Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » El otro nombre de Laura
El otro nombre de Laura - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El otro nombre de Laura

Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:

Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
1 ... 38 39 40 41 42 43 44 45 46 ... 79
Перейти на страницу:

Phoebe fue aquella noche a visitar al doctor Kreutz, tal como él le pidió que hiciera. El sitio no era ni mucho menos lo que ella había esperado; no era, de entrada, la consulta de un médico. Cuando el taxi la dejó en la dirección de Adelaide Road que ella le había indicado, tuvo la inmediata sensación de que había algo indefiniblemente siniestro, algo que se debía, le pareció, no sólo a lo avanzado de la hora, no sólo a las calles desiertas. Pasaba con mucho de la medianoche, pero había un espectral relumbre en el cielo, aunque no supo precisar con certeza si era el remanente de la luz diurna o la luz difusa de una luna que aún no había salido. No acostumbraba a salir a esas horas, y el mundo envuelto en tinieblas le pareció provisorio, sin forma definida, como si todo se hallase en proceso de desmantelamiento para pasar la noche. Encima de los árboles lucían las farolas, y las sombras gigantescas de las hojas temblaban en las aceras. Al otro lado de la calle, cerca de la cancela del hospital, haraganeaban dos prostitutas, las brasas de cuyos cigarrillos trazaban movimientos angulosos en las sombras, como si fueran luciérnagas; al verla indecisa ante la cancela pintada de negro se dijeron algo una a la otra y rieron, y una de las dos le gritó en voz baja algo que pareció una pregunta, o una invitación, las palabras de la cual no llegó a captar con precisión, cosa que, se dijo, a ciencia cierta era preferible.

No había señales de vida en el piso del sótano, ni ruido en el interior, ni luz en la ventana, aunque apenas tuvo tiempo de retirar el dedo del timbre cuando la puerta se abrió de golpe, como por ensalmo. El doctor Kreutz no encendió la luz del pasillo, y lo primero que vio de él fue el brillo del blanco de sus ojos, que eran como los ojos del encantador de serpientes en medio de la jungla en aquel cuadro de Rousseau el Aduanero. Kreutz de alguna forma tuvo que saber que estaba allí, antes incluso de que ella tocase el timbre. Cuando le dijo el nombre de Leslie White pareció por un instante que fuera a darle con la puerta en las narices, aunque en cambio salió al dintel, entrecerrando la puerta a su espalda y sujetándola con la mano. Era el médico más extravagante que hubiera visto ella en su vida.

– Ha tenido… ha tenido un accidente -balbuceó-. Me dijo que viniera a pedirle que me dé su medicina. Dijo que usted lo entendería.

Era un hombre alto y flaco, y su rostro era más oscuro que la noche. Llevaba una especie de túnica sin cuello, y cuando ella bajó los ojos vio que estaba descalzo. Despedía un olor no muy intenso, especiado a la vez que dulce.

– Un accidente -dijo sin enfatizar nada. Habló con voz profunda, inesperadamente suave, casi melodiosa.

– Sí -era consciente de que las dos putas la seguían mirando desde el otro lado de la calle; notaba sus ojos traspasándole la espalda-. Está bastante malherido.

– Ah -el doctor Kreutz meditó unos momentos en silencio, midiendo el alcance de lo que ella acababa de decir-. Esto es un grave trastorno.

¿Por qué no le preguntaba qué clase de accidente era el que había sufrido?

– No sé de qué medicina se trata -dijo-. Es decir, el señor White no me lo dijo, tan sólo me pidió que viniera y le dijera que la necesita -estaba parloteando sin demasiada coherencia, y no pudo parar-. No estoy segura de que haya alguna farmacia abierta a estas horas de la noche, pero es posible que si me extiende usted una receta pueda conseguir que me la sirvan en algún sitio, a lo mejor ahí mismo, en el hospital -se dio la vuelta a medias, para indicarle a qué se refería, y vio a las prostitutas por el rabillo del ojo, estiradas las dos hacia ellos por pura curiosidad. El doctor Kreutz movía la cabeza muy despacio de un lado a otro.

– No hay medicina -dijo-. Debe usted decírselo así: no hay medicina, no hay más medicina, se acabó.

– Pero es que está herido -dijo ella. Se encontró de pronto al borde de las lágrimas. Cada palabra que decía caía como una piedra en la profundidad insondable de la calma que tenía aquel hombre, en la lejanía aparentemente insalvable en que se hallaba instalado-. ¿No le puede ayudar?

– Lo lamento, señorita -dijo-, lo siento mucho muchísimo -pero no pareció que lo sintiera, en absoluto. Pasó un instante en el que a ella no se le ocurrió ninguna cosa más que decir, y él entonces dio un paso atrás y regresó sin hacer ruido al pasillo oscuro, y de nuevo hubo ese destello en los blancos de sus ojos, antes de que cerrase la puerta.

Sólo cuando ya salía reparó en la placa de la barandilla, donde estaba escrito el nombre. «Sanador Espiritual.» ¿Qué sería eso exactamente?, se preguntó.

Leslie estaba tendido en el sofá, tal como lo había dejado, adormilado, con la cabeza torcida sobre los cojines.

A la luz de la lámpara eléctrica de la mesita, su rostro destrozado parecía más hinchado de lo que estaba antes, lleno de moraduras brillantes, enrojecidas; más bien parecía algo expuesto en el escaparate de un carnicero. Cuando le comunicó lo que le había dicho el doctor Kreutz, que ya no iba a haber más medicina, él se cubrió los ojos con la mano y le dio la espalda, y tuvo un temblor en los hombros, y ella se dio cuenta de que estaba llorando. Al margen de todo lo que ella pudiera esperar, lo que nunca esperó fue ese llanto. Extendió una mano para tocarlo, pero se contuvo. De pronto se había abierto un abismo entre los dos, una distancia no demasiado amplia, pero de una profundidad inmensa, inconmensurable. Volvió a pensar en las crías de liebre. La sensación que tuvo con él fue la misma que había tenido con aquellos animales: ella pertenecía a una especie distinta. Se levantó y fue al dormitorio dejándolo allí, sumido en el llanto de la desolación, derramando lágrimas en un cojín forrado de pana.

En los días que siguieron, esa sensación de diferencia y distancia no se desprendió de ella. A pesar de todo lo cuidó lo mejor que supo, con ternura y diligencia. Supuso que así haría su trabajo una enfermera de verdad, una enfermera titulada -cuando era niña quiso ser enfermera de mayor-, con atención y con afecto, aunque de una manera impersonal. Por las mañanas procuraba prepararle algo de desayuno, un cuenco de cereales, o una tostada con té, pero él no probaba bocado. A la hora de comer volvía a ver cómo se encontraba. Por la tarde subía las escaleras preparando su mejor sonrisa antes de abrir la puerta con la esperanza de que él ya no estuviera allí.

– Caramba, señorita Nightingale -decía con voz ronca-, si eres tú.

Ella se daba cuenta de que sufría no sólo por las heridas causadas, sino también por algo añadido, por una angustia más honda. No sabía qué clase de medicina era la que había tenido la esperanza de que le suministrase el doctor Kreutz. Tampoco se lo preguntó, en parte porque una voz admonitoria le aconsejaba en su interior que era mejor no saberlo. Pensó al principio que tal vez fuese diabético, que era insulina lo que necesitaba, pero fueron pasando los días y resultó evidente que no se trataba de eso. Tenía violentos accesos de fiebre y se pasaba las horas tendido, temblando, mirando al techo, con los dientes apretados y una película de sudor en la frente y en el labio superior. Se había despojado de su traje sucio y rasgado y se había puesto su bata de seda, la de Sarah, con los dragones y las aves, y la llevaba sin cerrar sobre su pecho cóncavo, pálido, reluciente. Ella se hizo cargo de sus cosas, de la camisa y la ropa interior, y las lavó en el lavabo del cuarto de baño, apartando los ojos de quién sabe qué variedad de manchas. Nunca había tenido que hacerle la colada a nadie.

Fue llamativa sin embargo la poca dificultad que encontró en adaptarse a esa desacostumbrada presencia masculina en su territorio hasta entonces solitario. No se paró a tomar conciencia de la extrañeza que él representaba, de lo que era, de lo distinto que era de ella, si bien a la diferencia y a la extrañeza se fue acostumbrando. Fue en realidad como si una criatura exquisita, a medias salvaje, y herida, se hubiese arrimado a ella, se hubiese puesto a su cuidado. Se sentía como una de aquellas damas vestidas de brocados, en un tapiz, con un unicornio a sus pies. A duras penas lograba recordar cómo fue el rato que aquella tarde pasaron juntos en su cama, y los detalles que llegó a rememorar se le antojaron más soñados que reales.

1 ... 38 39 40 41 42 43 44 45 46 ... 79
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)