El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
El inspector Hackett se encontraba entre los asistentes, bastante alejado de la tumba, con su traje azul y su gabardina negra. Había logrado mirar a Quirke y que éste le viera, y le había saludado llevándose el dedo al ala del sombrero de manera que apenas se notara. Luego caminaron juntos entre las lápidas. Había cesado la lluvia, pero el agua seguía goteando de los árboles. En una tumba de un niño había unas rosas de plástico bajo una cúpula de cristal moteada por el liquen en su cara interna.
– El fin de una época -dijo el detective, y miró deprisa a Quirke, de lado-. No volveremos a ver a nadie como éste.
– No -dijo Quirke de plano-. Desde luego que no.
El Bentley del arzobispo pasó por la cancela de entrada, Su Eminencia sentado y muy erguido en el asiento de atrás, como una efigie de culto que se ostentase en público, expuesta en una urna de cristal. El inspector sacó un paquete de Players y se lo tendió abierto a Quirke. Se pararon a encender los cigarrillos. Luego siguieron caminando.
– He tenido una conversación con ese tipo -dijo el inspector.
– ¿Y qué tipo es ése?
– Su amigo, el señor Hunt. Al que se le murió la mujer, no sé si se acuerda.
El coche fúnebre siguió el mismo camino que había tomado el coche del arzobispo; el alargado espacio de la trasera, donde había estado el féretro, resultaba lúgubre por su vacuidad.
– Sí -dijo Quirke-. Me acuerdo. ¿Y bien?
– Ah, pues Dios se apiade de ese pobre tipo, porque está hecho una pena.
– Me lo imagino.
El policía lo volvió a mirar.
– A veces sospecho, señor Quirke -dijo-, que tiene usted muy endurecido el corazón.
A esto no dijo nada Quirke.
– ¿Qué le dijo Billy Hunt? -preguntó por el contrario.
– ¿Acerca de qué?
Avistaron entonces a Rose Crawford y a Phoebe, que caminaban por delante de ellos, por la senda de ceniza, Rose sujeta al brazo de la joven con el suyo.
– De la muerte de su esposa -dijo Quirke con paciencia.
– Ah, pues más bien poca cosa. No sabe por qué lo hizo, si es que lo hizo.
– ¿Si es que lo hizo?
– Vamos, señor Quirke, no se haga el inocente. Tiene usted tantas dudas como yo en este caso.
Habían recorrido media docena de pasos antes de que Quirke de nuevo tomara la palabra.
– Entonces, ¿usted tampoco cree que Billy Hunt sea inocente?
El inspector rió por lo bajo.
– Según mi experiencia, nadie es del todo inocente. Pero supongo que ya contaba con oírme decir eso, ¿no?
Alcanzaron a Rose y a Phoebe. Cuando Phoebe vio que era Quirke quien la seguía murmuró algo inaudible y se soltó del brazo de Rose para alejarse a paso veloz por la senda. Rose la miró extrañada y negó con la cabeza.
– Qué bruscos son los jóvenes -dijo. Quirke se la presentó al policía-. Encantada de conocerle, oficial -le dijo, y tendió a Hackett una mano esbelta, enfundada en un guante negro; el inspector sonrió con timidez, las comisuras de su boca de pez estirándose casi hasta los lóbulos de las orejas-. Me alegro de conocer a un amigo del señor Quirke. Forma usted parte de una banda muy selecta, al menos según hemos podido ver.
Quirke estaba mirando a Phoebe, que se había reunido con Mal bajo el arco de la cancela que daba a Glasnevin Road. Parecían mucho más un padre y una hija, y Quirke lo sabía, de lo que nunca llegarían a parecer Quirke y ella.
– Y también habrá conocido al Juez, como es natural -le dijo Rose al policía.
Este aún ensanchó más la sonrisa.
– Desde luego que sí, señora -dijo, forzando su acento de las Midlands para estar a la altura del deje sureño que ella empleaba en cada palabra-. Una magnífica persona, se lo aseguro, gran defensor de la justicia y la ley. ¿No es así, señor Quirke?
Quirke lo miró. ¿Fueron imaginaciones suyas, o vio tal vez que al policía le temblaba un momento el párpado izquierdo?
Capítulo 2
Conoció al hombre del cabello plateado un miércoles por la tarde, cuando se presentó en la casa de Adelaide Road y él estaba allí, sentado en el sofá, en la consulta del doctor Kreutz, con todas las trazas de ser el dueño del piso. Había pensado que el Doctor estaba solo, porque el cuenco de cobre, la señal con la que él le avisaba, no estaba a la vista, en el alféizar, si bien a él se le había olvidado ponerlo allí, buena muestra de lo muy agitado que debía de estar. Cuando le abrió la puerta la miró de un modo sumamente raro, con ojos despavoridos, y ella no acertó a comprender el sentido de aquella mirada hasta que se adelantó a él y se encontró con aquel hombre arrellanado en el sofá y sin haberse quitado el abrigo de pelo de camello. Tenía un brazo sobre el respaldo del sofá y los pies, cruzados a la altura de los tobillos, sobre la mesita. Estaba fumando un cigarrillo que sostenía con afectación, entre el índice y el corazón de la mano izquierda. La saludó con una sonrisa perezosa y la miró de hito en hito.
– Vaya, vaya, vaya -dijo-. ¿Qué tenemos aquí?
Fue de nuevo el abrigo de pelo de camello, cuyas alas se hallaban extendidas a uno y otro lado, lo que le dio la impresión de que se estaba exhibiendo de una manera que a ella se le antojó rayana en la indecencia. El doctor Kreutz se hizo a un lado y se quedó mirando del uno al otro con cara de desconcierto, de desamparo. Ella se sintió cohibida, sin saber adónde mirar. El hombre retiró los pies de la mesa y se levantó con languidez tendiéndole una mano esbelta y casi incolora.
– Me llamo White -dijo-. Leslie White.
Ella le dio la mano, y la del hombre le pareció suave como la de una muchacha, y fría, y húmeda, pero olvidó decirle cómo se llamaba de tan hipnotizada como se encontraba ante aquella sonrisa malvada, ante aquel mechón de cabello que le colgaba sobre la frente -era más bien platino que plata-, y ante aquellos ojos en los que se mezclaba la curiosidad, la osadía, la diversión, aunque también contenían un destello atribulado, como si en broma pidiera disculpas, como si le estuviera diciendo que Sí, ya sé que soy un granuja y un desalmado, pero también puedo ser divertidísimo, ya lo verás. El doctor Kreutz se rehízo en ese momento y la presentó diciendo que se trataba de la señora Hunt, pero ella levantó el mentón con orgullo y miró de lleno a Leslie White, a la cara, diciendo: Deirdre.
Se sorprendió de la firmeza con que dijo su nombre.
El doctor Kreutz les ofreció una taza de té, aunque se le notó a las claras que no lo dijo de corazón. Ella nunca lo había visto tan inseguro, tan falto de confianza en sí mismo. Aún tenía esa expresión despavorida, demudada, con la que la había saludado al llegar, semejante a la expresión del clásico personaje de las películas que trata de hacer saber a la heroína que hay un hombre armado y oculto tras los cortinajes; de continuo levantaba las manos con las palmas hacia arriba, en un gesto peculiar, casi como si estuviera orando, para dejarlas caer de nuevo, derrotado, pegadas a los costados. Leslie White no le hizo caso, ni siquiera miró hacia donde estaba él.
– Bueno, tengo que marcharme -dijo entonces con esa voz suave y soñolienta que tenía, sin dejar de sonreírle. Como si hubiera reparado en que a ella le intranquilizaba ese abrigo que llevaba, se lo echó sobre los hombros, ciñéndoselo en una caricia, sin quitarle ojo de encima, y anudándose el cinturón sin apretar, sin emplear la hebilla-. Adiós, Deirdre -dijo. Lo pronunció como si dijera Deardree.
Se alejó hacia la puerta, seguido presurosamente por el doctor Kreutz, y una vez más se volvió antes de salir para dedicarle una última sonrisa, imperceptible y maliciosa.