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El mundo invertido [The Inverted World - es]

Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:

Cuando Helward Mann abandona la ciudad, no tiene motivos para pensar que el mundo que se extiende más allá no sea sino el de su propio planeta de origen. De hecho, y a pesar de las semejanzas, hay pruebas —que él no puede ignorar— que lentamente contradicen todas sus convicciones. A medida que crece su experiencia en el trabajo fuera de la ciudad, se ve forzado a aceptar la razón fundamental y descarnada de esa lucha por la supervivencia. El planeta no es la Tierra. De alguna manera, el mundo en que vive —y por cierto el universo mismo en el cual existe el planeta— es intrínsecamente diferente.
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
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Entonces comprendí qué vulnerable era la ciudad. No había sido diseñada para repeler ningún tipo de embate. Se movía con lentitud y torpeza; estaba construida con materiales altamente inflamables. Y se podía tener fácil acceso a todos sus puntos más débiles: las vías, los cables, el montaje de madera.

Me pregunté si los nativos sabrían lo sencillo que sería destruirla. Lo único que teman que hacer era inhabilitarle la fuerza motriz de manera permanente, y luego sentarse a contemplar cómo el movimiento de la tierra la arrastraba lentamente hacia el Sur.

Permanecí un rato cavilando. Mi impresión era que los hombres de la zona no se daban cuenta de la fragilidad de la ciudad, y de sus habitantes porque no contaban con información. Y que la extraña transformación que sobrevino a las chicas en el pasado no era, en su visión subjetiva, transformación alguna.

Aquí, cerca del óptimo, los nativos no sufrían distorsiones —salvo en un grado imperceptible—, de modo que no podían percibir ninguna diferencia.

Sólo si los nativos lograsen —quizás ni siquiera intencionalmente— demorar tanto a la ciudad y que ésta se viese transportada hasta un punto tan al Sur que ya no pudiese volver a avanzar, sólo así se verían el efecto causado a la misma y a sus ocupantes.

En circunstancias normales, la ciudad debía recorrer ahora una zona difícil. Las colinas, al Norte, probablemente no fuesen las únicas de esta región. ¿Acaso quedaba alguna esperanza de volver a acercarse al óptimo?

Por el momento, no obstante, estaba relativamente segura. Rodeada a un costado por el río, y por terreno escarpado —donde no podían esconderse los agresores— en el otro, estaba estratégicamente bien ubicado mientras se procedía a tender los rieles.

No sabía si tenía tiempo de conseguirme otro uniforme ya que había estado muchos días trabajando y durmiendo con la misma ropa. Esto me hizo recordar cómo le disgustaba a Victoria el estado de mis prendas cuando volvía de trabajar diez días en el exterior.

Esperaba no verla antes de partir.

Regresé a la sala del Futuro y averigüé. Me informaron que, como gremialista pleno, me correspondía un nuevo uniforme... pero que por el momento no había ninguno disponible. Me buscarían uno durante mi ausencia.

Cuando llegué a los establos. Futuro Denton ya me estaba aguardando. Me entregaron un caballo y, sin más demoras, salimos rumbo al Norte.

CAPÍTULO TRES

Denton no hablaba mucho si no se lo incitaba. Respondía las preguntas que yo le hacía, pero entre medio, había largos períodos de silencio. Esto no me resultaba incómodo porque me daba oportunidad de pensar.

El antiguo entrenamiento de los gremios estaba aún en pie. Yo aceptaba que tendría que arreglármelas como pudiera para entender lo que veta, y no contar con las interpretaciones de los demás.

Avanzamos en la dirección que se había propuesto para los rieles. Rodeamos una colina y atravesamos el desfiladero. En la cima, el terreno bajaba un largo trecho, siguiendo el curso de un pequeño arroyuelo. Había un bosquecillo al final del valle, y luego otra hilera de colinas.

—Denton, ¿por qué abandonamos la ciudad en este momento? —pregunté—. Justo ahora que necesitan a todos los hombres.

—Nuestro trabajo es siempre importante.

—¿Más importante que defender la ciudad?

—Sí.

Mientras cabalgábamos me informó que, durante las últimas millas, se había descuidado el trabajo de investigación del futuro. Eso se debió en parte a los problemas, y en parte a que el gremio estaba mal dirigido.

—Hemos inspeccionado hasta estas colinas —dijo—. Aquellos árboles son un estorbo para la gente de Tracción y servirían para protegemos de los nativos, pero necesitamos más madera. Las colinas han sido recorridas aproximadamente una milla más, pero de ahí en adelante todo es terreno virgen.

Me mostró un mapa dibujado en un rollo largo de papel y me explicó los símbolos. Según pude apreciar, nuestra misión era ampliar el mapa hacia el Norte. Denton tenía un aparato de medición montado en un trípode grande de madera y, de tanto en tanto, se fijaba en las indicaciones de este aparato y hada anotaciones en el mapa.

Los caballos iban sumamente cargados con el instrumental. Aparte de grandes cantidades de comida y de lo necesario para dormir, llevábamos una ballesta y numerosas flechas, implementos para excavaciones, un equipo para ensayos químicos, una videocámara diminuta e instrumentos de grabación. Denton me dijo que yo usaría la cámara, y me enseñó a manejarla.

El procedimiento que habitualmente seguían los Futuros, me dijo, consistía en que, durante un cierto período de tiempo, un investigador distinto o un equipo distinto de investigadores partían de la ciudad rumbo al Norte, por diferentes caminos. Al concluir la expedición, se obtenía un mapa detallado de la zona recorrida y una filmación de su topografía.

Esto luego se presentaba al Consejo de Navegantes y ellos, con la ayuda de los informes de los demás investigadores, decidían el camino a tomar.

Al atardecer Denton se detuvo por sexta vez, e instaló su trípode. Luego de efectuar mediciones angulares de la elevación de las colinas circundantes, y de determinar —con la ayuda de una brújula giroscópica— el Norte exacto, insertó un péndulo en la base del aparato. La pesa del péndulo terminaba en punta, y cuando ésta dejó de oscilar, Denton tomó una balanza graduada, marcada con círculos concéntricos, y la colocó entre las patas del trípode.

La punta se detuvo casi exactamente sobre la marca central.

—Estamos en el óptimo —dijo—. ¿Sabe lo que ello significa?

—No muy bien.

—Usted fue al pasado, ¿no? —Asentí—. En este mundo —prosiguió— siempre hay que luchar contra una fuerza centrífuga. Cuanto más al Sur uno se interna, mayor es dicha fuerza. Esta fuerza existe en todas partes, al Sur del óptimo. Pero en un radio de doce millas al Sur no interfiere nuestra actividad normal. Pasando esa distancia, la ciudad se vería en serios problemas. Eso usted ya lo sabe, si tuvo oportunidad de experimentar la fuerza centrífuga.

Leyó lo que marcaba su instrumento.

—Ocho millas y media —dijo—. Esa es la distancia que hay de aquí hasta la ciudad... es decir, todo el terreno que la ciudad tiene que recuperar.

—¿Cómo se mide el óptimo?

—Por sus distorsiones gravitacionales nulas. Sirve de patrón para medir el avance de la ciudad. En términos físicos, imagíneselo como una línea dibujada alrededor del mundo.

—¿Y el óptimo está siempre en movimiento?

—No. El óptimo está fijo... pero el terreno se mueve, apartándose de él.

—Ah, claro.

Cargamos todo el equipo y continuamos la marcha hacia el Norte.

CAPÍTULO CUATRO

El trabajo de reconocimiento del terreno no exigía un gran esfuerzo mental. A medida que lentamente avanzábamos hacia el Norte, me di cuenta de que mi única preocupación externa era vigilar constantemente por si acaso encontrábamos rastros de habitantes hostiles. Denton me dijo que sería muy raro que nos atacaran. No obstante, estábamos alerta.

Yo seguía pensando en la aterradora experiencia que había significado ver el mundo desplegado ante mis ojos. Como hecho, era suficiente. Entenderlo ya era otra cosa.

Durante el tercer día de viaje comencé a reflexionar acerca de la educación que me habían dado de niño. No sé qué fue lo que me indujo a esas meditaciones. Posiblemente se debiese a numerosos motivos, sobre todo la impresión que me causó ver la destrucción completa del internado.

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