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El otro nombre de Laura

Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:

Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
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Phoebe miró a la mesa. No era habitual que se pusiera colorada, pero en ese momento pensó que podía estar sonrojándose. Se alegró de que llegara el lenguado, colocado sobre un lecho copioso de mantequilla de color castaño, en sendas fuentes de alpaca. No le gustaba demasiado el pescado, aunque Rose, con su manera de ser, suave a la vez que imperiosa, no le había preguntado nada antes de pedir la comida. Tampoco le importó: Phoebe rara vez almorzaba, y no era probable que fuera a comerse ese almuerzo. Dio un sorbo de Chablis y notó que se le subía directo a la cabeza, como un destello de luz amarillo limón.

– Hubo una coincidencia -dijo, procurando medir las palabras.

– ¿Una coincidencia? ¿Qué quieres decir?

– Alguien que conocía a Quirke fue a verle y le pidió que no practicase una autopsia.

– ¿Que no la practicase?

– Exacto.

– ¿Y de quién se trataba?

– De su esposa. De la mujer del hombre que fue a ver a Quirke. Había muerto.

– Bueno, claro, eso se desprende de lo que dices, tanto si iba a practicar la autopsia como si no. ¿Y quiénes eran, quiénes son esas personas?

– Eso no importa. Lo que sucede es que… yo conocía a la mujer. Quiero decir… no, no es que la conociera, pero… ella tenía un salón de belleza, y yo le compraba algunos productos.

– ¿Qué clase de productos?

– Pues crema facial, crema de manos, ya sabes. Y entonces…

Calló. Tuvo la sensación de estar cayendo sin poder impedirlo, una clase de caída no del todo desagradable, como sucede en los sueños. Se dio cuenta de que le estaba temblando la mano, y eso le dio miedo; le dio miedo que, si no lo impedía, también su cuchillo comenzara a claquetear contra el ridículo plato de alpaca, como el de la anciana señora.

– Resulta que ella se quitó la vida -dijo. Y qué crudo, qué severo sonó, qué descarnado e incontestable. Ella pensaba en la muerte como si fuera algo misterioso, de tintes místicos, pero ya no lo veía así.

Rose había dejado de comer y la miraba con unos ojos brillantes, como los de un ave; Rose reconoció el instante en que una mera conversación iba a convertirse en otra cosa.

– Phoebe -le dijo-, ¿se ha metido Quirke en algún nuevo lío?

Se preguntó -Phoebe- cuándo había sido la última vez, si es que hubo alguna, en que oyó a Rose llamarla por su nombre de pila. Pero enseguida reflexionó y se dijo que Rose no era una persona que tratase por su nombre de pila al mundo en general. Y en ese punto se le había pasado por alto lo esencial; no era Quirke quien se había metido en un lío. Levantó la copa y la miró, pero sin beber. Rose seguía mirándola con ojos de ave rapaz.

– ¿Líos? -dijo-. No, no creo que Quirke se haya metido en ningún lío.

El untuoso camarero llegó sin anunciarse y les volvió a llenar las copas; cuando lo hizo, sin mirarlo, Rose le indicó que se marchase con un impaciente movimiento del dedo índice. Dio un sorbo de vino. El destello de la preocupación que había asomado a su mirada empezaba a desaparecer, y de pronto Phoebe se dio cuenta, de repente, y sin lugar a dudas, de que Rose en efecto estaba enamorada de Quirke. Le extrañó que no le extrañara.

– Antes dijiste que hubo una coincidencia -dijo Rose.

– Esta mujer, la que ha muerto, Laura Swan… resulta que también conocí a su socio.

– ¿Qué clase de socio?

– Llevaba el negocio con ella, lo del salón de belleza. Se llama Leslie White -¿hubo acaso un instante de temblor en su voz cuando lo dijo? Se apresuró a seguir-. Parece ser que Quirke ha pensado que hay algo raro, algo que no encaja, quiero decir, en la muerte de Laura Swan, o en el hecho de que su marido fuese a verlo a él…

Terminó por callar. Debía de haberle temblado la voz cuando dijo el nombre de Leslie, pues Rose había centrado en él su atención.

– Leslie White -dijo espaciando las sílabas, mirándola, y emitió un zumbido grave, sin despegar los labios-. ¿Ése es el nombre… de tu aventura?

– Oh, no, no. No, quiero decir… es él, o sea, Quirke, es él quien parece incapaz de dejar las cosas en paz.

Rose asintió.

– Eso es muy verdad -concentró su atención en el plato y traspasó con el tenedor un fragmento de pescado. Phoebe observó con peculiar fascinación el trozo de carne blanca, con los hilos rotos de venas de un rosa intenso, que entró en la boca pintada de Rose, pintada de un rojo sangre. Tenía estrías casi inapreciables en el labio superior, como si tuviese la piel cosida con un filamento maravilloso, finísimo, transparente-. ¿Cómo están las cosas entre tu padre y tú? -le preguntó.

Phoebe siempre experimentaba una pausa, un tropiezo mental, cuando oía que alguien se refería a Quirke llamándole su padre.

– Bien, todo bien -dijo en tono neutro-. Me invita a cenar una vez por semana.

– Y se toma contigo una copa de vino -la sonrisa de Rose fue tan seca como el Chablis.

– Nuestras vidas la verdad es que no… no se cruzan mucho -dijo Phoebe, y miró de nuevo al plato.

– Mmm. Salvo cuando hay una coincidencia, como esta de la que me hablabas con… ¿Cómo dices que se llama? ¿Leslie qué? -Phoebe, con los ojos resueltamente clavados en el plato, no contestó. Rose cruzó el cuchillo y el tenedor sobre el suyo y apoyó los codos en la mesa, recogiéndose una mano con la otra y apoyando los labios un instante en el nudillo de un dedo índice-. ¿Tú sabías -preguntó con sosiego- todo lo que sucedió entonces en Scituate, y aún antes, aquí en Dublín? ¿Tú estabas al corriente de lo del juez Griffin y tu padre, quiero decir Quirke, y de lo de aquella chica que murió? También se me ha olvidado cómo se llamaba.

– Christine Falls -dijo Phoebe, sorprendida de sí misma: ¿cómo había recordado ese nombre con tanta certeza y con tanta celeridad?

– Bueno, entonces es evidente que sí lo sabes -dijo Rose-. ¿Quién te lo dijo?

– Sarah.

– Ah.

– Pero por mi cuenta había adivinado yo bastante.

– ¿Sabes que Quirke quiso destruir la trayectoria y la reputación del Juez, de tu abuelo, que acaba de morir?

– Sí, lo sé. Pero de todo eso nunca se dijo nada.

Rose inspiró con fuerza.

– Y más vale, ya lo creo. Fue un asunto muy feo. Por eso te he preguntado si Quirke se estaba metiendo en otros líos. Yo creo que sigue estando dolido por todo aquello… y no me gustaría pensar que se ha embrollado en un nuevo escándalo. Quirke no es exactamente el caballero andante de resplandeciente armadura que él cree ser -entró una suave brisa por el alto ventanal abierto junto a la mesa, que trajo el aroma de los árboles y la hierba del parque, frente al hotel, y el seco olor a heno del puesto de coches de caballos, donde los cocheros, con sus baqueteados sombreros de copa, andaban ojo avizor a la caza de algún turista adinerado-. Tendrías que perdonarlo, no sé si lo sabes -dijo Rose. Phoebe la miró con ojos firmes-. Oh, ya lo sé, no es asunto mío. Pero te aseguro, cariño, que eso es algo que te debes a ti misma, si no se lo debes a él -alzó el rostro iluminado, sonriente-. ¿No lo crees? -Phoebe seguía sin decir nada, y Rose se encogió levísimamente de hombros-. Bueno -dijo-, ¿qué te parece si nos tomamos esa tarta de fresas, que tiene una pinta deliciosa, y luego damos un paseo por el parque, eh?

– Tengo que volver al trabajo -dijo Phoebe.

– ¿No te puedes tomar un rato libre para dar un paseíto con tu vieja y solitaria abuela de adopción? -en algunas ocasiones, y sin que mediara una razón aparente, Rose exageraba su acento confederado, como acababa de hacer, al tiempo que parecía reírse un poco hasta de su sombra, convertida de repente en un improbable bellezón al más clásico estilo del Sur. Rose suspiró, y enarcó sus finísimas cejas-. Bueno, pues al menos tomemos un café y lo dejamos estar -se paró a observar unos momentos a la joven que tenía delante, la miró con la cabeza ladeada y aire de interrogación-. ¿Sabes una cosa, cielo? -añadió en un tono sumamente amistoso-. Tengo la sensación de que no te caigo bien del todo, ¿verdad?

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