

De repente comencé a trazar paralelos entre nuestra civilización y la de ellos. La ciudad indudablemente estaba en pie de guerra como consecuencia de la situación con los nativos lo cual, a su vez, era el resultado de nuestro sistema de «comercio». Nosotros no los explotábamos por medio de la riqueza, pero teníamos un excedente de los productos que escaseaban en el planeta Tierra: alimentos, combustibles, materias primas. Carecíamos, sin embargo, de mano de obra, y la comprábamos con el superávit de productos.

El proceso estaba invertido, pero el resultado era el mismo.

Siguiendo el hilo de mis pensamientos comprendí que, el hecho de estudiar la historia del planeta Tierra, preparaba el camino para los gremialistas de Tráfico, pero no me hacía avanzar en mi búsqueda de la comprensión total. Las historias empezaban y terminaban en el planeta Tierra, aunque no se mencionaba cómo era que la ciudad estaba en este mundo, cómo la habían construido, quiénes fueron sus fundadores ni de dónde provenían..

¿Omisión deliberada? ¿O un conocimiento olvidado?

Supuse que muchos gremialistas habían tratado de construir sus propios esquemas lógicos y las respuestas parecían yacer en algún rincón de la ciudad, o existía una hipótesis aceptada comúnmente, que yo aún no había descubierto. Pero me había adaptado naturalmente a la manera de ser de los gremialistas. En este mundo, la supervivencia era una cuestión de iniciativa; a un nivel superior, remolcando la ciudad hacia el Norte, alejándola de la zona de tremenda distorsión; y a nivel personal, deduciendo uno mismo un esquema de vida. Futuro Denton era un hombre autosuficiente, al igual que casi todos los otros que había conocido. Yo quería ser uno de ellos y comprender las cosas por mi mismo. Pensé que podría discutir sus pensamientos con Denton, pero preferí no hacerlo.

El camino hacia el Norte era muy lento. No tomamos rumbo directo al Norte sino que continuamente nos desviábamos al Este y al Oeste. De vez en cuando. Denton medía nuestra posición con respecto al óptimo, y en ninguna oportunidad estuvimos a más de quince millas al Norte del mismo.

Le pregunté si había algún motivo por el cual no pudiésemos superar dicha distancia.

—En épocas normales habríamos avanzado lo más posible —dijo—. Pero la ciudad se halla en una circunstancia muy especial. Y necesitamos encontrar la ruta más fácil hacia el Norte tanto como un terreno que nos permita defendemos bien.

El mapa que íbamos dibujando estaba cada día más completo y detallado. Denton me permitía manejar el instrumental cuando yo quería, y pronto me convertí en un experto igual que él. Aprendí a triangular la tierra con el aparato de medición, a calcular la altura de las colinas y el espacio que nos separaba del óptimo. Llegó a gustarme mucho trabajar con la cámara, aunque tenía que contener mi entusiasmo para conservar la energía de las baterías.

Lejos de las tensiones de la ciudad, el ambiente era plácido, agradable, y descubrí que, a pesar de sus largos silencios, Denton era un hombre afable e inteligente.

Había perdido la cuenta de los días que llevábamos, de viaje, pero no eran, seguro, menos de veinte. Denton no daba muestras de querer regresar.

Encontramos una pequeña aldea agazapada en un valle poco profundo. No intentamos acercamos. Denton se limitó a marcarla en el mapa, anotando su población aproximada.

El campo era más verde que el que yo estaba acostumbrado a ver, aunque el sol por cierto no era menos caliente. Aquí llovía más a menudo —por lo general, de noche—, y había arroyos y ríos de distintos tamaños.

Sin hacer comentarios, Denton anotaba en su mapa todos los rasgos de la región —naturales o producto de la mano del hombre— que la ciudad tendría dificultad en superar, o apropiados a sus necesidades peculiares. No era tarea de los Investigadores del Futuro determinar qué rumbo seguiría la ciudad. Simplemente nos limitábamos a describir la topografía del terreno del futuro.

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