Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #3
- Год: 1995
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-5579-7
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]». Краткое содержание книги:
Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, deben afrontar una larga travesía por el desierto y dirigirse, aun sin saberlo, hacia el viejo puerto espacial de Armonía que, tras cuarenta millones de años, espera, en silencio y abandonado, la orden que ha de lanzar de nuevo las viejas naves interestelares hacia su largo retorno a la Tierra. Pero no todos los expedicionarios han elegido o aceptado su exilio ni los designios del Alma Suprema. Los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más arduo un viaje ya de por si difícil.
De nuevo Card se muestra como un maestro en la comprensión de la psicología de las personas y nos ofrece, como ya hiciera en El Juego de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. La lucha por el dominio de un pequeño grupo, los puntos de los diversos sexos, el difícil paso del matriarcado de Basílica a un patriarcado justificado por la dureza de la vida nómada son, en manos de Orson Scott Card, elementos más que suficientes para hacer de libro una narración que se recuerda con satisfacción y agradecimiento
Luet y Nafai llamaron a su pequeña Chveya, porque los había unido en una sola alma. La hija de Hushidh e Issib fue la primera en nacer de esa generación, y la llamaron simplemente Dza, porque era la respuesta a todas las preguntas de su vida. Kokor y Obring llamaron a su hija Krasata, un nombre que significaba «belleza» y estaba de moda en Basílica. Vas y Sevet llamaron a su hija Vasnaminanya, en parte porque significaba «memoria», pero también porque se relacionaba con el nombre de Vas; la llamaban Vasnya. Y Mebbekew y Dol llamaron a su hija Basilikya, en recuerdo de la ciudad que ambos amaban y añoraban. Todos sabían que ese nombre estaba destinado a ser un reproche constante para quienes les habían sacado a rastras de su hogar, así que todos adoptaron el apodo que le puso Volemak, Syelsika, que significaba «campesina». Esto fastidiaba a Meb, pero aprendió a callarse porque los demás se reían de él.
Oykib, Protchnu, Chveya, Dza, Krasata, Vasnya y Syelsika: en una fresca mañana, más de un año después que todos llegaron al Valle de Mebbekew, los bebés estaban arropados en prendas frescas y colgaban en hamacas del hombro de sus madres, para que ellas pudieran alimentarlos cuando tenían hambre durante el día. A excepción de Shedemei, que no tenía hijos, las mujeres no se encargaban de armar las tiendas, aunque cuando los niños crecieran reanudarían sus deberes. Y los hombres, fuertes, bronceados y curtidos tras un año de vida y trabajo en el desierto, presumían ante sus esposas, orgullosos de su paternidad y de la responsabilidad de tener una familia que debían cuidar y alimentar.
Todos salvo Zdorab, quien permanecía tan callado y discreto como de costumbre, todavía sin hijos; a veces él y su esposa parecían desaparecer. Eran los únicos integrantes del grupo que no tenían lazos consanguíneos ni políticos con Rasa y Volemak; eran los únicos que no tenían ningún hijo; eran bastante más mayores que el resto, salvo Elemak; nadie habría dicho que no estaban en pie de igualdad con los demás, pero en verdad nadie creía que así fuera.
Mientras se preparaban para marcharse, Luet, con Chveya dormida en su hamaca, llevó un melón maduro hasta el lugar donde se reunía la tribu de mandriles. Los mandriles parecían agitados y nerviosos, lo cual no era sorprendente, teniendo en cuenta el tumulto que reinaba en el campamento humano. Cuando Luet llegó al sitio donde comían, ellos la observaron con expectación. Algunas hembras se acercaron a ver el bebé. Luet ya les había dejado tocar a Chveya, aunque nunca les permitía jugar con ella tal como jugaban con sus propios hijos. Chveya era demasiado frágil para sus toscas caricias.
Luet buscaba un macho, no una hembra, y en cuanto se alejó de las curiosas hembras lo encontró: Yobar, que había sido un paria un año atrás, y que ahora era el mejor amigo de la hija mayor de la matriarca de la tribu; tenía tanto prestigio como un macho podía obtener en esa ciudad de mujeres.
Luet llevó el melón hasta donde Yobar pudiera verlo. Luego, volteándose despacio para no asustarlo, lo partió contra una roca.
Como ella esperaba. Yobar saltó hacia atrás, alarmado. Cuando vio que Luet no tenía miedo, se acercó a investigar. Ahora Luet pudo mostrarle lo que quería: el secreto que habían ocultado tan celosamente a los mandriles todo ese año. Cogió un fragmento carnoso y comió ruidosamente.
El ruido atrajo a los demás, pero fue Yobar —como Luet esperaba— quien siguió el ejemplo y se puso a comer. No hacía distinción entre la pulpa y la cáscara, y parecía disfrutar de ambas por igual. Cuando estuvo lleno, se puso a saltar y a parlotear hasta que los demás —sobre todos los machos jóvenes— se aventuraron a probar la fruta.
Luet retrocedió despacio y se marchó.
Oyó pasos a sus espaldas. Miró hacia atrás y vio que Yobar la seguía. No lo había esperado, pero Yobar siempre la sorprendía. Era muy curioso e inteligente, aun entre animales cuya inteligencia no distaba mucho de la humana, y cuya curiosidad y afán de aprender a veces era mayor.
—Ven, si quieres —dijo Luet. Lo condujo río arriba hasta el huerto, donde los mandriles hasta ahora tenían prohibida la entrada. Los restos de la última cosecha de melones aún colgaban de las plantas, algunos maduros, otros no. Yobar titubeó en el linde del huerto, pues los mandriles habían aprendido a respetar ese límite invisible. Luet le hizo señas y Yobar entró con cautela. Ella lo condujo hasta un melón maduro.
—Cómelos cuando estén así —le dijo—, cuando huelan así.
Le ofreció el melón, todavía unido a la planta. Yobar lo olfateó, lo sacudió, lo arrojó al suelo y logró partirlo. Luego lo probó y parloteó alegremente.
—Aún no he terminado —dijo Luet—. Debes prestar atención. —Le ofreció otro melón, que no estaba maduro, y aunque le permitió olerlo, no le permitió sostenerlo—. No, no comas éstos. Las semillas no están maduras, y si los comes cuando estén así, no tendrás cosecha el año próximo. —Dejó el melón inmaduro en el suelo, y señaló el melón partido que estaba a los pies de Yobar—. Come los maduros. Shedemei dice que las semillas atraviesan tu sistema digestivo ilesas, y crecen en los excrementos sin problemas. Podéis tener melones para siempre, si enseñas a los demás a comer sólo los maduros. Si les enseñas a esperar.
Yobar la miraba atentamente.
—No entiendes ni jota de lo que digo. Pero eso no significa que no comprendas la lección, ¿verdad? Eres listo. Ya comprenderás. Enseñarás a los demás antes de pasarte a otra tribu, ¿sí? Es el único regalo que os podemos dejar, nuestro pago por el uso del valle en este año. Por favor, aceptadlo y usadlo bien.
Yobar gritó una vez. Ella se levantó y se alejó. Los camellos ya estaban prontos, y todos la esperaban.
—Sólo le mostraba el huerto a Yobar —dijo.
Kokor hizo un gesto desdeñoso, pero Luet apenas la miró. Lo importante era la sonrisa de Nafai, el asentimiento de Hushidh, las palabras aprobatorias de Volemak.
A una orden, los camellos se incorporaron, cargados con las tiendas y las provisiones, las cajas de almacenaje llenas de embriones y semillas y, ante todo, con veintitrés seres humanos en vez de dieciséis. Como Elemak había dicho anoche, sería mejor que el Alma Suprema los condujera a destino antes que los niños crecieran demasiado para cabalgar con sus madres, o tendrían que conseguir más camellos en el camino.
Los dos primeros días de viaje los llevaron al noreste, por la misma ruta que habían cogido desde Basílica. Pero había pasado un año desde entonces y ya no reconocían el paisaje, aunque las rocas grises y la arena amarillenta les resultaron familiares hasta el hartazgo en cuanto transcurrió una hora de viaje.
Mebbekew cabalgó un trecho junto a Elemak, al caer la segunda tarde.
—Hemos pasado el lugar donde lo sentenciaste a muerte, ¿verdad?
Elemak calló un instante.
—No, no pasaremos por allí.
—Creí verlo.
—No lo viste.
Anduvieron en silencio un rato más.
—Elemak —dijo Mebbekew.
—¿Sí? —Elemak no parecía disfrutar de esa conversación.
—¿Quién nos detendría si cogiéramos nuestras tiendas, y provisiones para tres días, y nos dirigiéramos al norte, hacia Basílica?
A veces la miopía de Mebbekew rayaba en la estupidez.
—Al parecer has olvidado que no tenemos dinero. Te aseguro que ser pobre en Basílica es peor que ser pobre aquí, porque en Basílica al Alma Suprema le importa un rábano tu supervivencia.
—¡Claro, como si aquí nos hubiera cuidado tanto! —dijo Meb desdeñosamente.
—Estuvimos en un lugar con agua durante más de un año y ni una sola vez vimos viajeros, bandidos, parejas fugitivas ni familias de vacaciones.