Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #3
- Год: 1995
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-5579-7
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]». Краткое содержание книги:
Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, deben afrontar una larga travesía por el desierto y dirigirse, aun sin saberlo, hacia el viejo puerto espacial de Armonía que, tras cuarenta millones de años, espera, en silencio y abandonado, la orden que ha de lanzar de nuevo las viejas naves interestelares hacia su largo retorno a la Tierra. Pero no todos los expedicionarios han elegido o aceptado su exilio ni los designios del Alma Suprema. Los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más arduo un viaje ya de por si difícil.
De nuevo Card se muestra como un maestro en la comprensión de la psicología de las personas y nos ofrece, como ya hiciera en El Juego de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. La lucha por el dominio de un pequeño grupo, los puntos de los diversos sexos, el difícil paso del matriarcado de Basílica a un patriarcado justificado por la dureza de la vida nómada son, en manos de Orson Scott Card, elementos más que suficientes para hacer de libro una narración que se recuerda con satisfacción y agradecimiento
Las narraciones sobre antiguos héroes siempre comenzaban con «Érase una vez, en las Ciudades de las Estrellas», o bien «Así aconteció que en los antiguos días, en las Ciudades de Fuego». Muchos abrigaban esperanzas: «Tal vez allá nos lleva el Alma Suprema, a las grandes y antiguas ciudades de la leyenda.»
Sin embargo, para evitar las caravanas, tenían que viajar lejos de la carretera. En el desierto eso había sido bastante fácil; la carretera apenas se diferenciaba del resto del desierto, y no importaba mucho qué senda se seguía. Pero aquí importaba mucho, pues el terreno era extraño, y más difícil y confuso que en cualquier otra parte de Armonía. Al salir de las montañas vieron un paraje más verde, con hierba, matas, arbustos e incluso algunos árboles. También era rocoso y escabroso, pero el terreno estaba extrañamente escalonado, como si alguien hubiera juntado mil mesas de diversas alturas y tamaños, para que cada superficie fuera chata sin que dos superficies se encontraran en el mismo nivel. Y entre esas mesetas herbosas había peñascos, a veces de un metro de altura, pero otros de cien o quinientos metros.
Y la extrañeza se intensificó a medida que se internaban en el Valle de los Fuegos, pues había lugares donde un fuerte hedor brotaba de grietas en la tierra o fisuras en la roca. La mayoría hacía una mueca y trataba de respirar por la boca, pero Elemak y Volemak tomaron esos hedores muy en serio, y a menudo cogían un itinerario tortuoso para evitar las emanaciones. Sólo cuando Zdorab descubrió que el índice podía brindarles un análisis espectroscópico inmediato del gas, al menos durante el día, pudieron tener la certeza de cuáles gases —y por tanto qué hedores— se podían aspirar sin peligro.
Mucho más temibles —aunque Elemak les aseguró que eran mucho más seguras— resultaban las fu-marolas y las llamas al descubierto. Se veían a kilómetros de distancia, gruesas volutas de humo o llamas brillantes, y aprendieron a dirigirse hacia ellas, sobre todo cuando Shedemei les aseguró que no explotarían. Cuando acampaban cerca de las llamas, las usaban para cocinar la carne y hornear pan fresco, aunque sólo Zdorab, Nafai y Elemak estaban dispuestos a encargarse de esa tarea, pues debían aproximarse al fuego para dejar la carne y las hogazas donde hubiera calor suficiente para cocer carne, lo cual significaba calor suficiente para cocer a los cocineros si no se alejaban deprisa. Todos ayudaban a aderezar la carne que Nafai había cazado, ponerla sobre parrillas, y ovacionaban con entusiasmo mientras Nafai, Zdorab y Elemak, por turnos, corrían hacia el fuego, dejaban una parrilla de carne y retrocedían en busca de aire más fresco. Ir a recobrar la carne era aún más difícil, pues se necesitaba más tiempo para recoger las parrillas calientes que para dejar las frías, y a veces regresaban con la ropa humeante.
—Es sólo el vapor de nuestra transpiración —insistía Nafai cuando Luet declaraba que ella prefería comer la carne cruda pero conservar a su esposo con vida.
Pero no había tantos fuegos que fueran aprovechables, pues rara vez estaban situados cerca de fuentes de agua, y con frecuencia comían comida fría.
El Valle de los Fuegos era un lugar de espléndida belleza, pero también era inquietante toparse a cada instante con pruebas de las formidables fuerzas que bullían dentro del planeta donde vivían, fuerzas tan potentes como para elevar rocas macizas a cientos de metros.
Espléndido, inquietante, y también incómodo, comprendieron al llegar a un sitio donde el camino que habían escogido los condujo a un callejón sin salida, un lago profundo y caliente, rodeado por peñascos de quinientos metros. Era imposible cruzar el lago, y también era imposible bordearlo. Tendrían que desandar varios días de marcha, decidieron Volemak y Elemak, y elegir un itinerario que los alejara aún más de las rutas normales de las caravanas y los aproximara al mar.
—¿No pudo el Alma Suprema haber visto esto? —preguntó cáusticamente Mebbekew.
—El índice mostró el lago —dijo Volemak—. Por eso vinimos por aquí. Pero el Alma Suprema no pudo avisarnos que no había manera de rodearlo.
—¿Entonces hemos desperdiciado tres días de viaje? —se quejó Kokor.
—Hemos visto cosas que ni siquiera se imaginan en Basílica —respondió Rasa.
—Salvo en las pesadillas —dijo Kokor.
—Algunos artistas han visto paisajes como éste y los convirtieron en canciones —dijo Rasa—. Lo cual me recuerda que hace más de un año que no oímos tu canto ni el de Sevet, salvo cuando les cantáis a vuestras hijas. Tampoco el de Eiadh… ella nunca tuvo la oportunidad de iniciar una carrera, como mis hijas, pero posee una voz muy dulce.
Hushidh sintió ganas de decirle que no desperdiciara el aliento. No habría canto hasta que algo cambiara entre las mujeres. Eran las viejas fricciones entre Sevet y Kokor. Sevet no podía cantar más, o prefería no hacerlo, como resultado del daño que Kokor le había infligido al golpearle la laringe cuando la sorprendió en la cama con Obring. Y mientras Sevet no cantara, Kokor no se atrevía a hacerlo, temiendo la venganza de su hermana. Y Eiadh estaba absolutamente intimidada por las dos muchachas mayores, que habían sido muy famosas en Basílica, especialmente Sevet. Kokor había dicho sin rodeos que si ella no podía cantar, no quería oír la lamentable vocecita de Eiadh como una parodia de la música. Esto era injusto. Eiadh tenía talento, y cualquiera que no fuese Kokor habría calificado la agudeza de su voz como pureza tímbrica. Pero cuando Eiadh trataba de cantar, Kokor hacía tantas muecas y mohines que Eiadh se desanimó y dejó de intentarlo. En este grupo, pues, no habría canciones sobre la imponencia y la majestad del Valle de los Fuegos.
Había, empero, otra clase de poesía, y otra clase de artista, y Hushidh y Luet eran el público cuando Shedemei peroraba acerca de las fuerzas de la naturaleza.
—Dos grandes masas terrestres, antaño un solo continente, pero hoy dividido —explicaba—. Se apretaron una contra la otra como dos manos apoyadas en una mesa. Pero luego empezaron a rotar en direcciones contrarias, con el centro en el lugar donde se tocan los pulgares. Ahora se presionan en la yema de los dedos, aplastándose, mientras se separan a la altura de la palma.
Shedemei explicaba esto sentada en la alfombra de la tienda de Luet, sosteniendo ambos bebés en las rodillas, rodeándolos con los brazos mientras movía expresivamente las manos. Los bebés parecían totalmente fascinados. En el timbre o la intensidad de la voz de Shedemei había algo que atraía a todos los bebés, pues Hushidh notaba que se ponían muy alerta cuando ella hablaba. Shedemei era capaz de calmar a un chiquillo alborotado cuando la madre no podía. Kokor y Sevet jamás la dejaban aproximarse a sus hijos, por celos, y Dol siempre dejaba a su pequeña Syelsika al cuidado de Shedemei, a menudo hasta que Dol sentía los senos tan hinchados que no tenía más opción que amamantarla.
Sólo Luet y Hushidh buscaban la compañía de Shedemei, y aun ellas tenían que valerse de sus hijas como excusa. ¿Podrías ayudarnos con los bebés mientras nos bañamos? Así Shedya permanecía sentada en la alfombra de la tienda de Luet mientras las dos hermanas se fregaban la mugre de varios días de viaje de las espaldas y se lavaban el cabello.
—El contacto de las yemas de los dedos eleva las grandes montañas del norte —dijo Shedemei—. Y la separación de las palmas creó el Mar del Barranco, y luego el Mar de Humo. El Valle de los Fuegos es la protuberancia del centro. Algún día, cuando se haya consumado la escisión, Potokgavan se hundirá en el mar y el Valle de los Fuegos será una isla en un océano cada vez más ancho. Será el lugar más espléndido y aislado de Armonía, el lugar donde el planeta posee más vitalidad, peligro y belleza.