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READ-E-BOOK » Историческая проза » Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—¿Aún sigue aquí?

Alice se sobresaltó.

Fred Guisler acababa de asomar la cabeza por la puerta.

—Solo venía a traer una cafetera nueva. Marge me dijo que la vieja goteaba.

Alice se secó los ojos y sonrió de oreja a oreja.

—¡Ah, sí! Puede entrar.

El hombre vaciló en el umbral.

—¿Estoy… interrumpiendo algo?

—¡En absoluto! —exclamó la joven con una voz forzada y excesivamente alegre.

—No tardaré ni un minuto. —Fred fue hacia un lateral para cambiar la cafetera de metal y comprobar si había provisiones en la lata. Les suministraba café a las mujeres todas las semanas sin que nadie tuviera que pedírselo y les llevaba leña para que mantuvieran el fuego encendido y pudieran calentarse entre ronda y ronda. «Frederick Guisler es un verdadero santo», declaraba Beth cada mañana, tras chasquear los labios mirando su primera taza de café—. También les he traído algunas manzanas, para que se puedan llevar un par de ellas cada una al trabajo. Tendrán más apetito, ahora que los días son más fríos. —El hombre sacó una bolsa de debajo del abrigo y la dejó a un lado. Aún llevaba puesta la ropa de trabajo y tenía las suelas de las botas llenas de barro. A veces, al llegar, Alice lo oía fuera hablando con sus potros, animándolos con un: «¡Venga!», o un: «Vamos, campeón, tú puedes hacerlo mejor», como si fueran tan amigos suyos como las mujeres de la cabaña, o lo veía de brazos cruzados, al lado de algún elegante propietario de caballos de Lexington, apretando los labios mientras discutían sobre las condiciones y el precio.

—Estas son Bellezas de Roma. Maduran un poco más tarde que las demás. —Fred se metió las manos en los bolsillos—. Siempre me gusta… tener algo que esperar.

—Es muy amable por su parte.

—De eso nada. Trabajan muy duro… y no siempre obtienen el reconocimiento que merecen.

La joven pensó que ya se iba, pero el hombre se detuvo delante del escritorio, mordiéndose el labio. Ella bajó el libro y esperó a que hablara.

—Alice…, ¿se encuentra… bien? —Fred pronunció aquellas palabras como si se tratara de una pregunta que se había hecho mentalmente unas veinte o treinta veces—. Es que…, bueno, espero que no le moleste que lo comente, pero parece…, parece… Bueno, parece mucho menos feliz que antes. Me refiero a cuando llegó.

La joven notó cómo se ruborizaba. Quería decirle que estaba bien, pero tenía la boca seca y no le salió ni una palabra.

Él analizó su cara unos segundos y luego fue lentamente hacia las estanterías que había a la izquierda de la puerta principal. Las recorrió con la mirada y asintió satisfecho al encontrar lo que buscaba. Sacó un libro de un estante y se lo llevó a Alice.

—Es un poco peculiar, pero me gusta la pasión de sus palabras. Cuando lo pasé mal hace unos años, algunos de ellos me resultaron… provechosos. —El hombre cogió un trozo de papel, marcó la página que buscaba y le dio el libro a Alice—. Bueno, puede que no le gusten. La poesía es algo muy personal. Pero he pensado que… —Fred le dio un puntapié a un clavo suelto del suelo. Finalmente, levantó la vista hacia ella—. No importa. La dejaré tranquila. Señora Van Cleve —añadió finalmente, como por obligación.

Alice no sabía qué decir. Fred caminó hacia la puerta y levantó la mano en un saludo extraño. Su ropa olía a madera quemada.

—¿Señor Guisler…? ¿Fred?

—¿Sí?

La joven estaba paralizada, consumida por la súbita necesidad de confiar en otro ser humano. De hablar de aquellas noches en las que sentía un enorme vacío en lo más profundo de su ser, de decir que nada de lo que le había pasado hasta entonces en la vida le había hecho sentir el corazón tan pesado, sentirse tan perdida, como si hubiera cometido un error del que, sencillamente, no había vuelta atrás. Quería decirle que temía los días que no tenía que trabajar como temía a la enfermedad, porque a menudo sentía que, además de las montañas, los caballos y los libros, no tenía absolutamente nada.

—Gracias —susurró al fin, antes de tragar saliva—. Por las manzanas, quiero decir.

La respuesta de Fred llegó con medio segundo de retraso.

—De nada.

La puerta se cerró suavemente tras él y Alice oyó sus pasos por el sendero, mientras volvía a su casa. El hombre se detuvo a medio camino y Alice se quedó allí sentada, inmóvil, esperando no sabía muy bien qué, hasta que los pasos continuaron y se desvanecieron en la nada.

La joven bajó la vista hacia el librito de poesía y lo abrió.

El portador de estrellas

de Amy Lowell

Abre tu alma para recibirme.

Deja que la quietud de tu espíritu me bañe

con su frescura clara y ondulada.

Que, desfallecida y extenuada, halle el descanso,

tendida sobre tu paz, como en un lecho de marfil.

Alice leyó aquellas palabras con el corazón desbocado y la piel de gallina, mientras estas tomaban forma una y otra vez en su imaginación. De repente, le vino a la cabeza la voz incrédula de Beth: «¿Es verdad que algunas hembras del reino animal pueden llegar a morir si se les niega el acto sexual?».

Alice se quedó allí sentada un buen rato, mirando la página que tenía delante y perdiendo la noción del tiempo. Pensó en Garrett Bligh, en cómo extendía la mano, a ciegas, buscando la de su esposa, en cómo se miraban a los ojos con complicidad, incluso en los últimos días. Finalmente, se levantó y fue hacia el arcón de madera. Miró hacia atrás, como si incluso entonces alguien pudiera ver lo que estaba haciendo, y rebuscó en su interior hasta que sacó el librito azul. Luego se sentó en el escritorio, lo abrió y empezó a leer.

Eran casi las diez menos cuarto de la noche cuando volvió a casa. El Ford estaba fuera y el señor Van Cleve se encontraba en su habitación, abriendo y cerrando los cajones con tal fuerza que podía oírlo desde el vestíbulo. Alice cerró la puerta principal después de entrar y subió sigilosamente las escaleras, con la cabeza a punto de estallar y apoyando ligeramente los dedos en el pasamanos. Se metió en el baño, cerró la puerta con pestillo, dejó caer su ropa alrededor de los tobillos y utilizó una toallita para retirar la mugre de todo el día y hacer que su piel volviera a estar suave y perfumada. Luego volvió a la habitación y sacó de su baúl el camisón de seda. La tela de color melocotón cayó, suave y fluida, sobre su piel.

Bennett no estaba en el diván. Pudo distinguir su ancha espalda en la cama de ambos, mientras permanecía tumbado sobre el lado izquierdo, como siempre. Había perdido el bronceado veraniego y su piel se veía pálida en la penumbra. Sus músculos se movían suavemente cuando cambiaba de postura. Alice pensó en él. En el Bennett que una vez le había besado el interior de la muñeca y le había dicho que ella era la criatura más hermosa que había visto en su vida. Que le había prometido el mundo entre susurros. Que le había dicho que la adoraba con todas sus fuerzas. La joven levantó la colcha y se metió en el cálido hueco que había debajo, apenas sin hacer ruido.

Bennett no se movió pero, por su respiración plácida y tranquila, Alice se dio cuenta de que estaba profundamente dormido.

Deja que la llama parpadeante de tu alma juegue a mi alrededor,

que a mis miembros acuda la intensidad del fuego…

Se acercó a él, hasta que pudo sentir su aliento sobre la cálida piel de Bennett. Inhaló su olor a jabón mezclado con algo primigenio, que ni siquiera sus intentos castrenses de limpieza podían eliminar. Extendió la mano, vaciló un instante y posó el brazo sobre su cuerpo, buscando sus dedos para entrelazarlos con los de ella. Esperó mientras notaba la mano de él alrededor de la suya y dejó descansar la mejilla sobre su espalda, cerrando los ojos para percibir mejor el sube y baja de su respiración.

—Bennett. Lo siento —susurró Alice, aunque no tenía muy claro por qué se estaba disculpando.

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