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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– ¿Por qué?

– Porque es totalmente negativo. El vender en descubierto es una especulación que requiere que otro pierda. Es algo vampiresco y no contribuye. No crea nada.

– Crea una ganancia capital útil y a mano -Lewis sonrió ampliamente; en muchas ocasiones había discutido antes con Margot-. Y esto no es tan fácil hoy en día, al menos con las inversiones norteamericanas.

– De todos modos no me gusta que lo hagas con los valores del FMA -dijo Edwina-. Está demasiado cerca.

Lewis D'Orsey miró gravemente a su mujer.

– En ese caso, querida, mañana, después de la venta en descubierto, no volveré a traficar con el FMA.

Margot le lanzó una aguda mirada.

– Sabes que habla en serio -dijo Alex.

Alex a veces había pensado en la relación entre Edwina y su marido. Exteriormente parecían una pareja desigual, Edwina elegantemente atractiva y dueña de sí; Lewis huesudo, poco impresionante físicamente, un introvertido, salvo con las personas que conocía bien, aunque la reticencia personal nunca aparecía en su ruidoso periódico financiero. Pero el matrimonio parecía marchar bien, y cada uno sentía cariño y respeto hacia el otro, como lo mostraba ahora Lewis. Tal vez, pensó Alex, aquello demostraba que los opuestos se atraían y que tendían también a permanecer casados.

El Cadillac de Alex, uno de los coches de la reserva del banco, se alineó frente a la catedral, y los cuatro marcharon hacia él.

– Sería una promesa más civilizada -dijo Margot- si Lewis hubiera estado de acuerdo en no vender nada en descubierto.

– Alex -dijo Lewis-. ¿qué tienes tú en común con esta charlatana socialista?

– Nos entendemos en lo fundamental -dijo Margot-. ¿No basta con eso?

Alex dijo:

– Y quiero casarme pronto con ella.

Edwina contestó con calor:

– Entonces espero que lo hagas -ella y Margot eran amigas desde niñas, pese a ocasionales choques por diferencia de temperamento y puntos de vista. Algo que las dos tenían en común era que, en ambas ramas de sus familias, las mujeres eran fuertes, con tradición de estar inmersas en la vida pública. Edwina preguntó en voz baja a Alex:

– ¿Hay algo nuevo con Celia?

Él movió la cabeza.

– Nada ha cambiado. Si es posible, Celia está peor.

Habían llegado al coche. Alex hizo una seña al chófer para que siguiera sentado, abrió para los otros la portezuela de atrás y los siguió. Adentro, el panel del cristal que separaba al conductor de los asientos de pasajeros, estaba corrido. Se acomodaron mientras el cortejo, que seguía formándose, se adelantaba.

Para Alex, el recordar a Celia agudizó la tristeza del momento; también le hizo recordar, con sensación de culpa, que tenía que visitarla pronto. Desde la visita al Remedial Center a principios de octubre, que tanto le había deprimido, había hecho otra visita pero Celia había estado todavía más apartada, no había dado la menor señal de reconocerlo y había llorado en silencio todo el tiempo.

Él había permanecido abrumado por varios días y temía que la cosa volviera a repetirse.

Se le ocurrió en este momento que Ben Rosselli, en su ataúd, estaba mejor que Celia, ya que su vida había terminado definitivamente. Si Celia muriera.… Alex sofocó, avergonzado, el pensamiento.

Tampoco había surgido nada nuevo entre él y Margot, que seguía oponiéndose tenazmente a un divorcio, por lo menos hasta que quedara en claro que la cosa no iba a afectar a Celia. Margot parecía dispuesta a seguir indefinidamente tal como estaban. Alex estaba menos resignado.

Lewis se dirigió a Edwina.

– Había olvidado preguntar las últimas noticias sobre ese joven contador tuyo. El que atraparon con las manos en la caja. ¿Cómo se llamaba?

– Miles Eastin -contestó Edwina-. Comparecerá ante el tribunal criminal la próxima semana y tengo que ser testigo. La cosa no me atrae mucho.

– Por lo menos la culpa está donde debe estar -dijo Alex. Había leído el informe del auditor jefe sobre la estafa y el robo de caja; también había leído el informe de Nolan Wainwright-. ¿Y qué pasó con la cajera que había sido acusada, mistress Núñez? ¿Está bien?

– Así parece. Le hicimos pasar un mal rato. Injustamente, como se demostró.

Margot, que sólo escuchaba a medias, agudizó la atención.

– Conozco a Juanita Núñez. Una muchacha muy simpática, que vive en el Forum East. Creo que el marido la ha abandonado. Tiene una hija.

– Debe ser nuestra mistress Núñez -dijo Edwina-. Sí, ahora recuerdo. Vive en el Forum East.

Aunque Margot sentía curiosidad, comprendió que no era el momento de hacer más preguntas.

Quedaron en silencio unos momentos, y Edwina siguió con sus pensamientos. Los dos acontecimientos recientes -la muerte de Ben Rosselli y la forma en que Miles Eastin había estropeado estúpidamente su vida- habían llegado casi al mismo tiempo. Ambas cosas concernían a personas que ella había querido, y la cosa la entristecía.

Pensó que hubiera debido importarle más Ben; le debía casi todo. Su propio y rápido ascenso dentro del banco se había debido a su habilidad; sin embargo, Ben nunca había vacilado -como muchos otros jefes- en dar a una mujer las mismas oportunidades que a un hombre. Edwina estaba contra los gritos de cotorra del movimiento de liberación femenina. Tal como veía la cosa, las mujeres en negocios se veían favorecidas a causa de su sexo, que les daba una ventaja que Edwina nunca había buscado o necesitado. De todos modos, a lo largo de los años que había conocido a Ben, la presencia del viejo había sido una garantía de trato igualitario.

Al igual que Alex, Edwina casi había llorado en la catedral cuando el cuerpo de Ben fue sacado para su último viaje.

Sus pensamientos volvieron a Miles. Era bastante joven, supuso, como para iniciar otra vida, aunque no iba a serle fácil. Ningún banco volvería a emplearlo; ni nadie para cargos de confianza. Pese a lo que Eastin había hecho, esperaba que no lo mandaran a la cárcel.

En voz alta Edwina dijo:

– Siempre tengo un sentimiento de culpa ante las conversaciones corrientes en un funeral.

– Pues no hay motivo -dijo Lewis-. Personalmente me gustaría que en el mío se dijera algo serio, que no hubiera simplemente charlas.

– Podrías asegurarte eso -sugirió Margot- publicando un número de despedida del «D'Orsey Newsletter». Los de la funeraria podrían regalar algunos ejemplares.

La cara de Lewis brilló.

– No es mala idea.

El cortejo avanzaba de manera más decidida. Delante la escolta de motocicletas se había puesto en marcha y atronaba, dos motocicletas se adelantaban para cortar el tráfico en las esquinas. Los vehículos que seguían aumentaron la velocidad y en pocos momentos la procesión dejaba atrás la catedral y recorría las calles de la ciudad.

La nieve anunciada había empezado a caer levemente.

– Me gusta esa idea de Margot -murmuró Lewis- Un boletín Bon Voyage. Y tengo el titular. Entierren conmigo al dólar norteamericano. Tanto da: está listo y liquidado. Después, en el artículo, pediré la creación de una nueva moneda para reemplazar al dólar… el «D'Orsey» norteamericano. Basado, por supuesto, en el oro. Luego, cuando la cosa ocurra, el resto del mundo, espero, tendrá el buen sentido de seguirnos.

– Entonces serás un monumento a lo retrógrado -dijo Margot- y cualquier retrato tuyo tendrá que estar cabeza abajo. Con un patrón oro, incluso menos gente que ahora poseerá la riqueza del mundo, y el resto de la humanidad se quedará desnuda.

Lewis hizo una mueca.

– Una perspectiva desagradable… por lo menos la última. Pero incluso a ese precio valdría la pena un sistema monetario estable.

– ¿Por qué?

Lewis respondió a Margot:

– Porque cuando se derrumban los sistemas monetarios, como está ocurriendo ahora, siempre son los pobres quienes más sufren.

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