La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
Más tarde, cuando Emily había expresado su preocupación por la falta de casa y familia de sus nuevos amigos, Ben le había respondido que sospechaba que eran felices con la vida que habían elegido y que siempre podrían cambiar las cosas si querían.
Rachel le había observado con un nudo en la garganta. Él era igual que ellos, podía ser feliz sin un hogar, sin pertenencias, sin familia.
Pero antes de que hubiera podido sumirse en su tristeza, Emily había sacado una baraja y los había desafiado a echar una partida.
Estuvieron jugando al lado del fuego, rodeados por aquel espacio abierto y un manto de estrellas, con sólo sus propias risas como compañía.
Era perfecto. Rachel miró a Ben. Sabía que debería estar triste, arrepentida, resentida incluso por aquella intrusión en la dinámica de la familia, pero se sentía, sobre todo, agradecida.
Ben alzó la mirada y la descubrió mirándolo. Era tan alto, tan esbelto… tan atractivo. Cuando la miraba, Rachel tenía que cerrar los ojos.
Y se iba a marchar. El martes. No podía esperar para irse.
– Preparemos los sacos -dijo Ben bruscamente, dejando las cartas a un lado, como si de pronto sus pensamientos se hubieran vuelto tan turbulentos como los suyos.
– Papá…
– Se acerca una tormenta -señaló hacia una masa de oscuros nubarrones que se acercaba por el norte-. Será mejor que nos pongamos a salvo antes de que llegue.
Cinco minutos después, Rachel estaba arrodillada en medio de una minúscula tienda, con la mirada fija en los tres sacos de dormir.
– Yo quiero dormir en la puerta -dijo Emily.
– En la puerta dormiré yo, cariño -respondió Ben.
Rachel esperó la inevitable discusión, porque Emily siempre quería salirse con la suya, pero ante la firmeza del tono de Ben, se limitó a agarrar su saco de dormir y a decir:
– Bueno, entonces me quedaré debajo de esa ventana.
– Estupendo -dijo Ben.
¿Estupendo? ¿Cómo que estupendo? Si Emily dormía en la ventana, eso significaba que Rachel se quedaría en medio.
– Túmbate, mamá -Emily señaló el saco de dormir de Rachel-. Esta noche yo te arroparé a ti.
De rodillas sobre su saco, Ben se quitó la camisa de franela, quedándose en camiseta, y se metió en el saco. Miró a Rachel arqueando la ceja en silencio.
Rachel se metió en el saco y se tapó hasta la barbilla. Se movió ligeramente, esperando encontrar la dureza de las piedras.
– Eh, está muy suave.
– Papá ha puesto una esterilla en el suelo -Emily sonrió de oreja a oreja-. No quería que te quejaras -le dio un beso a Rachel en la mejilla y se volvió hacia su padre con obvio deleite-. Yo podría dormir en el coche…
– No -contestó Ben con aquella nueva autoridad paternal.
Y Rachel volvió a sorprenderse cuando su hija apagó la linterna y se metió en el saco sin protestar.
En medio de la oscuridad, Rachel podía sentir a Ben mirándola. Podía sentir el calor de su cuerpo.
– ¿Estás bien? -susurró Ben.
– Sí, estoy bien.
– ¿Tienes suficiente calor?
– Estoy bien -repitió Rachel y oyó en la oscuridad la sensual risa de Ben.
– ¿Entonces por qué estás conteniendo la respiración?
Sí, estaba conteniendo la respiración. La soltó lentamente. Afuera, comenzaba a acercarse una tormenta. El viento aullaba y batía ruidosamente las paredes de la tienda. Ben deslizó el brazo por la cintura de Rachel y la estrechó contra su pecho.
– Estás terriblemente callada, ¿estás segura de que estás bien? -le susurró al oído.
– Estoy… -los dedos de Ben comenzaron a juguetear por sus costillas, impidiéndole pensar correctamente.
– ¿Bien? ¿Estás bien?
Dios, por lo menos estaba intentando estarlo.
– Duérmete, Ben.
– Lo haré si te duermes tú.
– Ben…
– Sueña conmigo.
De: Emily Wellers.
Para: Alicia Jones.
Tema: ¡hemos vuelto!
¡La acampada ha sido genial! Llegó una tormenta en medio de la noche y nos tiró la tienda. Y cuando conseguimos salir, comenzó a nevar. ¡A nevar! Dios mío, ¿puedes creerlo? Mi padre ayudó a mi madre a meterse en el coche y entonces la tienda salió rodando en medio del desierto como si fuera una pelota. ¡Deberías haber visto la cara de mi madre!
¡Ah! Y lo mejor del fin de semana: he recibido un e-mail de Van, ese chico de la clase de historia del que te hablé. ¡Dice que quiere que estemos en contacto durante el verano!
En cualquier caso, recibí tu carta. Me encantaría que quedáramos esta semana. Mi madre me dejará ir en autobús a Los Ángeles, ya te avisaré qué día.
Emily.
De: Alicia Jones.
Para: Emily Wellers.
Querida Emily, parece que tu acampada fue muy divertida. Quizá la próxima vez tus padres te dejen llevar a una amiga, ¡como yo, por ejemplo!
Lo de Van está genial, pero no te olvides de mí, ¿de acuerdo?
Pídele a tu madre que te deje venir en autobús, estoy deseando verte.
Alicia.
Capítulo 18
Melanie tomó la autopista, disfrutando al sentir el viento y el sol en la cara, cortesía de los ciento cuarenta kilómetros por hora que alcanzaba aquel lujoso coche que ya no se podría permitir, puesto que había perdido su trabajo esa misma mañana.
Pero una mujer tenía que hacer lo que debía. Y lo que debía hacer era ignorar que no tenía trabajo, ni un marido rico, y que estaba a punto de cumplir treinta y cuatro años.
¿Cómo había llegado a hacerse tan vieja? Inclinó la cabeza para mirarse por el espejo retrovisor. Tenía un pelo magnífico y el maquillaje realzaba sus todavía fabulosos ojos y su boca. La ropa que llevaba parecía diseñada para provocar las súplicas de cualquier hombre. La verdad era que estaba despampanante.
Y no se habría movido de su ciudad para demostrarlo si hubiera tenido algún lugar adonde ir, pero la triste verdad era que la mayor parte de sus amigos habían sentado cabeza hacía mucho tiempo.
– Oh, Dios mío -musitó, aferrándose al volante-, ¡soy vieja!
Tomó la primera salida hacia South Village y se sumó al tráfico de la ciudad. Tuvo que rodear dos veces el edificio de Rachel antes de encontrar aparcamiento, de modo que cuando salió del coche estaba lista para la pelea.
A medio camino de la casa, alguien la llamó. Y no sólo alguien, sino un hombre alto y atractivo cuya voz la había perseguido en sueños desde la víspera del Año Nuevo. Garret.
Recordaba sus últimas palabras cada vez que cerraba los ojos: «una sola noche no es suficiente para mí, Melanie, contigo no. Si quieres algo más, ya sabes dónde vivo».
Melanie se volvió hacia él e intentó esbozar algo parecido a una sonrisa.
– Si pensabas preguntármelo, de momento no quiero nada más.
Garret estaba rastrillando su jardín, vestido con unos vaqueros y una camiseta que enfatizaban la fortaleza de sus músculos.
– No iba a preguntártelo.
– ¿Por qué no? -preguntó Rachel sin poder contenerse.
– No iba a preguntártelo -contestó Garret-, porque es algo que tienes que decidir por ti misma.
– ¿Decidir qué?
Garret dejó caer el rastrillo para acercarse a Melanie.
– Decidir cuándo ha llegado el momento de terminar el juego -contestó quedamente-, para que podamos hablar en serio de nosotros.
– ¿De nosotros?
– Sí, de nosotros -le apartó un mechón de pelo de la cara y bastó aquel roce en su mejilla para que Melanie se estremeciera-, podríamos ser una pareja perfecta.