La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
– Pero papá…
– ¡Escucha! -miró a Rachel-. Evidentemente, estás preocupada porque no conoces a Alicia.
– Por supuesto. Emily es demasiado pequeña para ir sola a Los Ángeles para encontrarse con alguien a quien no conoce.
– Estoy de acuerdo contigo. En ese caso, ¿por qué no voy yo contigo, Em?
– Me ha dicho que no pueden ir los padres -le explicó Rachel.
– Una mala opción -Ben chasqueó la lengua y miró a Emily-, si cambias de idea, dímelo y yo…
– Los dos, iremos los dos -lo corrigió Rachel.
– Exacto, si cambias de idea, podremos llevarte nosotros.
– Pero tú te vas -le recordó Emily con la voz rota.
– Sí, me voy, pero podría llevarte a Los Ángeles y marcharme después.
Emily consideró en silencio aquella opción.
– ¿Podríamos ir a un restaurante o algo parecido y sentarnos nosotras en nuestra propia mesa?
Ben miró hacia Rachel.
– ¿Rach?
– Muy bien. Pero aun así no me gusta… -se interrumpió cuando Emily corrió hacia ella para darle un abrazo.
– ¡Mamá, eres la mejor!
Rachel sacudió la cabeza y se echó a reír.
– ¿Podrías hacerme el favor de intentar no olvidarlo?
Con una sonrisa, Emily salió saltando de la habitación.
– Me gustaría que no le hubieras dejado ir a esa cita -comentó Rachel.
– ¿Por qué? Después de todo lo de Asada, que se encuentre con una amiga no me parece nada arriesgado, sobre todo si vamos a estar nosotros delante.
– En una mesa diferente.
– No voy a dejar que ocurra nada, Rachel.
– Tú no vas a estar allí…
– Yo pensaba que estábamos de acuerdo.
– Y lo estamos -contestó Rachel.
– ¿Entonces cuál es el problema?
– ¿Necesitas que te lo deletree?
– Soy un hombre -contestó Ben tan descorazonado que Rachel no pudo menos de echarse a reír-. Necesito que me lo deletrees.
– Bueno, podríamos empezar por Asada.
A Ben le bastó oír aquel nombre para sentir en la boca el sabor de la culpa.
– Que está muerto.
– No en mis sueños…
– Rach…
– No, lo siento -Rachel echó la cabeza hacia atrás y miró hacia el techo-. También es Emily. Ya no me necesita y yo… acabo de darme cuenta de que mis demostraciones de fuerza con ella son sólo una farsa.
– Eres una madre increíble.
– Gracias, es sólo que…
– ¿Sólo qué, Rach?
– Que mañana no estarás aquí -sonrió con tristeza-. Y esta vez puedo admitir que voy a echarte de menos.
Ben alargó la mano hacia ella y tomó el lápiz que tenía entre los dedos.
– Yo también voy a echarte de menos. Y mucho. Pero estaremos en contacto, y el cielo sabe que estaré en todo momento dentro de ti -le hizo levantarse para abrazarla-. Ninguno de nosotros puede tener lo que realmente quiere -le susurró al oído-, ¿pero no sería maravilloso poder disfrutar de otra noche juntos?
– Ben…, ¿qué estás haciendo? -le preguntó cuando abrió la boca para lamerle el lóbulo de la oreja.
– Intentar estar contigo en el único lugar en el que ambos podemos ser felices.
– ¿Te refieres al sexo?
– Si eso es lo único que podemos tener, ¿qué tiene de malo?
– Acabas de hablar como un auténtico macho -replicó Rachel entre risas.
Inclinó ligeramente el rostro y cuando él rozó su boca, abrió los labios y deslizó lentamente la lengua en el interior de su boca.
– Mel está aquí -le advirtió-, se ha ido de compras.
– Está muy bien irse de compras.
– Pero eso no cambiará nada -succionó ligeramente el cuello de Ben, haciendo que le temblaran las rodillas-, nada en absoluto.
– No -se mostró de acuerdo Ben, conteniendo la respiración. Casi se puso bizco cuando Rachel acarició sus muslos. Tuvo que hacer un serio esfuerzo para recordar que estaban en la cocina-. ¿Vamos al piso de arriba?
– ¿Al dormitorio? -preguntó Rachel entre risas-. Y yo que pensaba que eras un aventurero…
– Ya te daré aventuras en la cama.
Cuando llegaron allí, Ben la tumbó en la cama y se tumbó sobre ella, apoyando los brazos a ambos lados de su cabeza.
Se colocó entre sus muslos y la miró a los ojos. A aquellos hermosos ojos. En aquel momento, llenos de lágrimas. El corazón se le desgarró al verla.
– Ah, no, Rach…
– Hagamos el amor, Ben. No digas nada y hagamos el amor. Pero esta será la última vez. Después de esto, ya no podré hacerlo otra vez. No puedo -contuvo la respiración-, no puedo seguir viéndote.
– Sss.
Ben inclinó la cabeza para darle un beso, llenándose las manos con sus senos y deleitándose en aquella suavidad, en los gemidos que escapaban de su garganta, en el sabor de su piel…
Rachel estaba ardiendo, dispuesta y más que anhelante cuando Ben comenzó a recorrer con la boca cada centímetro de su cuerpo.
– Ben, por favor, ahora…
– Sí -ahora, se mostró de acuerdo Ben, y posó los labios en el centro de su sexo.
Rachel se arqueó, adoptando una posición perfecta. Abrazándola, Ben la tomó lentamente, utilizando la lengua, los dientes, excitándola con suaves y pequeñas caricias y cuando la oyó gemir, continuó presionando con sus caricias lánguidas hasta hacerle gritar de placer.
Moviendo la cabeza contra la almohada y con los dedos enredados en su pelo, Rachel lo retenía contra ella.
– Desahógate -susurró Ben-, aquí en mi boca -deslizó un dedo entre los suaves pliegues de su sexo.
– No te detengas -le suplicaba Rachel arqueándose sin inhibición alguna contra su mano-, no te detengas, por favor, no…
– No lo haría por nada del mundo -le prometió Ben mientras la veía deshacerse ante él.
Cuando Rachel dejó de estremecerse, Ben se puso de rodillas y, a duras penas, consiguió ponerse un preservativo.
Estando Rachel suspirando todavía de placer, se hundió en ella.
Al sentirse rodeado de aquel húmedo calor, la pasión y el deseo se fundieron, la abrazó con fuerza y se hundió completamente en Rachel, que parecía enloquecer bajo sus caricias.
Observándola, oyéndola, con su sabor todavía en los labios, volvió a empujar, absorbiendo cada uno de sus gemidos con la boca.
Una embestida más y su cuerpo comenzó a tensarse, a contraerse, palpitando de ganas de liberarse. Otra vez y se perdió a sí mismo en aquel aterciopelado y húmedo calor, estallando en un nirvana mientras se dejaba ir dentro de Rachel.
Aturdido, bajó la mirada hacia su rostro. Ya no tenía ninguna duda.
Había vuelto a enamorarse de ella.
Capítulo 19
Rachel permanecía de lado en la cama, sintiendo una fuerte presión en el pecho, que resultó ser el peso del propio Ben.
Con un gemido, Ben alzó la cabeza.
– ¿Te has dado cuenta de lo que nos ha pasado?
– No te preocupes, ya vas camino de África -contestó Rachel sin pensar y, por supuesto, se arrepintió inmediatamente-. Ben…
– No, no pasa nada -dio media vuelta en la cama y posó una mano en su vientre-. No puedo cambiar, Rachel.
– ¿Porque eres demasiado viejo, o porque eres demasiado testarudo?
Mientras Ben consideraba la respuesta, Rachel le apartó la mano y se sentó en la cama. Obligando a sus piernas a ponerse en funcionamiento, se levantó y comenzó a buscar su ropa. Que, por cierto, parecía haberse quedado fuera del dormitorio, porque no era capaz de encontrar una sola prenda.
– Toma -Ben se acercó a ella con la bata y la hizo volverse.
Había en sus ojos tanto dolor que Rachel apenas soportaba mirarlo.
– Mañana puedo llevar yo sola a Emily a Los Ángeles. Si quieres, puedes tomar un avión que salga antes. Esta noche, por ejemplo.
– Todavía me queda una última noche -contestó Ben en voz baja-, no me la quites.
Podría tener un infinito número de noches si se lo pidiera, pensó Rachel, pero el orgullo la impulsó a decir: