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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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DRA. MARIE STOPES, Amor conyugal

Según las parteras de la zona, había una razón por la que la mayoría de los bebés nacían en verano, y era que no había absolutamente nada que hacer en Baileyville una vez que se iba la luz. En el cinematógrafo solían poner las películas meses después de haberlas estrenado y retirado en todos los demás sitios. Y aunque la gente decidiera ir, el señor Rand, que era quien lo dirigía, era tan amante del licor que nunca podían estar seguros de que verían el final de la película sin que una bobina se arrugara y se quemara en la pantalla, víctima de una de las siestas improvisadas del hombre, lo que provocaba abucheos y enfado entre el público. La fiesta de la cosecha y la matanza del cerdo ya habían pasado y aún faltaba mucho para Acción de Gracias, lo que dejaba un largo mes sin nada que esperar, salvo cielos cada vez más oscuros, el aumento del olor a madera quemada en el aire y el frío invasor.

Aun así, era evidente para cualquiera que se fijara en tales cosas (y los residentes de Baileyville eran expertos en fijarse en todo) que, ese otoño, un gran número de hombres del lugar parecían estar demasiado contentos. Se iban corriendo a casa en cuanto podían y se pasaban el día silbando, con los ojos hinchados por la falta de sueño, pero desprovistos de su mal genio habitual. A Jim Forrester, que trabajaba como chófer en el almacén de madera de los Mathew, apenas se le veía en las cantinas, donde solía pasar sus horas muertas. Sam Torrance y su mujer iban por ahí cogidos de la mano y sonriéndose el uno al otro. Y a Michael Murphy, cuya boca llevaba sellada en una fina línea de insatisfacción la mayor parte de sus treinta y pico años, lo habían visto cantándole a su mujer en el porche. Cantándole, literalmente.

Aquellos no eran hechos de los que la gente mayor del pueblo pudiera quejarse, la verdad, pero sin duda eran algo más que sumar, como se confesaban los unos a los otros ligeramente desorientados, a la sensación de que las cosas estaban cambiando de una manera que no podían entender.

Las integrantes de la Biblioteca Itinerante no estaban tan perplejas. El librito azul —que se había vuelto más popular y más útil que cualquier éxito de ventas y requería una reparación casi constante— se prestaba y se devolvía semana tras semana, bajo montones de revistas, con sonrisas fugaces de agradecimiento acompañadas de susurros ahogados del tipo: «¡Mi Joshua ni siquiera había oído hablar de eso, pero no hay duda de que le encanta!», o: «Esta primavera, nada de bebés. No se imaginan qué alivio». A muchas de esas confidencias solían acompañarlas un rubor de recién casados, o un evidente brillo en los ojos. Solo una mujer lo devolvió impertérrita, amonestándolas porque, según ella, «nunca había visto la obra del diablo impresa hasta entonces». Pero incluso en ese caso Sophia se percató de que habían marcado varias páginas, doblándolas con cuidado.

Margery volvía a guardar el librito en su sitio, en el arcón de madera donde estaban los productos de limpieza, el linimento para las ampollas y las cinchas de repuesto para los estribos y, uno o dos días después, ya se había corrido la voz a otra cabaña remota y volvían a pedírselo, con indecisión, a otra bibliotecaria: «Por cierto…, antes de que se vaya: mi prima de Chalk Hollow dice que tienen un libro que habla de temas un tanto… delicados…», y este volvía a ponerse en circulación.

—¿Qué hacéis, chicas?

Izzy y Beth salieron corriendo del rincón en el que estaban, cuando Margery entró sacudiéndose el barro de los tacones de las botas de una forma que, más tarde, enfurecería a Sophia. Beth estaba muerta de la risa e Izzy tenía las mejillas coloradas. Alice estaba en el escritorio, agregando sus libros al registro y fingiendo ignorarlas.

—Chicas, ¿estáis mirando lo que yo creo que estáis mirando?

Beth levantó el libro.

—¿Esto es verdad? ¿Que «algunas hembras del reino animal pueden llegar a morir si se les niega el acto sexual»? —preguntó Beth, boquiabierta—. Porque yo no estoy con ningún hombre y no parece que vaya a desplomarme, ¿no?

—Pero ¿de qué mueres? —preguntó Izzy, horrorizada.

—A lo mejor el agujero se te cierra y no puedes respirar bien. Como los delfines.

—¡Beth! —exclamó Izzy.

—Si respiras por ahí, Beth Pinker, no es la falta del acto sexual lo que debe preocuparnos —dijo Margery—. De todos modos, no deberíais estar leyendo eso. Ni siquiera estáis casadas.

—Ni tú, y lo has leído dos veces.

Margery hizo una mueca. La muchacha tenía razón.

—Dios santo, ¿qué es «la materialización natural de las funciones sexuales de una mujer»? —Beth se echó a reír de nuevo—. Madre mía, mira esto: aquí dice que las mujeres insatisfechas pueden llegar a sufrir una verdadera crisis nerviosa. ¿No es increíble? Pero si están satisfechas, «todos los órganos de su cuerpo se ven afectados y estimulados para desempeñar su papel, mientras que sus ansias, tras elevarse a las vertiginosas alturas del éxtasis, son arrastradas al olvido».

—¿Mis órganos tienen que ser arrastrados? —preguntó Izzy.

—Beth Pinker, ¿puedes callarte cinco minutos? —Alice dio un golpe con el libro sobre la mesa—. Algunas estamos intentando trabajar.

Se hizo un breve silencio. Las mujeres se miraron de reojo.

—Solo estoy bromeando con vosotras.

—Pues algunas no queremos oír esos chistes tan malos. ¿Te importaría parar? No tienen ninguna gracia.

Beth miró a Alice con el ceño fruncido. Luego se quitó distraídamente un pedacito de algodón de los pantalones de montar.

—Disculpe, señorita Alice. Lamento haberla incomodado —dijo la muchacha con solemnidad, y en su cara se dibujó una sonrisa pícara—. No irás a sufrir una crisis nerviosa, ¿verdad?

Margery, que era rápida como el rayo, consiguió interponerse entre ambas justo antes de que el puño de Alice alcanzara su objetivo. Levantó las manos, separándolas, y le señaló la puerta a Beth.

—Beth, ¿por qué no vas a ver si los caballos tienen agua fresca? Izzy, vuelve a meter ese libro en el arcón y ven a limpiar este caos. La señorita Sophia regresa mañana de la casa de su tía y ya sabes qué dirá si ve esto así.

Luego miró a Alice, que había vuelto a sentarse y observaba concentrada el registro. Su actitud advertía a Margery que no dijera ni una palabra más. Se quedaría allí hasta mucho después de que todas las demás se hubieran ido a casa, como todos los días que trabajaban. Y Margery sabía que no leería ni una sola palabra.

Alice esperó a que Margery y las demás se marcharan, y levantó la cabeza para despedirse de ellas con un susurro. Sabía que hablarían de ella cuando se fueran, pero le daba igual. Bennett no la echaría de menos: estaría por ahí, con sus amigos. El señor Van Cleve llegaría tarde de la mina, como la mayoría de las noches, y Annie se molestaría porque las tres cenas se habían quedado resecas y pasadas al fondo del horno.

A pesar de la compañía de las otras mujeres, se sentía tan aislada que todo el peso que llevaba encima le hacía tener ganas de llorar. Se pasaba la mayor parte del tiempo sola en las montañas y, algunos días, hablaba más con su caballo que con cualquier otro ser vivo. Los vastos parajes que en su día le habían hecho sentirse libre ahora no hacían más que acentuar su sensación de aislamiento. Se subía el cuello para protegerse del frío, metía los dedos en los guantes y se enfrentaba a kilómetros de senderos pedregosos con la única distracción del dolor de sus músculos. A veces tenía la sensación de que su cara estaba hecha de piedra, salvo cuando por fin paraba para entregar los libros. Cuando las hijas de Jim Horner corrían hacia ella para abrazarla, hacía todo lo posible para no aferrarse a ellas y ahogar un sollozo involuntario. Nunca se había considerado una persona que necesitara contacto físico, pero el hecho de pasarse noche tras noche a kilómetros de distancia del cuerpo dormido de Bennett le hacía sentirse como si, poco a poco, se estuviera convirtiendo en mármol.

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