El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
Después no pudo dejar de pensar en él. La obsesionaba como si fuera un espectro elegante y desenvuelto, animoso y, a fin de cuentas, demasiado real. A la mañana siguiente, en la tienda, descubrió que más de una vez la miraba el señor Plunkett con cara de pocos amigos, pues se había dejado llevar por un ensueño cuando estaba atendiendo a un cliente. Todavía le zumbaba la cabeza por efecto de los tres whiskys, a los que no estaba acostumbrada, aunque no fuera ésa la causa verdadera de su distracción, y ella lo sabía.
Le gustaba la atildada precisión con que hacía las cosas Leslie White, cosas pequeñas, sin mayor trascendencia, que ni siquiera parecía darse cuenta de haber hecho, como era afilar la brasa del cigarro en el borde del cenicero, o hacer unos dibujitos como de encaje con las cerillas que había usado para encender el cigarro, o apilar las monedas del cambio en montoncitos distintos, los medios peniques, los peniques y las monedas de tres peniques, con los cantos perfectamente alineados. También sabía hacer un truco con una moneda, hacerla rodar sin cesar sobre los nudillos de la mano, tan deprisa que una sola moneda parecía multiplicarse en tres o cuatro, que giraban y centelleaban. Y vestía muy bien. No estuvo muy segura de que los tonos que gastaba, el blanco, el hueso, el gris metálico, fueran los idóneos para su color de piel y de cabello, pero el corte de las prendas que vestía era excelente, se dio perfecta cuenta, pues tenía muy buen ojo para las prendas de buena sastrería. Quizá se dejara aconsejar si era ella la que le diera consejo. Estaría extraordinario de azul, o mejor aún de negro, con un buen traje negro, tal vez de chaqueta cruzada, con el que destacaría mejor su esbeltez, e incluso un tres piezas con cadena de oro en el bolsillo del chaleco. Se imaginó cogida de su brazo, él todo de negro y plata, ella con algo de tonos pálidos, con mucho vuelo…
– ¡Deirdre! -masculló enfurecido el señor Plunkett, y ella dio un brinco, y tuvo pese a todo dificultad en concentrarse en la viejecita que tenía delante de la caja registradora y que sostenía en alto un chelín con mano temblorosa.
Se sentía culpable y no por Billy, claro que no, sino -y esto le pareció sumamente raro- porque tuvo la sensación de haber traicionado al doctor Kreutz. Se dijo que era una ridiculez pensar de esa forma: ¿qué había hecho, al fin y al cabo, salvo tomarse una copa con un hombre, teniendo en cuenta que ni siquiera era de noche, que había sido por la tarde? Pero por más que intentase restar importancia a lo ocurrido, ni siquiera ella terminaba de convencerse. Y es que algo había ocurrido y algo más ocurriría, y además pronto, de eso estaba segura.
Pero antes aún hubo otra cosa más, algo del todo inesperado, algo que le hizo ver al doctor Kreutz bajo una luz completamente nueva, una luz escabrosa.
Capítulo 3
Cuando Phoebe era pequeña, sus padres, o el matrimonio que en aquel entonces ella consideraba que formaban sus padres, la llevaban durante dos semanas del mes de julio, todos los años, a una casa de la playa de Rosslare que les prestaban unos amigos de Sarah, gente del teatro, según le parecía recordar. Aquellas vacaciones en el mar se planeaban y se iniciaban como si fueran la gran cosa, aunque la verdad es que ninguno de los tres las disfrutaba de veras, allá abajo, en lo que se daba en llamar entonces el Soleado Sureste. Mal se pasaba el día a disgusto por estar lejos del trabajo, y Sarah no tenía nada que hacer, y aunque procuraba que no se le notase se aburría casi a todas horas. En cuanto a la propia Phoebe, la playa no le entusiasmaba. Odiaba tener que mostrarse semidesnuda en la arena -era flaca y patizamba, y su pálida piel nunca se ponía morena, igual daba cuántas horas pasara al sol-; además, no tenía talento para hacer amigos. Por otra parte, el mar le daba miedo. Un año, cuando tenía nueve o diez, iba caminando sola por la ancha franja de espinos y de hierbajos que corría entre el pueblo y la playa, un trecho que por alguna razón llamaban la Conejera, cuando tropezó, literalmente tropezó con una madriguera de liebres en donde había dos crías. Nunca había visto nada semejante. Parecía como si la liebre, la hembra, hubiese hecho un nido removiéndose en la hierba de un lado y de otro hasta formar una oquedad alisada, acolchada, prieta, donde los gazapos se encontraban acurrucados uno contra el otro, cabeza contra cola, cada uno una imagen en espejo del hermano, de modo que parecía, pensó, un emblema estampado en una bandera o en una moneda. Eran muy jóvenes, pues apenas habían abierto los ojos, y parecía que más que respirar palpitasen de manera imperceptible y veloz, como si ya estuvieran exhaustos ante la perspectiva de las carreras a la desesperada que habían de darse a lo largo de la vida. Decidió sobre la marcha, aunque en lo más profundo de su ser supiera que no era cierto, que estaban los dos abandonados, y que por tanto su deber era salvarlos. Los recogió -¡qué blandos, qué suaves, qué calientes al tacto!- e hizo un lecho con el cárdigan doblándolo por la parte delantera para llevárselos así a la casa, donde los acomodó entre las altas hierbas de una esquina, junto al barril en que se recogía el agua de lluvia, en la parte posterior, donde nadie los viera. Supo, aunque se negase a reconocerlo, que nunca debería haberlos recogido, y cuando fue a verlos a la mañana siguiente y ya no estaban experimentó una oleada de pánico seguida de una culpa y una vergüenza tan inmensas que poco le faltó para vomitar allí mismo. Quiso convencerse de que la madre liebre habría sido capaz de seguir el rastro de las crías y las había ido a rescatar para llevárselas durante la noche, pero no logró creerlo. Fue corriendo a la Conejera para ver si las encontraba allí, pero ni siquiera acertó a dar con la madriguera, aun cuando buscó y buscó durante toda la mañana, hasta que llegó la hora de ir a casa a almorzar.
Nunca le había contado a nadie el incidente, y siempre que se acordaba, cosa que le sucedía con sorprendente frecuencia, a pesar de haber pasado tantos años, todavía le embargaba la vergüenza, si bien recordaba a la vez, y lo recordaba tan vívidamente que era como si volviera a experimentarlo, la cálida emoción que sintió al llevar en brazos a aquellas dos frágiles, desamparadas criaturas, vivas de milagro, en un pliegue del cárdigan, por el camino de la estación, en el silencio de la tarde de verano.
Tener a Leslie White en su piso le producía una emoción en parte muy semejante. Sabía que no estaba bien, sabía que casi con toda seguridad era peligroso haberle dado refugio en su casa. Él provenía de un mundo del que ella apenas sabía nada, un mundo de fama más bien dudosa, un mundo de coches deportivos, y de copas a media tarde y de negocios turbios, un mundo de violencia en el que no era ni mucho menos raro que a uno lo asaltasen en un callejón oscuro unos cuantos hombres silenciosos, jadeantes, armados con cachiporras. El no le quiso decir nada más de la agresión, nada que no le hubiera dicho aquella primera noche. Insistió en que no conocía a los tres malhechores, en que no tenía forma de saber por qué lo habían atacado. Por el modo en que alejaba los ojos de ella como si los deslizara cada vez que ella se lo preguntaba, se dio cuenta de que había algunas cosas que le estaba ocultando. Y ella se alegró de que se las ocultara. Estaba segura de que era mucho mejor no saber demasiado de las andanzas de Leslie White.