El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
Phoebe se paró a pensar.
– Te admiro -dijo.
A lo cual Rose echó la cabeza hacia atrás y rió con una risa cortante, astillada, argentina.
– Hay que ver -dijo-. Desde luego, eres hija de tu padre.
No volvió derecha a la tienda después de almorzar, sino que atravesó el Green y embocó Harcourt Street, entrando en el desacostumbrado silencio de la casa a primera hora de la tarde. No subió corriendo las escaleras. Subió despacio, sujetándose a la balaustrada. De alguna manera supo, antes incluso de abrir la puerta de su piso, que no iba a encontrar a Leslie. La manta y el cojín seguían en el sofá, y había envoltorios de dulces en la alfombra, y su vaso de ginebra y un ejemplar arrugado del Mailde la tarde anterior estaban en la mesita del café. Se quedó allí largo rato, con la sensación de que se le vaciaban los pensamientos como el agua por un desagüe. Volvió a ver a las crías de liebre que jadeaban en la madriguera de hierba apelmazada. Ningún zorro, ninguna comadreja habría podido atrapar a Leslie, eso era evidente al menos, si bien ¿quién sabía qué otros peligros podrían estar acechándole? Se oyó sollozar casi por pura obligación, se oyó como si estuviera lejos, como si no hubiera sido ella la que había emitido ese sonido, sino alguien desde la habitación de al lado. Colocó el bolso en la mesa, junto al vaso -quedaba un poso azulado de ginebra en el fondo-, y fue a tenderse en el sofá, encajando la cabeza en el hueco que había quedado en el cojín. Se subió la manta hasta la mejilla y cerró los ojos, entregándose casi con voluptuosidad al llanto.
Capítulo 4
Habían tenido los dos la certeza, sin ningún asomo de duda, de que se volverían a ver. Quirke dejó que pasaran dos días después de aquella primera visita a su casa para telefonearla. Cuando descolgó el teléfono se percató de que sentía una sensación trémula en la región del diafragma, debido a la cual hizo una pausa. ¿En qué estaba a punto de embarcarse, y dónde habría de finalizar la travesía? Por su propia naturaleza era cauto en los asuntos del corazón. No era que después de Delia este órgano hubiera vuelto a sufrir nunca una rotura de gravedad, pero sí prefería evitar todo posible riesgo ahora que había llegado sano y salvo a los años intermedios de su vida. El hecho mismo de tener ese titubeo lo llevó a titubear más si cabe. Era evidente, como le advirtió ese aviso interior, esa flaqueza, que Kate White ofrecía mucho más que la mera perspectiva que él tenía por costumbre pedir de una mujer. Despacio, colgó y respiró hondo. Estaba bien entrado el mes de julio, era una tarde de domingo, y la cuña de cielo que veía entre los tejados con sólo asomarse un poco y entornar la vista por la ventana del cuarto de estar estaba de un azul cobalto, cálido y despejado, que parecía resumir el color mismo de todas las posibilidades que encerrase el verano. Conjuró la sonrisa atribulada y los ojos humedecidos de Kate. ¿Qué podía perder, por comparación con todo lo que podría salir ganando?
Tomó el teléfono y marcó de nuevo.
Oh, mucho, mucho era lo que podía perder.
Hicieron juntos una excursión a Howtn. Quince fue quien la propuso; había una taberna en el pueblo a la que antaño iba a beber, y le dijo que, a su entender, a ella le gustaría. Ninguno de los dos formuló una cuestión de más alcance, a saber, qué era lo que se podría hacer durante el resto de la velada. Llegó en taxi a Castle Avenue y se maravilló de nuevo ante la estólida fealdad de la casa cuadrada, con sus grandes, descarados ventanales, sus persianas venecianas, sus ladrillos del color de la sangre seca. Le costó imaginarse allí a Leslie White, su regreso a casa tras un largo día de trabajo en la administración del Silver Swan, para acomodarse después de cenar con las zapatillas y el periódico vespertino. Y sin embargo fue Leslie, según su mujer, el que se había encaprichado con la casa, cosa que sucedió cuando alguien a quien conocía por el negocio de la peluquería le puso sobre aviso de que estaba en venta.
– Supuso, digo yo, que era más o menos lo que a mí tenía que gustarme -le había dicho Kate, e hizo una mueca de payaso-. Tiene un gusto espantoso, pero lo peor es que se imagina que yo lo comparto. Pobre Les.
Había salido a la puerta envuelta en un olor a jabón de limón. Se acababa de dar un baño. Cuando vio que era él quien llamaba, ladeó la cabeza y lo contempló en silencio durante unos instantes.
– Es el destino -dijo-. Salta a la vista.
Llevaba el pelo recogido tras las orejas con una cinta negra y no se había puesto otro maquillaje que el carmín de labios. Su vestido era amarillo claro, con un estampado de grandes manchas azul claro en forma de gigantescas flores de aciano.
– ¿Qué tal el corte? -preguntó él.
– ¿Qué? Ah -levantó el pulgar para mostrarle un círculo perfecto de esparadrapo-. Se va curando por sí solo. Deberías dedicarte a la medicina.
Ella le invitó a entrar un momento mientras recogía el bolso. Esperó en el vestíbulo, y la sensación de incomodidad le afloró a la piel como si fuera sudor. Las casas ajenas, los ordenamientos ajenos de la vida misma, siempre le desasosegaban. Cuando volvió Kate él se dio cuenta de que ella tampoco estaba del todo a gusto -¿tal vez se había pensado mejor la idea de ir a Howth, la idea de ir con él?- y de que evitaba mirarlo directamente a la cara.
El taxista, encorvado como un sapo al volante, la miró de arriba abajo con lascivia y con desdén cuando salieron a la acera, su vestido liviano siseando en torno a sus piernas largas y bronceadas.
– Oh, no. Un taxi no -dijo-. Tomemos un autobús. Hoy estoy de humor democrático.
Quirke no protestó. Pagó al taxista, que arrancó el coche raudo y dejó una humareda resentida. Echaron a andar juntos por la cuesta que bajaba hasta la orilla del mar. Para Quirke había algo a la vez soñador y esencial en las tardes de verano; le parecían la definición misma del clima, de la luz y del tiempo. La calle, soleada, estaba desierta. Las frondas densas de los lilos caían de las tapias de los jardines, las hojas abrillantadas, mezclándose su perfume a la vez tenue y punzante con el olor a salitre que llegaba del mar. No hablaron, y cuanto más se dilataba el silencio entre los dos más difícil era romperlo. Quirke se sentía ridículo, aunque fuese de un modo ligero y en el fondo apacible. Aquello no tenía más que un nombre, y era una cita, y lo cierto es que no alcanzó a recordar cuándo fue la última vez en que tuvo una cita con una mujer. Era demasiado viejo, o tal vez ya no tenía la juventud suficiente para esa clase de salidas. Y esa realidad le resultó revivificante a la vez que inexplicable.
El piso de abajo del autobús estaba lleno de ruidosas familias, todas ellas con sus cañas de pescar y sus cubos y palas para jugar en la arena, camino de una larga tarde que pasarían a la orilla del mar. Subieron por la estrecha escalera de caracol al piso de arriba, Kate delante de él y Quirke, todo un caballero, procurando no mirarle el trasero. Encontró sitio para ambos en la parte de delante. El cielo estaba despejado, de un azul sin relieve, un plano cuadrado por el filo inferior con el horizonte; soplaba una brisa constante, v la luz salitrosa de la bahía tenía una hondura magullada. El saliente de Howth, frente a ellos, era una joroba verde oliva, salpicada de estallidos de tojos amarillos.
Kate fue la primera que habló.
– Estás muy elegante -le dijo.
Sobresaltado, él se miró con aire dubitativo, reparando sólo entonces en la camisa azul claro, los pantalones grises, claros, los zapatos de ante; nunca estaba del todo seguro con unos zapatos de ante. Se acordó de Leslie White al colarse a la vuelta de la esquina por Duke Lañe, con el yelmo plateado que tenía por cabello, con esas muñecas deshuesadas; Leslie sería un usuario innato de calzado de ante. Kate rió un momento.