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El otro nombre de Laura

Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:

Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
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– Perdona -dijo-, me parece que te he hecho pasar vergüenza. Siempre me pasa igual. No consigo evitar que conmigo los demás se cohíban, se sientan torpes y por eso mismo me odien.

El autobús se detuvo en Howth, en la estación del tren, desde donde fueron caminando a la orilla del mar hasta doblar por Church Street. El interior de la Taberna del Gallo apenas estaba iluminado, y despedía un ligero olor a humedad. Una sola y afilada hoja de luz del sol, resplandeciente, caía al sesgo desde una franja sin pintar, en lo alto de una ventana; caía en un ángulo, incrustándose en el centro de la sala. En un tablero, en la pared, había clavadas tres polvorientas gorras de jugar al criquet, y había una carta náutica de la costa, con todos los faros señalados. Tomaron asiento en una mesa baja, cerca de la puerta abierta, desde la cual veían el sol en la calle. Quirke tomó un vaso de zumo de tomate y Kate un Campari con soda. A través de la fina tela de su vestido él acertó a percibir las anchas bandas en que terminaban sus medias,

y la huella del broche del liguero. Le gustaba su manera de vestir, las libertades que se permitía; las mujeres a las que estaba acostumbrado llevaban demasiadas prendas, cinturones, correas, corsés, fajas de caucho, con lo que llegaban a sus brazos pertrechadas de todos aquellos voluminosos adornos y jeribeques y tirantes, como un viejo velero de los de antes con todo el velamen desplegado.

– No vivían lejos de nosotros, no sé si lo sabías -dijo Kate de repente, conclusión, al parecer, de un rosario de pensamientos más largo y sombrío. El la miró. Pensativa, pasaba un dedo por el borde del vaso-. La muy puta y su marido. Laura Swan, quiero decir. Supongo que él debe de vivir todavía allí. Una de esas callejuelas de casitas de ladrillo rojo, en terrazas, en los alrededores de la iglesia de St. Anne. El no va más de la respetabilidad, como habría dicho ella, estoy segura. Me la puedo imaginar a la perfección, con unos patos de yeso en la pared y una funda de peluche en la tapa del retrete. Y pensar en mi Leslie allí, tan cómodo, metido en la cama con ella, por la tarde, bajo su edredón de satén rosa… Sí, así es: le dejaba ir a su casa aprovechando que el marido estaba fuera. Dios, qué humillante -lo miró entonces a la cara-. ¿Cómo ha sido él capaz de una cosa así?

Cuando terminaron las copas cruzaron la calle y se acercaron a las estrechas escaleras de cemento que hay entre las casas para bajar a Abbey Street y al puerto. En el muelle oeste, unos marinos con zuecos y delantales embadurnados embalaban arenques en salazón en los toneles de madera reforzados con duelas de hierro. Más adelante, un grupo de pescadores de arrastre reparaba una red inmensa, colgada entre varios postes, lo que le recordó en cierto modo a los tocadores de arpa por la destreza con que movían los brazos largos, recogiendo aquí y allá un trozo de red para dar una puntada. Había otras parejas como ellos mismos, paseando y disfrutando del aire puro, tintado de yodo, con la fresca de la tarde. Un perro que parecía sonreír echó a correr por el borde del muelle, ladrando como un poseso a las gaviotas que cabeceaban entre los barcos, a resguardo en las aguas aceitosas e iridiscentes del puerto. Quirke encendió un cigarrillo, haciéndose a un lado para apantallar ambas manos en torno al mechero y la llama. Siguieron caminando. Kate le tomó del brazo y se apretó contra su costado, y él percibió el calor y la firmeza de su cadera y la redondez de un pecho en su tersa copa de seda.

– Dime algo -dijo ella.

– ¿Qué?

– Cualquier cosa, lo que quieras.

Pensó unos momentos.

– Vi a tu marido -dijo.

Ella se puso rígida, pero sin dejar de estrecharse contra él, y de pronto pareció todo huesos y ángulos.

– ¿En dónde?

El se encogió de hombros.

– En la calle.

– ¿Lo conoces? Quiero decir, ¿lo conociste?

– No.

– Y entonces ¿cómo sabes que era él?

Titubeó antes de contestar.

– Estaba con mi hija. O había estado con ella.

No supo por qué motivo se lo había dicho. No estuvo muy seguro de que ni siquiera hubiese querido decírselo. Creyó que tal vez fuese porque, durante un breve instante, allí en el puerto, con las parejas que paseaban, el perro que ladraba y aquella mujer luminosa, cálida, plena, a su vera, le pareció que existía la posibilidad de ser feliz. Y es que existía otra versión de su persona, una personalidad dentro de su propia personalidad, malcontenta, reivindicativa, dispuesta siempre a provocar, a la cual daba por nombre el de «Carricklea». A menudo se había visto reservado, apartado, en apariencia incapaz de intervenir, en el momento en que esa otra faceta suya se disponía a dar pábulo a una nueva enormidad. Carricklea no se conformaba nunca con la mera felicidad, o con una simple insinuación de felicidad. Carricklea necesitaba introducir un dedo en el ojo de esta tarde espléndida, una tarde inocente, de verano, oro y azul, en que Quirke había ido a pasar a la orilla del mar en compañía de una mujer atractiva y a buen seguro disponible. Carricklea no aceptaba una cita para salir por ahí, no al menos de buena gana, y ahora, al haberse visto obligado a ello, quiso cerciorarse de que se iba a cobrar venganza.

El viaje de vuelta desde Howth fue tirante y silencioso entre ellos. Así había sido siempre cuando Carricklea se empleaba a fondo, un velo de silencio rencoroso que lo cubría todo, y desaliento, y preocupación, y la boca bien cerrada. Quirke llamó un taxi nada más llegar a la estación, y esta vez Kate no protestó. Se sentaron en el asiento de atrás juntos, pero bien separados, como si Leslie White y todo lo que entrañaba se interpusiera entre ellos dos, invisible, pero perfectamente palpable. Kate estaba sumida en sus pensamientos; él casi alcanzó a oír las ruedas dentadas que encajaban y se engranaban en su cabeza. ¿Le había hablado de Phoebe con anterioridad? Le pareció que no. En tal caso, ¿por qué no lo estaba friendo ella a preguntas? Por la ventanilla de su lado vio pasar de largo las fachadas polvorientas y resistentes al sol de Raheny y de Killester, y suspiró. Las preguntas, estaba seguro, ya llegarían a su debido tiempo, las preguntas con las que ella se devanaba los sesos en esos instantes.

En la puerta de su casa de Castle Avenue los dos vacilaron, y Kate, sin mirarle, le preguntó si querría entrar, y él al poco se encontró sentado con toda su incomodidad entre los muebles en forma de cubo de… ¿Cómo lo había llamado ella? Eso, «el estar». Encendió un cigarro y tomó una taza de café que a él le pareció insípido. Vio a Kate hacer las cosas que acostumbraban a hacer las mujeres en momentos como ése, ahuecando con vigorosas palmadas un cojín, recogiendo una horquilla de la alfombra, plantándose ante el ventanal y frunciendo el ceño frente al jardín como si allí faltase algo o sucediera algo grave, algo que sólo ella atinaba a ver. Por último, irritado bajo el peso del silencio reinante, dejó la taza de café en la mesa y dijo:

– Oye, lo siento.

Había tomado la resolución, si ella fingía no saber por qué le pedía disculpas, de levantarse enseguida y marcharse. Pero ella tan sólo acertó a decir un «sí» apenas audible, dejando que se le apagase la voz sin añadir más. De pronto, con brusquedad se sentó frente a él, en el sofá, con los hombros encorvados y las manos sobre las rodillas, y lo miró un buen rato, ladeando la cabeza en un gesto que tenía ella, como si fuera una muestra, un espécimen de alguna clase especial, rara o hasta la fecha desconocida, que ella tuviera por cometido evaluar.

– ¿Por qué viniste aquí aquel día? -le preguntó con calma, con espíritu de pura indagación, tal vez, y no como un desafío, ni con un mínimo indicio de resentimiento detectable en su tono de voz-. ¿Qué es lo que andabas buscando en realidad?

Él no vaciló en responder.

– No lo sé -dijo. Y era verdad-. Ya te lo dije, soy curioso.

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