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READ-E-BOOK » Научная фантастика » Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]
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Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]

Электронная книга - «Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está debil. Debe volver a la lejana Tierra para recabar la ayuda del Guardián.
Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, deben afrontar una larga travesía por el desierto y dirigirse, aun sin saberlo, hacia el viejo puerto espacial de Armonía que, tras cuarenta millones de años, espera, en silencio y abandonado, la orden que ha de lanzar de nuevo las viejas naves interestelares hacia su largo retorno a la Tierra. Pero no todos los expedicionarios han elegido o aceptado su exilio ni los designios del Alma Suprema. Los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más arduo un viaje ya de por si difícil.
De nuevo Card se muestra como un maestro en la comprensión de la psicología de las personas y nos ofrece, como ya hiciera en El Juego de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. La lucha por el dominio de un pequeño grupo, los puntos de los diversos sexos, el difícil paso del matriarcado de Basílica a un patriarcado justificado por la dureza de la vida nómada son, en manos de Orson Scott Card, elementos más que suficientes para hacer de libro una narración que se recuerda con satisfacción y agradecimiento
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El río Nividimu no era estacional. Surgía de manantiales naturales en las escabrosas montañas Lyudy, que eran tan altas que tenían nieve en invierno. Pero el caudal nunca era excesivo, y cuando descendía por el Valle Krutohn para llegar al bajo, tórrido y seco desierto, se hundía en la arena y desaparecía muchos kilómetros antes de llegar al Mar del Barranco.

A causa del Nividimu, el gran sendero norte-sur trepaba empinadamente en las montañas Lyudy y luego seguía el río casi hasta donde desaparecía. Era la fuente de agua potable más segura entre Basílica, al norte, y las Ciudades de Fuego, al sur.

Una docena de caravanas por año marchaban a orillas del Nividimu y, previsiblemente, el índice les indicó que acamparan una semana en las colinas que había al pie de las montañas Lyudy mientras una caravana que se dirigía al norte con una numerosa escolta militar subía por el valle y luego descendía por la sinuosa carretera.

Lo peor de esa espera era que no podían encender fogatas. La escolta militar, les dijo el índice, estaba nerviosa y ansiosa de encontrar un enemigo. Si veía el humo, los tomarían por bandidos, y los soldados matarían primero y preguntarían después. Comieron pues sus míseras raciones y aguardaron de mal talante el día que el Alma Suprema había dispuesto para la partida.

Durante el segundo día, mientras Elemak y Vas cazaban juntos —pues Vas tenía cierto talento para rastrear animales— perdieron el primer pulsador. Vas ni siquiera lo necesitaba, pero lo pedía, y habría sido demasiado humillante prohibírselo. Además, siempre estaba la posibilidad de que lo sorprendiera una fiera peligrosa que siguiera el rastro del mismo animal, y necesitaría el pulsador para defenderse.

Vas no era torpe, pero mientras caminaba por una angosta vereda, sobre un desfiladero, tropezó, y el pulsador se le resbaló de la mano mientras él se aferraba para no caerse. El arma rebotó en una protuberancia rocosa, saltó al aire y cayó al abismo. Vas y Elemak no le oyeron llegar al fondo.

—Pude haber sido yo —repetía Vas cuando contó la historia esa noche.

Elemak prefirió no decirle que habría sido mejor para todos que hubiera sido él. Sólo tenían cuatro pulsadores, y no podían conseguir más. Con el tiempo perderían la capacidad de recargarse con la luz solar, por eso Elemak siempre mantenía dos pulsadores escondidos. Al perderse ese arma, tuvo que sacar uno de los pulsadores ocultos para la caza.

—¿Y por qué estabais cazando? —preguntó Volemak, quien comprendía lo que la pérdida del pulsador podía significar en el futuro. Le hacía la pregunta a Elemak, como correspondía, pues había sido decisión de Elemak llevar dos pulsadores al desierto ese día.

Elemak respondió altivamente, como si Volemak no tuviera derecho a cuestionar su decisión.

—Para conseguir carne. Las esposas no pueden amamantar bien si sólo comen galletas y charqui.

—Pero no podemos cocinar la carne. ¿Pensabas comerla cruda?

—Pensaba calentarla con el pulsador —dijo Elemak—. No quedaría muy cocida, pero…

—Sería un derroche de energía que no podemos costearnos —dijo Volemak.

—Necesitamos la carne.

—¿Debí saltar tras el pulsador? —preguntó Vas, exasperado.

—De ninguna manera —dijo Elemak con desdén—. Ya no se trata de ti.

Hushidh observaba la conversación en silencio, como hacía habitualmente cuando había un conflicto, viendo cómo cambiaban las hebras que conectaban a las personas. Sabía que las líneas que ella veía no eran reales, sino una metáfora que construía su mente, una especie de diagrama alucinatorio. Pero el mensaje que le daban sobre las relaciones, lealtades y odios era muy real, tanto como las rocas, la arena y los chaparrales que los rodeaban.

Vas era la anomalía del grupo. Nadie lo odiaba, nadie le guardaba rencor, pero nadie lo amaba. Nadie le profesaba una gran lealtad, y él tampoco sentía gran lealtad por nadie. Salvo por el extraño vínculo que lo unía con Sevet, y el vínculo aún más extraño que lo unía con Obring. Sevet sentía poco amor o respeto por su esposo Vas, pues era un matrimonio de conveniencia, sin ningún vínculo de lealtad entre ambos, sin amor ni amistad. Pero él parecía sentir algo muy poderoso por ella, algo que Hushidh no comprendía, que nunca había visto. Y su vínculo con Obring era casi igual, aunque un poco más tenue. Lo cual era raro, porque Vas no tenía motivos para sentirse ligado a Obring. A fin de cuentas, Obring estaba en la cama con Sevet la noche en que Kokor los sorprendió y casi mató a su hermana. ¿Por qué Vas sentía esa fuerte conexión con Obring? La fuerza de esa conexión —que Hushidh reconocía por el grosor de la hebra que veía entre ambos— rivalizaba con la fuerza de los más sólidos matrimonios del grupo, como Volemak y Rasa, o Elemak y Eiadh, o el creciente vínculo entre la propia Hushidh y su amado Issib, su devoto, tierno, brillante y afectuoso Issib, cuya voz era la música que coloreaba todas sus alegrías…

Eso no era lo que Vas sentía por Sevet u Obring, y no parecía sentir nada por los demás. ¿Pero por qué Sevet y Obring, y nadie más ? Nada los conectaba, excepto ese adulterio…

¿Cuál era la conexión? ¿El adulterio mismo? ¿El potente lazo que unía a Vas con ambos era una obsesión con esa traición? Pero era absurdo. Él estaba al corriente de los amoríos de Sevet, pues así era ese matrimonio. Y Hushidh habría reconocido la conexión entre ambos si hubiera sido odio o rabia, pues había visto con frecuencia esas emociones.

Aun ahora, cuando Vas debía estar conectado con los demás por una hebra de vergüenza, de afán de conciliación, de búsqueda de aprobación, no había casi nada. No le importaba. Más aún, parecía satisfecho.

—Habríamos contado con más energía para cocinar la carne —dijo Sevet— cuando teníamos los cuatro pulsadores.

A Hushidh le asombró que fuera la esposa de Vas quien enfatizaba la culpa de Vas.

Pero no se sorprendió cuando Kokor emuló a su hermana y lanzó un golpe aún más directo.

—Ante todo, podrías haber caminado con mayor cuidado, Vas.

Vas miró a Kokor con desdén.

—Tal vez debí seguir tu ejemplo para aprender a trabajar con mayor cuidado y eficacia.

Estas riñas estallaban fácilmente y se prolongaban más de la cuenta. No se necesitaba una descifradora como Hushidh para saber adonde conduciría la discusión, si continuaba.

—Basta —dijo Volemak.

—No soy responsable de que no podamos comer carne cocida —dijo Vas—. Todavía tenemos tres pulsadores y no es culpa mía que no podamos encender fogatas.

Elemak le apoyó una mano en el hombro.

—Padre me responsabiliza a mí, y con razón. Fue un error de juicio. Nunca debe haber dos pulsadores en la misma excursión de caza. Cuando te culpemos a ti por la falta de carne, lo sabrás.

—Sí, empezaremos a comerte a ti —dijo Obring.

Las risas aliviaron la tensión, pero a Vas le disgustó que la broma viniera de Obring. Hushidh notó que la extraña conexión relampagueaba y se engrosaba, como un cable negro amarrado a Vas y Obring. Hushidh observó, esperando que la riña se prolongara el tiempo suficiente para permitirle comprender qué había entre ambos, pero en ese momento habló Shedemei.

—No hay motivo para no comer la carne cruda. Está fresca y el animal estaba sano. Si tostamos el exterior antes de comerla, mataremos toda contaminación superficial sin gastar mucha energía. Tenemos una buena provisión de antibióticos, por si alguien se descompone, y si nos quedamos sin ellos, podemos preparar algunos con las hierbas disponibles.

—Carne cruda —dijo Kokor con repulsión.

—No sé si podré comerla —dijo Eiadh.

—Sólo hay que masticar más —dijo Shedemei—. O cortarla en trozos más pequeños.

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