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Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:

El mundo que tan cuidadosamente había construido se estaba derrumbando a su alrededor…
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
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Rachel observó el cambio que se operaba en el paisaje y se descubrió dejando de lado su ansiedad. De pronto, necesitaba la libreta y los colores para atrapar aquel vasto espacio, las formaciones rocosas, todo. La primavera de aquel año había sido extraordinariamente húmeda y crecían sobre el desierto toda suerte de flores silvestres. Era un paisaje tan distinto y al mismo tiempo tan hermoso… Los árboles Joshua, que daban nombre a ese paraje plantaban sus raíces en aquel suelo desértico y algunos llegaban a medir hasta siete metros de altura. En la distancia, tenían un aspecto fantasmagórico.

– Es como estar en otro planeta -comentó Rachel admirada, mientras se adentraban en la zona de acampada.

El lugar estaba prácticamente desierto. Sólo había otro grupo, que se había adentrado unos kilómetros más por la carretera, permitiéndoles sentirse como si estuvieran completamente solos.

– Todavía no estamos en temporada alta -Ben sacó el equipo que habían alquilado: una tienda, una cocina y una linterna. Él llevaba unos vaqueros que no podían ser más viejos y una camisa de franela abierta sobre una camiseta que parecía tener los mismos años que los vaqueros. Era la viva imagen de un amante de la vida al aire libre-. La primavera todavía puede traer un tiempo muy inestable -comentó mirando hacia el cielo.

Rachel desvió la mirada de su cuerpo y miró hacia el cielo. ¿Qué era eso? ¿Nubes de tormenta?

– Y hemos venido hasta aquí porque… ¿Por qué?

Emily sonrió y comenzó a bailar. Rachel se emocionaba al verla tan contenta.

– ¡Esto va a ser divertidísimo! ¿Podemos asar ahora algo al fuego o esperamos a dar antes un paseo, papá? También podríamos hacer unas fotografías, ¿qué te parece?

– ¿Y qué tal si montamos la tienda? -Ben le tiró de la coleta, sonriendo al verla tan feliz.

Rachel tuvo que tragar saliva, intentando dominar los sentimientos agridulces que le causaba verlos juntos.

El último sol de la tarde se reflejaba sobre la tierra, arrancando de aquellas formaciones rocosas todos los colores imaginables, desde el rojo al violeta, pasando por todas las posibles gamas de amarillo. Rachel no podía dejar de mirarlo todo ni dominar la urgencia de plasmarlo en el papel.

Montaron el campamento. Mejor dicho, Ben montó el campamento mientras Rachel, un poco dolorida por el repentino frío de la última hora de la tarde, se obligaba a sentarse en una silla y a esperar.

El viento que de pronto se había levantado azotaba la camisa de Ben y hacía volar su pelo en todas direcciones.

Ben rió por algo que Emily dijo y volvió a reír cuando los palos de la tienda que Emily estaba colocando se cayeron al suelo. A Rachel la frustraba no poder levantarse a ayudarlos y tener que limitarse a observar sus avances. Su hija, hija también de Ben, se recordó, estaba en la gloria.

¿Alguna vez había reído su propio padre con ella de esa manera? ¿Alguna vez le había sonreído con tanto amor en la mirada? Tenía que admitir que Ben había terminado convirtiéndose en un padre maravilloso y que Emily se merecía todos y cada uno de los segundos que pasaba a su lado.

Consiguieron montar la tienda. Según la etiqueta, en ella cabían cuatro personas, pero al verla tan pequeña, Rachel se preguntó por el tamaño que supuestamente deberían tener esas personas. Allí dentro iban a estar como sardinas en lata.

Por lo menos iba a estar Emily con ellos. Porque estar tan cerca de Ben con la única separación de un saco de dormir le resultaba… excesivamente tentador.

– Mamá, vamos a ir a dar un paseo hasta ese pico -anunció Emily señalando una formación rocosa-. ¿Quieres venir con nosotros?

– Eh… -en cuanto dejó de pensar en Ben y en el saco de dormir y miró hacia la montaña que querían coronar, todas y cada una de sus heridas, tanto las que habían sanado como las otras, parecieron hacerse de pronto conscientes del frío-, creo que no.

La sonrisa de Emily desapareció.

– ¿Te encuentras bien?

– Estoy bien, Emily, sólo un poco dolorida.

– Yo creía que estabas casi recuperada.

Y eso era culpa suya, se dijo Rachel. Su propio orgullo le había hecho esconder los problemas que tenía desde el accidente.

– Casi.

Ben comenzó a preparar una hoguera. Después apareció al lado de Rachel con su libreta de dibujo y los lápices y se los dejó en el regazo.

– Para ayudarte a pasar el rato.

Rachel bajó la mirada hacia sus cosas y a ella misma la sorprendió verlas nublarse a través de sus lágrimas.

– Hazlo sólo para divertirte -le recomendó Ben, confundiendo su emoción con la tristeza-, no lo veas como un trabajo, piensa en ello como si…

Rachel le tomó las manos y se las apretó con cariño.

– Es perfecto, gracias.

Ben la miró a los ojos y se inclinó para darle un beso.

– No nos pierdas de vista, te saludaremos desde allí.

– Ben… -Rachel le agarró la mano cuando comenzó a alejarse.

Ben le acarició la cara.

– Aquí estás a salvo, Rachel.

– Lo sé -se sentía a salvo. Siempre se sentía segura cuando Ben estaba cerca-. Ten cuidado con nuestra hija.

Ben miró por encima del hombro a la niña en cuestión y se volvió de nuevo hacia Rachel con un brillo en la mirada que dejó a ésta sin respiración.

– Es la primera vez que dices «nuestra hija». Siempre ha sido tu hija, o mi hija, pero nunca nuestra -le acarició la mano-. Y yo nunca te he dado las gracias por ella…

– Ben…

– Así que gracias -dijo, y volvió a besarla otra vez, sólo una vez y con una suavidad extrema.

Cuando Rachel volvió a abrir los ojos, Ben y Emily ya estaban prácticamente fuera de su vista. Pero, durante largo rato, continuó sintiendo a Ben. Saboreándolo.

Para intentar olvidarlo, Emily abrió la libreta y comenzó a dibujar. Treinta minutos más tarde, miraba admirada su propia obra. Había dibujado a Gracie al mando de un bote de remos con el lápiz en el aire señalando el camino mientras llevaba a Emily y a Parches.

En medio de ninguna parte, había sido capaz de volver a dibujar a Gracie. Sin angustia, sin ansiedad, sólo por el puro placer del trabajo.

Rachel se reclinó en la silla y miró hacia el cielo azul.

No se oía nada, salvo el silbido del viento a través del cañón y el canto de algunos pájaros. Y un grito distante… ¿mamá? Alguien la estaba llamando.

¡Emily!

Olvidándose del dolor, Rachel saltó de la silla, dejando caer los lápices y la libreta al suelo y escrutó el horizonte con el corazón en la garganta. Lo sabía, Emily había terminado haciéndose daño o…

Allí. En la cumbre de la colina más cercana, justo donde Ben había prometido que se detendrían para saludarla, estaban su hija y el hombre que había cambiado su vida para siempre con sólo una sonrisa tantos años atrás. Incluso desde aquella distancia, Rachel podía sentir que Ben le estaba brindando otra de aquellas sonrisas en aquel momento y lo saludó desde la distancia, sonriendo a pesar de sí misma. El alivio borró el miedo que sólo un segundo antes había paralizado su corazón.

– ¡Te quiero, mamá! -gritó Emily y, casi inmediatamente, desaparecieron de su vista.

– Yo también os quiero -susurró Rachel.

Cayó la noche a una velocidad impactante. Rachel permanecía de pie con los brazos cruzados frente a aquella negrura mientras Ben resucitaba el fuego que ella casi había dejado apagar. De rodillas, removió las brasas con un palo hasta que las llamas volvieron a cobrar vida. Ben miró a Rachel y ésta elevó los ojos al cielo.

Al verla, Ben se echó a reír, provocando un cosquilleo en el estómago de Rachel.

Habían conocido ya a sus vecinos de acampada, un grupo de cuatro veinteañeros que estaban haciendo un viaje por todo el país antes de comenzar la «vida real». Las dos parejas se habían mostrado un poco reservadas hasta que Ben se había presentado y, a partir de entonces, todo el mundo había comenzado a sentirse como en casa.

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