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Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]

Электронная книга - «Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está debil. Debe volver a la lejana Tierra para recabar la ayuda del Guardián.
Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, deben afrontar una larga travesía por el desierto y dirigirse, aun sin saberlo, hacia el viejo puerto espacial de Armonía que, tras cuarenta millones de años, espera, en silencio y abandonado, la orden que ha de lanzar de nuevo las viejas naves interestelares hacia su largo retorno a la Tierra. Pero no todos los expedicionarios han elegido o aceptado su exilio ni los designios del Alma Suprema. Los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más arduo un viaje ya de por si difícil.
De nuevo Card se muestra como un maestro en la comprensión de la psicología de las personas y nos ofrece, como ya hiciera en El Juego de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. La lucha por el dominio de un pequeño grupo, los puntos de los diversos sexos, el difícil paso del matriarcado de Basílica a un patriarcado justificado por la dureza de la vida nómada son, en manos de Orson Scott Card, elementos más que suficientes para hacer de libro una narración que se recuerda con satisfacción y agradecimiento
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—Pero el sabor… —dijo Eiadh.

—La sola idea —dijo Kokor, temblando.

—Es sólo una barrera psicológica —dijo Shedemei— que podréis superar fácilmente por el bien de vuestros hijos.

—No sé por qué alguien que no tiene hijos se cree con derecho a sermonear a los demás —replicó Kokor.

Hushidh notó que las palabras de Kokor herían a Shedemei. Era una de las preocupaciones más graves de Hushidh en cuanto al grupo, el modo en que Shedemei se aislaba cada vez más de las mujeres. A menudo hablaban de ello con Luet, y habían hecho lo posible para remediarlo, pero no era fácil, porque en gran medida la barrera estaba en Shedemei. Se había convencido a sí misma de que no quería hijos, pero Hushidh sabía, por el modo en que Shedemei miraba a los bebés del grupo, que inconscientemente ella juzgaba su propia valía por el hecho de no tener hijos. Y cuando una idiota miope e insensible como Kokor se lo reprochaba, la conexión de Shedemei con el grupo casi se desvanecía.

Y el silencio que siguió al comentario de Kokor no ayudó. La mayoría callaba porque así se reaccionaba ante una torpeza social inadmisible. El silencio era una reconvención para el ofensor, y luego se continuaba como si no se hubiera dicho nada. Pero Hushidh sabía que Shedya no interpretaba el silencio de esa manera. A fin de cuentas, Shedya no era experta en modales, y era muy consciente de no ser madre, así que para ella el silencio significaba que todos le daban la razón a Kokor, aunque eran demasiado educados para decirlo. Un agravio más, otra cicatriz en el alma de Shedemei.

Si no fuera por la intensa amistad que unía a Shedemei con Zdorab, y la amistad más leve que Luet y Hushidh habían cultivado con ella, y el gran amor y respeto de Shedya por Rasa, la mujer no tendría ninguna conexión positiva con el grupo. Sólo envidia y resentimiento.

Luet al fin rompió el silencio.

—Si nuestros hijos necesitan carne, la comeremos poco cocida, e incluso cruda. Pero me pregunto si nuestra nutrición es tan deficiente como para que no aguantemos una semana sin carne.

Elemak la miró fríamente.

—Tú puedes tratar a tu hijo como quieras. El nuestro siempre se alimentará con leche que haya sido renovada con proteínas animales dentro de los tres días.

—Oh, Elemak, ¿tengo que comerla? —preguntó Eiadh.

—Sí.

—Estará bien —dijo Nafai—. No notarás la diferencia.

Todos se volvieron hacia él. Su comentario era exasperante.

—Creo que sé distinguir entre la carne cruda y la carne cocida, gracias —dijo Eiadh.

—Todos estamos aquí porque somos más o menos sensibles al Alma Suprema —dijo Nafai—. Así que pregunté al Alma Suprema si podía lograr que la carne nos resultara apetecible. Hacernos creer que no hay diferencia. Y dijo que podía lograrlo, si no intentábamos resistir. Si no pensamos que estamos comiendo carne cruda, el Alma Suprema puede influir para que no notemos la diferencia.

Nadie respondió por un instante. Hushidh notó que esa relación tan informal entre el Alma Suprema y Nafai era perturbadora para algunos, incluso para Volemak, que sólo hablaba con el Alma Suprema en soledad, o por medio del índice.

—¿Pediste al Alma Suprema que sazonara la comida? —preguntó Issib.

—Sabemos por experiencia que el Alma Suprema tiene capacidad para estupidizar a la gente —dijo Nafai—. Tú lo viviste conmigo, Issya. ¿Por qué no permitir que el Alma Suprema nos estupidice un poco para no sentir el sabor de la carne?

—No me gusta que el Alma Suprema juegue con mi mente —dijo Obring.

Meb miró a Obring y sonrió con sorna.

—No te preocupes. Tú no necesitas ayuda para ser estúpido.

Al día siguiente, cuando Nafai llevó un nolyen —una criatura pequeña de medio metro de altura, parecida a un venado—, lo trozaron, chamuscaron la carne y comieron con cierta aprensión, hasta que entendieron que la carne cruda no era tan mala, o que el Alma Suprema había logrado borrar la diferencia. Podían prescindir del fuego cuando fuera necesario.

Pero el Alma Suprema no podía darles un nuevo pulsador para sustituir el que habían perdido.

Perdieron dos pulsadores más al cruzar el Nividimu. Fue una pérdida estúpida e innecesaria. Los camellos se resistían a efectuar el cruce, aunque el vado era ancho y poco profundo, y tuvieron que forcejear para arrearlos. Aun así, si todos los bultos hubiera estado bien ceñidos, ninguno se habría aflojado, y el contenido no se habría caído con el agua helada.

Elemak tardó un par de minutos en comprender que era el camello que llevaba dos de los pulsadores, y antes de recobrar la carga se concentró en lograr que el resto de los camellos cruzaran. Cuando encontró los pulsadores, en un pozo, envueltos en tela, habían estado un cuarto de hora sumergidos en el agua. Eran resistentes, pero no estaban destinados, a funcionar bajo el agua. Estaban empapados y el mecanismo interior se corroería rápidamente. Guardó los pulsadores, por las dudas, pero sin mayores esperanzas.

—¿Quién se encargó de estos bultos? —preguntó Elemak.

Nadie parecía recordarlo.

—Ése es el problema —dijo Volemak—. El camello se sujetó su propia carga, y no era muy hábil con los nudos.

El grupo rió nerviosamente.

Elemak se volvió hacia su padre, dispuesto a enfrentarlo por tomar a la ligera una situación tan grave. Sin embargo, titubeó al ver el semblante de Volemak, pues su padre se tomaba las cosas muy en serio. Elemak asintió y se sentó, dando a entender que lo dejaba en sus manos.

—Quien haya cargado este camello conoce su responsabilidad —dijo Volemak—. Y es muy simple averiguar quién fue. Sólo debo preguntarle al índice. Pero no habrá castigo, porque nada se ganará con ello. Si alguna vez siento la necesidad, revelaré quién fue el chapucero que ha atentado contra nuestra seguridad, pero por el momento puede refugiarse en su cobarde negativa a dar su nombre.

No obtuvo respuesta.

Volemak no dijo más, sino que le hizo una seña a Elemak, quien se levantó y le entregó el último pulsador.

—Éste es el pulsador que más hemos utilizado —dijo—. En consecuencia es el que tiene la carga menos duradera, y es todo lo que tenemos para obtener carne. Puede durar un par de años, pero cuando deje de funcionar no tendremos otro.

Caminó hacia Nafai y le entregó el arma. Nafai la cogió vacilando.

—Tú eres el cazador —dijo Elemak—. Eres el más indicado para usarlo. Pero cuídalo. Nuestra vida y la de nuestros hijos dependen de que sepas cumplir con tu deber.

Nafai asintió.

Elemak se volvió hacia los demás.

—Si alguien ve que el pulsador corre peligro, debe hablar o actuar de inmediato para protegerlo. Pero, salvo en ese caso, nadie lo tocará salvo Nafai. Ya no lo usaremos para cocinar. Si comemos carne durante tramos peligrosos, la comeremos cruda. Ahora bajemos por este valle antes que nos descubran.

Al atardecer llegaron a un lugar donde las caravanas se dirigían al sur, internándose en los valles habitados donde las ciudades de Dovoda y Neeshtchy subsistían entre el desierto y el mar, o al sureste, internándose en las montañas Razoryat, y luego en los parajes septentrionales del Valle de los Fuegos. Volemak los condujo hacia Razoryat, pero más de uno de ellos pensó que si iban hacia el sur, hacia Dovoda o Neeshtchy, podrían comprar pulsadores, y comida digerible. Y, ante todo, podrían ver otras caras, oír otras voces. Todos deseaban visitar esos lugares.

Pero Volemak los condujo hacia las colinas, donde esa noche acamparon sin encender fuego, temiendo que los avistara un morador de las lejanas ciudades.

A partir de entonces viajaron lentamente, pues el índice advirtió a Volemak que tres caravanas venían por el Valle de los Fuegos, dos de ellas desde las Ciudades de Fuego y otra desde las Ciudades de las Estrellas, aún más al sur. Para la mayoría de ellos éstos eran nombres legendarios, ciudades aún más antiguas y míticas que Basílica.

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