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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Buenos días, maître d’Anton -dijo-. Maître Desmoulins. No sabía que se conocieran. ¿Qué les parece esta situación? Es evidente que las cosas no pueden seguir así.

– Si usted lo dice… -contestó Camille-. ¿Qué opinión le merece el regreso del señor Necker?

– ¿Qué importa lo que yo opine? Creo que ni siquiera el abate Terray habría sabido resolver esta situación.

– ¿Alguna novedad de Versalles? -preguntó D’Anton.

– Alguien me ha informado que cuando el Rey no puede salir de caza -dijo Camille-, se dedica a disparar contra los gatos de las damas desde los tejados de Versalles. ¿Cree que es cierto?

– No me extrañaría -respondió Claude.

– Nadie se explica cómo es posible que la situación se haya deteriorado hasta este extremo desde que Necker abandonó el cargo. En 1781, los libros mostraban un superávit…

– Falso -dijo Claude.

– ¿De veras?

– Se lo aseguro.

– Ese Necker debe de ser un lince -observó D’Anton.

– A mí no me parece un delito -terció Camille-. Al fin y al cabo, sirvió para estimular la confianza de la gente…

– Jesuita -dijo D’Anton.

Claude se giró hacia él.

– He oído rumores, D’Anton, pajas que se agitan en el viento. Su jefe, Barentin, deja el cargo en la administración de rentas y se traslada al ministerio de Justicia en el nuevo Gobierno. -Claude sonrió. Parecía muy cansado-. Hoy es un día triste para mí. Daría cualquier cosa con tal de evitarme este sufrimiento. -De pronto miró a Camille, que se estaba comportando con gran discreción, y dijo-: Maître Desmoulins, confío en que haya abandonado su propósito de contraer matrimonio con mi hija.

– Se equivoca.

– Me gustaría que viera usted el asunto desde mi punto de vista.

– Me temo que sólo puedo verlo desde el mío.

El señor Duplessis se volvió. D’Anton le tocó el brazo y preguntó:

– ¿Puede decirme algo más sobre Barentin?

– Cuanto menos se diga sobre ello, mejor -respondió Claude-. Espero no haber sido indiscreto. Supongo que volveré a verlo dentro de poco… y a usted también, Desmoulins.

– Pajas que se agitan en el viento… -dijo Camille cuando Duplessis se hubo marchado-. Podría competir con maître Vinot para ver cuál de los dos suelta más majaderías. Aunque le he entendido perfectamente. Quiere decir que van a ofrecerte un cargo.

Tras tomar posesión de su cargo, Necker empezó a negociar un préstamo del extranjero. Los parlamentos fueron restituidos. El precio del pan aumentó dos sous. El 29 de agosto, una muchedumbre enfervorizada quemó los puestos de los centinelas en el Pont-Neuf. El Rey halló el dinero para trasladar unas tropas a la capital. Los soldados abrieron fuego contra una multitud de seiscientas personas, produciendo ocho muertos y multitud de heridos.

El señor Barentin fue nombrado ministro de Justicia y guardasellos real. Los ciudadanos confeccionaron un muñeco de paja con la efigie de su predecesor y lo quemaron en la Place de Grève, entre gritos y risas, ante la aquiescencia de los guardias que estaban destinados permanentemente en la capital y que disfrutaban con esas cosas.

D’Anton expuso sus motivos con precisión, sin acalorarse pero con toda claridad; había ensayado previamente lo que iba a decir, de modo que no hubiera lugar a dudas. La oferta de Barentin de un cargo de secretario no tardaría en ser del dominio público en el Ayuntamiento y los ministerios. Fabre sugirió que le llevara unas flores a Gabrielle y le diera la noticia suavemente.

Cuando Georges-Jacques llegó a casa se encontró a la señora Charpentier y a Camille. Al verlo, todos guardaron silencio. Aunque la atmósfera estaba bastante cargada, Angélique se acercó a él, sonriendo, y le besó en las mejillas.

– Querido Georges -dijo-, nuestras más sinceras felicitaciones.

– ¿Por qué? -preguntó D’Anton-. Mi caso aún no se ha presentado ante los tribunales. La justicia, hoy en día, es de una lentitud exasperante.

– Hemos oído decir que te han ofrecido un cargo en el Gobierno -respondió Gabrielle.

– En efecto, pero lo he rechazado.

– Me lo temía -dijo Camille.

– En ese caso me marcho -dijo Angélique.

– Te acompañaré a la puerta -dijo Gabrielle ceremoniosamente. Estaba roja de ira. Madre e hija se levantaron y estuvieron susurrando unos momentos junto a la puerta.

– Angélique la obligará a comportarse -dijo D’Anton. Luego se dirigió a su mujer y añadió-: Siéntate y cálmate, intenta comprender que lo hago en bien de los dos.

– Cuando Camille nos advirtió que lo rechazarías -contestó Gabrielle-, le dije que estaba equivocado.

– Este Gobierno no durará un año. No quiero ese cargo, Gabrielle.

– ¿Y qué piensas hacer? -le preguntó su mujer-. ¿Cerrar el bufete porque no te gustan las leyes que rigen actualmente? Eras un hombre ambicioso, solías decir…

– Y ahora aún es más ambicioso -terció Camille-. No quiere aceptar un cargo insignificante bajo Barentin. Es muy probable que un día le ofrezcan el cargo de guardasellos.

D’Anton se echó a reír y contestó:

– En tal caso te lo cederé a ti, te lo prometo.

– Eso sería una traición -dijo Gabrielle, a quien se le había empezado a deshacer el moño, como solía ocurrirle en momentos de crisis.

– Por muchos obstáculos que pongan en su camino, Georges-Jacques va a ser un personaje importante -afirmó Camille.

– Estáis locos -contestó Gabrielle. Al sacudir la cabeza, una cascada de horquillas cayó al suelo-. Lo que detesto, Georges, es que te dejes arrastrar por las opiniones de los demás.

– ¿Eso crees de mí?

– Te equivocas, Gabrielle -se apresuró a decir Camille-, Georges tiene sus propias opiniones.

– A ti te hace caso, pero lo que yo le digo no cuenta para nada -contestó Gabrielle.

– Eso se debe a que… -empezó a decir Camille. No se le ocurría ninguna respuesta diplomática-. ¿Quieres que te acompañe esta noche al Café du Foy? -preguntó, dirigiéndose a D’Anton-. Quizá te pidan que pronuncies un breve discurso.

Gabrielle los miró perpleja, sujetando una horquilla que acababa de recoger del suelo, y preguntó:

– ¿Acaso os sentís glorificados por este asunto?

– Yo no emplearía la palabra «glorificados» -respondió Camille-. Pero no deja de ser un comienzo.

– Regresaré pronto -dijo D’Anton-. Más tarde te lo explicaré todo. Deja las horquillas, Gabrielle, ya las recogerá Catherine.

Gabrielle sacudió de nuevo la cabeza. No quería que le explicara nada, y si pedía a Catherine que se arrastrara por el suelo en busca de sus horquillas, la muchacha se despediría.

Mientras bajaban la escalera, Camille dijo a D’Anton:

– Temo que mi presencia pone nerviosa a Gabrielle. Aunque mi afligida novia recurra a ella en busca de ayuda, tu mujer está convencida de que pretendo llevarte a la cama.

– ¿Y es así? -preguntó D’Anton.

– No es momento para pensar en esas cosas -respondió Camille-. Me siento satisfecho. Todo el mundo asegura que se van a producir unos cambios importantes, que la situación cambiará radicalmente. Lo dicen, y yo lo creo.

– Hubo un papa, no recuerdo cuál, que pronosticó que iba a producirse el fin del mundo. La gente vendió sus propiedades, y el papa las compró y se hizo rico.

– Es una bonita historia -respondió Camille-. Tú no eres papa, pero creo que llegarás muy alto.

En cuanto llegó a Arras la noticia de que iban a convocarse elecciones, Maximilien se apresuró a poner en orden sus asuntos.

– ¿Cómo sabes que van a elegirte? -le preguntó su hermano Augustin-. Es probable que se confabulen contra ti.

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