La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
Por supuesto, Ben era extraordinariamente susceptible en cuanto a quedarse en un lugar en el que no era querido. Así era como había crecido.
Y, por supuesto, se marchaba sin mirar atrás en cuanto alguien le decía que debía marcharse. A nadie le había importado nunca que se quedara o no.
Y ella estaba tan desesperada por protegerse a sí misma del dolor, que había terminado hiriendo a la única persona que la había querido de forma incondicional. Y aquella horrible verdad la perseguiría eternamente.
Melanie corría por la casa de Rachel como si la persiguiera el diablo. Los sentimientos la azotaban a cada paso: el remordimiento, el enfado, la humillación, el arrepentimiento… Sin el perdón de Rachel, todo su mundo se derrumbaba.
Le había pedido que se fuera a su casa.
Pues bien, maldita fuera, ella no tenía una casa. Tenía alquilado un apartamento que no podía permitirse el lujo de pagar. A diferencia de Rachel, que debía a su infancia la necesidad de establecerse, Melanie no había hecho nada por sí misma.
Para cuando llegó a la puerta de la calle, tenía un nudo en la garganta y las lágrimas apenas le permitían ver.
Dio un paso hacia su coche, o, por lo menos, aquel fue el mensaje que el cerebro intentó enviarle a su cuerpo, pero de pronto se encontró a sí misma corriendo como una endemoniada por el jardín del vecino de su hermana y llamando a su puerta.
Al cabo de unos minutos, abrió Garret.
– Melanie -dijo, sorprendido.
Melanie miró su rostro, aquellos ojos apasionados y enormes y esa boca que siempre, siempre, decía la verdad, e hizo lo más horroroso del mundo:
Estalló en lágrimas.
Una mano firme se posó en su brazo, así, simplemente, intentando consolarla. Aquello la derrumbó.
– ¿Quieres pasar? Sí o no, cariño, tú eliges.
– No puedo…
– Sí o no.
– ¡Sí!
Melanie no podía recordar la última vez que un hombre le había ofrecido consuelo sin esperar nada a cambio. O si alguna vez había habido alguno que lo hiciera. Pero era precisamente eso lo que quería en aquel momento. Se aferró a la camisa de Garret, enterró su rostro en su cuello e inhaló su esencia mientras sentía el firme latido de su corazón. No tenía la menor idea de cuánto tiempo estuvo así, llorando sobre su hombro.
– ¿Estás mejor? -le preguntó Garret al cabo de unos minutos.
Melanie sorbió y ni una sola vez se preocupó de la pintura que probablemente se había extendido por todo su rostro, ni de lo mucho que necesitaba sonarse la nariz.
– Sí -respondió, maravillada de que fuera cierto.
Garret la condujo a través del cuarto de estar hasta la cocina, allí la hizo sentarse en un taburete y le sirvió un vaso de agua. Después de que Melanie bebiera un largo trago, se sentó a su lado y buscó su mano.
– Cuéntame lo que ha pasado.
A Melanie le bastó sentir sus labios en la palma de la mano para que se le erizara el vello de los brazos.
– Garret… no puedo pensar si me estás besando.
– Eso es nuevo -contestó Garret, y le soltó la mano.
– Sí… no -se corrigió mientras se humedecía nerviosa los labios-. No es nuevo, siento esto por ti desde hace mucho tiempo, pero no era capaz de admitirlo.
Los ojos de Garret se iluminaron con tal emoción que Melanie apenas podía respirar.
– ¿Puedes contarme por qué has venido aquí?
– Porque eres el único con quien quería estar… Tenías razón, Garret.
– ¿De verdad? ¿Y sobre qué?
– Sobre que he estado haciéndole daño a Rachel. Lo hacía porque quería tener parte de su felicidad -se llevó la mano al corazón, como si le doliera-. No sabía que tenía que buscarla dentro de mí.
– ¿Y ya has encontrado esa felicidad?
– No estoy segura -contestó con sinceridad-, he ido a ver a Rachel y he intentado decirle cuánto lo sentía… pero no ha funcionado. Estaba huyendo de aquí, me iba ya a mi casa, pero entonces me he dado cuenta de que en realidad no tengo hogar. Y he terminado aquí -lo miró a los ojos-. Durante todo este tiempo he querido estar contigo. Pero me daba tanto miedo…
Garret le enmarcó el rostro entre las manos.
– ¿Estás hablando de amor?
– Yo… en realidad ni siquiera sé lo que significa esa palabra. Estaba pensando… -bajó la mirada hacia sus dedos.
– ¿Sí?
– Que quizá tú podrías ayudarme con eso.
Garret esbozó una sonrisa que la llenó de esperanza.
– ¿Qué te parece esto para empezar? Te quiero, Melanie Wellers. Y eso significa que pienso en ti día y noche, y que estar contigo me hace sentirme vivo. Quiero que seas feliz. ¿Crees que en un contexto así nuestra relación podría funcionar?
– Oh, sí -comenzó a llorar otra vez-. Y en ese contexto, Garret, puedo decir honestamente, que yo también te quiero.
Capítulo 20
El martes, Ben condujo el coche hasta Los Ángeles. Rachel permanecía en silencio, con la mirada fija en la ventanilla. Emily, en el asiento de atrás, también iba sorprendentemente callada, con unos cascos en la cabeza que bien podrían haber sido una pared de ladrillo entre ellos, porque ni siquiera miraba a sus padres.
– ¿Estás bien? -le preguntó Ben a Rachel mientras alargaba la mano hacia el aire acondicionado.
– Sí, estoy bien -contestó ella sin mirarlo.
Ben miró por el espejo retrovisor para asegurarse de que Emily continuaba meciéndose al ritmo de su música y no podía oírlos.
– Mira, Rachel, las cosas podrían ser diferentes.
– ¿De verdad? ¿Qué cosas?
– Lo nuestro, maldita sea. Sé que hay cosas de mí que…
– ¿Que qué, Ben?
– Que te asustan.
– Tú no me asustas, Ben -contestó Rachel con una frialdad pareja a la de su mirada.
– Vamos, Rachel, sé sincera. No tenemos tiempo para otra cosa.
– Muy bien. La verdad, porque la verdad es importantísima cuando vas a subirte en un avión dentro de un par de horas.
– Es importante, sí.
– Sí, claro -Rachel cerró los ojos-. Tienes razón, lo es. Y sí, me asustas.
Aquella era una triste victoria.
– Yo soy como soy. Siempre he sido así. Tú eres la persona más importante de mi vida, junto a Emily, y haría cualquier cosa por vosotras, excepto volver. Lo he intentado y no lo he conseguido, ni siquiera por vosotras.
A Rachel se le llenaron los ojos de lágrimas.
– Lo sé -ya no era capaz de parecer fría-, lo sé Ben, y dejemos las cosas así. Acabemos de una vez con todo esto.
Acabar de una vez por todas con todo aquello. Se refería a la despedida. Pero antes tenían que llevar a Emily a conocer a su amiga. Y de pronto, Ben comenzó a sentirse inexplicablemente inquieto. No tenía sentido, por supuesto. Habían ido de acampada, habían dejado que Emily regresara a casa en el autobús escolar, habían ido bajando la guardia gradualmente.
Y Asada estaba muerto.
Miró a Emily otra vez, a aquella preciosa hija con la que había pasado tan poco tiempo.
– Dios, no sé en lo que estaba pensando cuando le he dado permiso para hacer esto. Es una locura.
Rachel suspiró.
– Será bueno para ella separarse un poco de nosotros. La he tenido demasiado protegida por culpa de mis miedos y mis inseguridades.
Ben buscó su mano.
– No ha sido culpa tuya, sino de que hayas crecido cambiando constantemente de casa. Es comprensible que necesitaras un verdadero hogar.
– Pero tú no tuviste una infancia más fácil que la mía y eres…
– ¿Qué? ¿Exactamente lo contrario? Supongo que ambos tenemos nuestros respectivos traumas.
– Por eso quiero darle una infancia feliz a Emily -le estrechó la mano-. No quiero seguir escondiéndome detrás de mis miedos. Por lo menos me has enseñado eso.
Ben estaba tan conmovido que no sabía qué decir. Y como Emily se quitó en aquel momento los cascos, tampoco importó demasiado.