Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #3
- Год: 1995
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-5579-7
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]». Краткое содержание книги:
Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, deben afrontar una larga travesía por el desierto y dirigirse, aun sin saberlo, hacia el viejo puerto espacial de Armonía que, tras cuarenta millones de años, espera, en silencio y abandonado, la orden que ha de lanzar de nuevo las viejas naves interestelares hacia su largo retorno a la Tierra. Pero no todos los expedicionarios han elegido o aceptado su exilio ni los designios del Alma Suprema. Los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más arduo un viaje ya de por si difícil.
De nuevo Card se muestra como un maestro en la comprensión de la psicología de las personas y nos ofrece, como ya hiciera en El Juego de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. La lucha por el dominio de un pequeño grupo, los puntos de los diversos sexos, el difícil paso del matriarcado de Basílica a un patriarcado justificado por la dureza de la vida nómada son, en manos de Orson Scott Card, elementos más que suficientes para hacer de libro una narración que se recuerda con satisfacción y agradecimiento
Nafai pensó en el pulsador. ¿Cuántas puedo matar antes que me tumben de una pedrada? ¿Dos? ¿Tres? Mejor morir luchando que dejar que me pillen sin que les cueste nada.
¿Mejor? ¿Por qué sería mejor? Ya era bastante malo que muriera una. ¿ Qué ganaré con matar más, salvo que se sentirían más justificadas por haberme matado?
Apoyó el pulsador en el suelo, se entrelazó las manos, esperó.
Ellas también esperaron, aún preparadas para arrojar las piedras. El ángel aleteaba en silencio, emitiendo un chillido de cuando en cuando.
De pronto Nafai notó que tenía algo en las manos. Las abrió y vio que sostenía un fruto. Lo reconoció de inmediato: un fruto del árbol de la vida. Se lo llevó a los labios y lo saboreó. ¡Ah! Era tal como había dicho Padre, el mismo sabor que Nafai había paladeado antes por un breve instante, la sensación más exquisita que pudiera imaginarse. Pero esta vez no había distracción, confusión ni caos; estaba en paz consigo mismo, y sanó.
Sin pensarlo, se apartó el fruto de los labios y se lo ofreció a la rata que tenía enfrente.
La rata lo miró: la mano, el rostro, el fruto.
Nafai pensó en dejar el fruto en el suelo para que la rata lo cogiera, pero comprendió que estaría mal dejar que el fruto tocara el suelo, dejar que lo recogieran como una fruta podrida. Debía pasar de una mano a otra. Ese fruto siempre se debía coger del árbol, o de otra mano.
La rata olisqueó, avanzó, olisqueó de nuevo. Cogió el fruto de la mano de Nafai, se lo llevó a los labios, mordió. El fruto lanzó un chorro de zumo que salpicó a Nafai en la cara, pero él ni lo notó, aunque se lamió la salpicadura. Pero no podía apartar los ojos de la rata. Estaba petrificada, inmóvil, y el zumo del fruto le goteaba por las comisuras de la boca. Nafai se preguntó si la habría envenenado. ¿La he matado con este fruto? No era mi propósito.
No, la rata no estaba envenenada, sólo desconcertada. Corrió gruñendo hacia su compañera más próxima, que cogió el fruto de su boca con los dientes. Y el fruto pasó de rata en rata, siempre de una boca a otra, recorriendo el círculo hasta regresar a la primera. Y ésta se adelantó y ofreció la boca a Nafai, con el resto del fruto.
Nafai no tenía la cara puntiaguda como las ratas, así que extendió el brazo y cogió el fruto con la mano. Se lo puso en la boca temiendo que el sabor se hubiera arruinado, pero sabiendo que debía hacerlo. Para su alivio, el sabor no había cambiado. En todo caso, el fruto sabía más dulce después de ser compartido por esas criaturas.
Masticó, tragó. Sólo entonces ellas tragaron los restos que tenían, en la boca.
Avanzaron y pusieron a los pies de Nafai las piedras que habían empuñado. La pila formó una pirámide ante Nafai. Catorce piedras. Luego las ratas se escurrieron entre las rocas.
El ángel descendió, voló en círculos alrededor de Nafai, gorjeando frenéticamente, batiendo las alas, y al fin se le posó en los hombros y lo envolvió con sus alas.
—Espero que esto signifique que estás feliz —dijo Nafai.
El ángel, por toda respuesta, echó a volar.
Nafai se irguió y vio que no estaba en la cima de un pico rocoso, sino en un vergel, junto a un árbol, y al lado había un río, y junto al río un sendero con una baranda de hierro. Vio todo lo que había visto su padre, incluido el edificio de la orilla opuesta.
Y cuando esperaba que el sueño terminara —pues sabía que era un sueño— todo cambió. Se vio a sí mismo en medio de una muchedumbre de personas, ángeles y ratas, y todos miraban una luz brillante que descendía del cielo. Todos habían estado esperando, y aquello que habían esperado llegaba al fin. El Guardián de la Tierra.
Nafai quería acercarse, ver el rostro del Guardián de la Tierra. Pero la luz era enceguecedora. Vio que la silueta tenía cuatro extremidades y una cabeza, pero la luz lo encandilaba como si el Guardián fuera una pequeña estrella, un sol demasiado brillante para mirarlo sin quemarse los ojos.
Nafai tuvo que cerrar los ojos, entornarlos para aliviar el dolor de mirar directamente ese sol. Cuando los abrió, supo que estaría cerca, supo que vería el rostro del Guardián.
—Oo.
Estaba mirando el rostro de Yobar.
—Lo mismo digo —susurró Nafai.
—Oo-oo.
—Está oscureciendo. Pero tú tienes hambre, ¿verdad?
Yobar se sentó ansiosamente.
—Veamos si encuentro algo para ti.
No fue difícil, a pesar de la penumbra, pues las liebres de ese lado del valle aún eran abundantes. Cuando anocheció del todo, Yobar todavía estaba desgarrando el cuerpo, devorando cada trozo de carne, partiendo el cráneo con una piedra para llegar a los blancos sesos. Tenía las manos y la cara embadurnadas de sangre.
—Si tienes algo de cerebro —dijo Nafai—, regresarás a casa con lo que ha quedado de esta carne, manchado de sangre, para que una hembra se haga amiga tuya y te deje jugar con su bebé; así podrás congraciarte con el pequeño e integrarte en la tribu.
Era improbable que Yobar le entendiera, pero tampoco era necesario. Ya trataba de ocultarle a Nafai el cuerpo de la liebre, preparándose para robarlo y echar a correr. Nafai le facilitó las cosas alejándose un poco para que Yobar aprovechara la oportunidad. Oyó las pisadas de Yobar y le dijo en silencio: Compra lo que puedas con la sangre de esa liebre, amigo mío. He visto el rostro del Guardián de la Tierra, y eres tú.
Luego, arrepintiéndose al instante de ese pensamiento irrespetuoso, Nafai habló en silencio con el Guardián de la Tierra, o con el Alma Suprema, o con nadie, no lo sabía. Gracias por mostrármelo, dijo. Gracias por dejarme ver lo que vio Padre. Lo que vieron todos los demás. Gracias por dejarme ser uno de los que saben.
Ahora, ojalá alguien me ayudara a encontrar el camino de regreso.
Fuera por la ayuda del Alma Suprema, o gracias a su memoria y habilidad, descubrió el camino de regreso a la luz de la luna. Luet estaba preocupada, y también Madre y Padre, y todos los demás. Habían postergado la boda de Shedemei y Zdorab, porque no era correcto celebrarla una noche en que Nafai corría peligro. Ahora que estaba de vuelta, la boda podía continuar, y nadie le preguntó adonde había ido ni qué había hecho, como si supieran que era algo demasiado extraño, maravilloso u horrendo para comentarlo.
Más tarde, en la cama con Luet, Nafai habló de ello. Primero contó que le había dado de comer a Yobar, y luego el sueño.
—Parece ser que esta noche todos han quedado satisfechos —dijo Luet.
—¿Incluso tú? —preguntó Nafai.
—Estás en casa, así que me doy por contenta.
6. PULSADORES
Permanecieron en el campamento del Valle de Mebbekew, junto al río de Elemak, más tiempo del que se proponían. Primero tuvieron que aguardar la cosecha, luego, a pesar de las hierbas antivomitivas que Shedemei descubrió en el índice, Luet estaba tan desfalleciente que Rasa no consintió que iniciaran el viaje y arriesgaran su vida. Cuando Luet se sobrepuso y recobró sus fuerzas, las tres mujeres embarazadas —Hushidh, Kokor y Luet— estaban demasiado gruesas para viajar. Además, ahora también estaban encintas Sevet, Eiadh, Dol y Rasa. Ninguna de ellas se sentía tan mal como se había sentido Luet, pero tampoco estaban muy dispuestas a montar en camello, cabalgar todo el día y armar tiendas por la noche y desarmarlas por la mañana mientras subsistían con una dieta de galletas, charqui y melón seco.
Permanecieron en ese campamento más de un año, hasta que nacieron los siete bebés. Sólo dos de las madres tuvieron varones, Volemak y Rasa llamaron a su hijo Oykib, en memoria del padre de Rasa, y Elemak y Eiadh llamaron a su primogénito Protchnu, que significaba «resistencia».
Eiadh mencionó que sólo su esposo, Elemak, era tan viril como Volemak, pues le había puesto en el vientre un hijo varón, y Volemak sólo tenía hijos varones. Los demás ignoraron esa petulancia y disfrutaron de sus hijas.