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El otro nombre de Laura

Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:

Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
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Intentó lograr que le permitiera llamar a un médico, esta vez a un médico de verdad, pero él emitió un sonido que fue a medias gemido y a medias risa y agitó una mano larga, pálida, sin huesos.

– ¡Nada de matasanos! -exclamó en un tono de exagerada, cómica alarma-. ¡Nada de matasanos, por lo que más quieras! -aseguró que no tenía nada roto; le dolían las costillas, pero las tenía enteras, de eso estaba seguro. Cuando ella le ayudó a ir al cuarto de baño, le pareció sostener un saco lleno de palitroques. Sin embargo, para mayor desconcierto y consternación, se dio cuenta de que era su fragilidad, su insustancialidad, lo que más le excitaba. ¿Qué podía significar una cosa así? Se trataba, y se lo recordó, de un paisaje nuevo en el que se había aventurado sin pensarlo dos veces. Nunca había vivido en contacto estrecho con un hombre que no fuera de su familia. Mancebía, ésa era la palabra, que sonaba en efecto a un pecado muy especial que estuviera recogido en el Catecismo: hasta entonces no había vivido amancebada con un hombre. Sonrió para sus adentros, y emitió sin querer un sonido felino en lo más profundo de la garganta. Sí, era un pecado, era por fin algo auténtico, y era en todo inesperado. Una noche calurosa en la que no corría el aire, durante la que pasó las horas sin conciliar el sueño en la cama, con la sábana a un lado, se levantó con el primer asomo de luz grisácea del alba y fue al cuarto de estar y se tendió con el camisón húmedo a su lado, en el sofá, y él despertó y murmuró algo y se dio la vuelta, gimiendo un poco, y la estrechó en sus brazos y ella sintió el calor de su carne apaleada que ardía contra la suya, y cerró los ojos y abrió los labios y se oyó gritar, como si fuera ella la que sentía un dolor intenso.

Siguió sin conseguir que él comiese debidamente. Subsistía más que nada a base de galletas Garibaldi -a ella le recordaban las tiras de papel matamoscas- y ginebra Gordon's, cuatro botellas que se había trasegado en otros tantos días. Después de la primera, que compró en el pub de la esquina, tuvo que ir más lejos y más lejos aún para conseguir provisiones, temerosa de que si acudía al mismo pub alguien podría dar cuenta a la Garda, acusándola de ser una borracha peligrosa. El tenía debilidad por los dulces de toda clase, verdadera ansia de pasteles, trozos de tarta, chocolate, bombones recubiertos de azúcar. La mandó a comprar caramelos toffee de Yorkshire y se pasaba el día chupándolos como un colegial.

¿Le tenía miedo? Sí, así era. Incluso cuando él la abrazaba y se apretaba ardiente contra ella, con sus manos en su cabello, con su boca en la suya, con gotas de sudor que corrían entre sus senos, era consciente de su miedo, casi alcanzaba a oírlo, una especie de chirrido agudo en su interior. El no era físicamente fuerte, lo sabía, y la paliza lo había dejado más débil, aunque… ¿no eran a menudo los débiles los que revestían mayor peligro? Pensó en Laura Swan, la vio flotando, muerta, bajo un agua turbia, de un verde bilioso, su larga melena mecida sobre su rostro sin facciones, como las frondas de unas algas color herrumbre.

Fue a ver a Rose Crawford al Shelbourne. Supo que no podía hablarle de Leslie "White -a nadie podría hablarle de eso-, aunque sólo con estar en su presencia encontró una especie de consuelo, y vio apaciguarse durante un rato las confusas carreras de sus pensamientos desbocados. Rose, entendió, no la iba a juzgar ni siquiera si le revelase su secreto; Rose, con su manera de ser, despreocupada y amoral, entendería lo de Leslie.

Comieron juntas en el restaurante del hotel.

– Da la sensación de que todo lo que hago es pasarme el día sentada y comer aquí -dijo Rose con un suspiro hastiado-. Nada más terminar el desayuno parece que ya es la hora del almuerzo, y luego el té de la tarde, y entonces -metió el mentón e imitó la voz tonante del maître-… ¡la cena, madame!-sonrió-. Cariño, no envejezcas nunca.

– Tú no eres vieja -dijo Phoebe.

– Pero tampoco soy joven, cosa que casi es peor, o al menos lo parece. ¿Ves a aquel hombre de allí, el que está almorzando con su tía, una ricachona?

Phoebe miró hacia donde indicaba. El hombre, con traje de mil rayas, y calzado con unos recios zapatos hechos a mano, era de envergadura considerable y tenía el rostro florido; llevaba el pelo con raya al medio, peinado para atrás en dos alas que se le formaban a cada lado de la cabeza. La mujer sentada frente a él era menuda y encorvada; el cuchillo y el tenedor que sujetaba con unas garras temblorosas, manchadas de motas oscuras, claqueteaban cada vez que tocaba el plato.

– ¿Lo conoces?

– No -dijo Rose-. Pero no se me escapa un sobrino atento y esperanzado, me basta con verlo de reojo. En fin. Resulta que cuando entramos se volvió a mirarnos. Mejor dicho, se volvió a mirarte a ti. Sus ojos resbalaron por encima de mí sin el menor indicio de atención -torció la boca con un gesto de desdén-. No siempre ha sido así, cielo.

Rose pidió lenguado para las dos y una botella de Chablis. El sol que entraba por la ventana arrancaba del mantel de lino brillos tales como si fuera de lingotes macizos, y ponía una manchita de fuego en el borde de cada una de las copas de vino.

– ¿Dónde se ha metido ese padre que tienes? -preguntó Rose-. Contaba yo con que bailase a mi alrededor y estuviera pendiente de mí a todas horas, pero no lo he visto desde el día en que llegué. ¿Qué se piensa que hago sola todo el día? No conozco a nadie en esta ciudad.

– Entonces, ¿por qué te quedas?

Rose puso unos ojos como platos, exagerando su sorpresa.

– ¿Por qué lo dices, cielo? ¿O es que ya quieres librarte de mí?

– No, claro que no. Es sólo que…

– Oh, descuida, que tienes razón. ¿Por qué me quedo? Pues si quieres que te diga la verdad, no lo sé. Tu pequeño y deslucido país creo que empieza a gustarme. Y eso que no sabía yo que fuera una masoquista.

Phoebe esbozó una de sus sonrisas melancólicas, espectrales.

– ¿ Te quedas todavía… por Quirke?

Rose no la miró.

– Jovencita, creo que voy a pasar por alto esa observación -le dijo.

Llegó el camarero y, con un gesto ampuloso, presentó la botella de vino para que Rose la inspeccionara igual que un mago que muestra la paloma antes de disponerse a hacerla desaparecer. Cuando les hubo servido y se marchó, ella sostuvo la copa al trasluz.

– ¿Y a qué te dedicas, jovencita? -preguntó entonces con su acento indolente.

Phoebe tuvo que morderse el labio para no ponerse a sonreír como una idiota. Eso era lo que seguramente se tenía que sentir al estar embarazada, pensó, la misma sensación acalorada, emocionante, secreta, en todo momento a punto de rebosar. La miró con inocencia.

– ¿Que a qué me dedico?

– Sí. Y a mí no intentes engañarme. Algo te traes entre manos, te lo noto a la legua.

– ¿Cómo? Quiero decir, ¿cómo es que lo notas? -no supo amortiguar la ansiedad con que lo dijo. Si al menos Rose supiera adivinar su secreto, entonces no sería culpa suya, ella no habría traicionado a nadie, y así podrían hablar tranquilamente.

– Oh, pues no sé -dijo Rose-. Se te nota una especie de resplandor… No, es más bien un brillo. Tienes los ojos luminosos. Yo diría que estás viviendo una aventura, ¿sí o no?

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