El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
– Sí, eso es lo que dijiste. «Sufro una curiosidad incurable.» Esas fueron tus palabras.
– Y tú no me creíste.
– ¿Por qué no te iba a creer? Por otra parte, estaba francamente borracha. De lo contrario, tengo la seguridad de que no te habría permitido entrar en la casa.
Apartó la mirada para no sentir encima sus ojos, inquietantes y escrutadores. Se estaba haciendo tarde, y el aire en el jardín se había tornado de un gris luminoso. Ahí fuera, todo parecía tocado por una melancolía inexplicable, tirando a dulzona, como en un sueño. Pensó en Deirdre Hunt, muerta sobre la mesa de disección, con la caja torácica abierta, replegada a ambos costados, como las solapas de una chaqueta rugosa y grotesca, abultada y sanguinolenta.
– No sólo es curiosidad -hizo una pausa-. Hace un par de años -dijo despacio- estuve implicado en algo que no se llegó a terminar como debiera.
– ¿Algo? ¿A qué te refieres?
– Un escándalo. Murió una joven, y luego mataron a otra mujer. Estuvieron implicadas personas muy cercanas a mí. Sobre todo aquello se guardó un riguroso silencio.
Ella esperó a que siguiera. El se rebuscó en los bolsillos el bolígrafo de rosca, pero entonces recordó que le parecía haberlo perdido, no sabía ni dónde ni cómo.
– Entiendo -dijo. El la estudió. ¿De veras? ¿De veras lo entendía?-. Y ahora has olisqueado el rastro de otro escándalo, y esta vez te quieres asegurar de que no se silencie nada, que todo salga a la luz. ¿Es eso?
– No. Es todo lo contrario.
– ¿Lo contrario?
– Lo que quiero es que siga escondido.
– ¿El qué?
– Lo que sea. Me da igual quién o quiénes estén implicados.
– ¿Por qué? ¿Por qué pretendes mantenerlo escondido?
– Porque estoy harto de… -se encogió de hombros-. Estoy harto de vérmelas con la mierda de los demás. Me he pasado la vida metido hasta los codos en los secretos de los demás, en sus sucios pecados de poca monta -volvió a mirar por la ventana, a la luz grisácea-. Una de las primeras autopsias que hice en mi vida fue la de un niño, un bebé, de seis meses de edad, o puede que un año, no lo recuerdo bien. Lo habían golpeado hasta dejarlo amoratado y luego lo habían estrangulado. Las huellas de los pulgares del padre eran visibles en el cuello. No me refiero a las marcas de los pulgares, sino a las huellas dactilares. Estaban grabadas en la piel del niño -calló-. ¿Qué más dará lo que haga la gente? Quiero decir que… lo hecho, hecho está. A aquel pedazo de cabrón lo crucifiqué por haber estrangulado a su hijo, pero no por eso volvió a la vida el niño -calló de nuevo y se llevó una mano a la frente-. No sé qué quiero decir. Mira… -se puso en pie de pronto-. Tengo que marcharme.
Ella no se movió, tan sólo levantó la vista para mirarle a los ojos.
– Ojalá te quedaras.
– No puedo.
– No es una oferta que le haga a cualquier desconocido que quiera venir a esta casa y hacer preguntas misteriosas.
El no dijo nada.
Ya iba camino de la puerta. Ella siguió en donde había estado, sentada al borde del sofá, con las manos unidas sobre las rodillas. El salió al vestíbulo. Su sombrero estaba en el perchero, detrás de la puerta. Lo tomó y pasó un dedo por la badana. Tenía constreñida la garganta, como si algo se fuera hinchando en su interior, un grumo de bilis. ¿Por qué había estado Phoebe con Leslie White? Esa era la pregunta que deseaba formular. Aunque… ¿a quién podría formulársela, quién tendría la respuesta? Cuando se volvió, Kate estaba en el umbral, a su espalda, tal como estaba la primera vez que la vio, con un brazo en alto, apoyado contra la jamba, y la cabeza ladeada.
– Si te marchas -dijo-, no te pediré que vuelvas -él seguía pasando el dedo por el sombrero. Ella apartó la cabeza con violencia, como si fuera a escupir-. Bah, pues entonces márchate.
Bajó hasta la orilla del mar y cruzó la carretera y se quedó junto al muro del paseo. El día tocaba a su fin y el mar aparecía lacado a brochazos de color zafiro, verde hinojo y gris lavanda bajo la cúpula violeta del cielo. Del otro lado de la bahía -¿era aquello Dun Laoghaire?- titilaban las luces, y a lo lejos las montañas habían perdido volumen y parecían pintadas en un plano, como mero telón de fondo. Unos vagos fardos de nubes de color parduzco se amontonaban en el horizonte, donde ya se amasaba la noche. Sus pensamientos eran un hueco sin contenido, no eran siquiera pensamientos. Tenía la sensación de estar privado, despojado no de algo concreto, sino desposeído en general. ¿Y qué había perdido? ¿Qué era lo que podía perder? Una luz parpadeó en alta mar. ¿Un barco, un faro? Dio la vuelta y echó a andar para volver sobre sus pasos, por el margen de la carretera que cubría una hierba rala.
Cuando le abrió la puerta, llevaba un camisón de algodón azul e iba descalza. No pareció sorprenderse de encontrarlo ahí.
– Vuelve a ser el destino -dijo. No sonrió-. Me iba a dar un baño.
– Creí que te habías bañado antes -dijo él.
– Y así es, pero me iba a bañar otra vez. Ahora ya no.
Se sentó a fumar en la mesa de la cocina mientras ella preparaba algo. La ventana de encima del fregadero ganó brillo con la oscuridad. Le dio de cenar una chuleta de cordero con tomates y espárragos y mayonesa. Le preguntó por qué no tomaba ella nada, y ella respondió que ya había cenado, y aunque no la creyó tampoco dijo nada más. Dejó que sus pensamientos vagaran a su antojo. Cayó presa de un extraño letargo; se sintió como si hubiera hecho un largo viaje para llegar a donde estaba, a esa estancia, a esa mesa. Comió con escaso deleite lo que ella quiso servirle. La comida que hubiera preparado otra persona de ese modo, en una cocina particular, y no en un restaurante, siempre le sabía extraña, como si no fuera auténtica comida, por más que supiera que debía de ser más sabrosa que cualquier otra cosa que hubiera probado, mucho más, sin duda, que todo que lo que él se preparaba en su casa. «Moly»… ¿era ésa la palabra? Comida para los dioses. No, era «ambrosía». Kate se sentó frente a él y lo observó con atención de matrona mientras cenaba, consumiendo con terquedad la carne, la pulpa roja de los tomates, las inertes lanzas de color verde. Cuando terminó, ella recogió el plato y se lo llevó al fregadero. Con la espalda vuelta hacia él le dijo:
– Ven a la cama.
– Oh -gritó ella, y volvió la cabeza a un lado, sobre la almohada, y luego al otro, mordiéndose el labio inferior. Quirke se encontraba aupado sobre ella, muy por encima de ella, a la luz de las estrellas, moviendo su inmenso corpachón-. Oh, Dios, Dios.
Mucho antes de que rayara el alba bajaron y volvieron a sentarse en la mesa de la cocina. Kate se había ofrecido a preparar más café, pero Quirke no quiso. Estaba descalzo, como ella, y vestía sólo la camisa y el pantalón; en el dormitorio ella le ofreció el batín de Leslie White, pero él la miró con cara extraña y ella dijo «lo siento» y lo volvió a colgar en el perchero. Ahora, en la cocina, la noche entre negra y azulada oprimía los cristales de las ventanas, una ávida oscuridad. No se oía nada por ninguna parte, tanto que podrían haber estado solos en el mundo. Ella lo vio fumar un cigarro. Era como cualquier otro hombre con el que ella se hubiera acostado, se dio perfecta cuenta, y se le notaba incómodo ahora que había concluido el acto principal, procurando no temblar, moviendo los ojos de un lado a otro, como si buscara una vía de escape. Ella supo muy bien qué le pasaba. No era esa tristeza que supuestamente embarga a los hombres después -eso no era más que una excusa, ideada además por un hombre-, sino el resentimiento por haber estado tan necesitado y, peor incluso, por haber dado muestras inequívocas de sufrir esa necesidad. ¿Por qué no estaba ella resentida con su resentimiento? No pudo sentirse enojada con él. Una coma invertida de cabello rubio se le había quedado erecta en la cabeza, grande y recia, y ella entrevió por un instante cómo debió de haber sido cuando era niño, ya grande, aturdido ante el mundo, aterrado porque además se le notase. Cuando terminó el cigarro encendió otro con la brasa.