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Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]

Электронная книга - «Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está debil. Debe volver a la lejana Tierra para recabar la ayuda del Guardián.
Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, deben afrontar una larga travesía por el desierto y dirigirse, aun sin saberlo, hacia el viejo puerto espacial de Armonía que, tras cuarenta millones de años, espera, en silencio y abandonado, la orden que ha de lanzar de nuevo las viejas naves interestelares hacia su largo retorno a la Tierra. Pero no todos los expedicionarios han elegido o aceptado su exilio ni los designios del Alma Suprema. Los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más arduo un viaje ya de por si difícil.
De nuevo Card se muestra como un maestro en la comprensión de la psicología de las personas y nos ofrece, como ya hiciera en El Juego de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. La lucha por el dominio de un pequeño grupo, los puntos de los diversos sexos, el difícil paso del matriarcado de Basílica a un patriarcado justificado por la dureza de la vida nómada son, en manos de Orson Scott Card, elementos más que suficientes para hacer de libro una narración que se recuerda con satisfacción y agradecimiento
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Nafai estaba harto de esto. Pero era su deber, y cuando Vas raspó suavemente la tela de la tienda para llamarlo, se despertó al instante, o quizá ya estaba despierto, cruzando los lindes de un sueño; se vistió sin hacer ruido, sacó el pulsador de la caja y se reunió con Vas en la helada oscuridad.

Vas lo saludó con una inclinación de la cabeza —trataban de no hablar, para no despertar a los niños— y dio media vuelta, señalando el declive. No la ciudad, sino el mar. Cuesta abajo. Nafai normalmente consideraba que era estúpido ir de cacería cuesta abajo, pues habría que cargar el animal cuesta arriba al regresar al campamento. Pero esta vez quería ir cuesta abajo. Aunque nunca abandonaría su misión, aunque no pensaba traicionar a Padre ni al Alma Suprema, añoraba el mar y lo que se extendía más allá del mar, así que asintió cuando Vas señaló el declive.

Cuando estuvieron a cierta distancia del campamento, tras cruzar el borde de la colina, se detuvieron a orinar, y luego emprendieron el difícil descenso por el pedregal. La cuesta estaba sumida en las sombras, pues el alba despuntaba a sus espaldas. Pero Vas era el rastreador, y Nafai había aprendido tiempo atrás que era habilidoso para ello y que sentía orgullo de esa habilidad, así que las cosas andaban mejor si él no lo cuestionaba.

No fue un descenso fácil, aunque la oscuridad se disipaba a cada instante, pues el alba parecía iluminar todo el firmamento mucho más rápidamente aquí que en Basílica. ¿Era la latitud? ¿El seco aire del desierto? De un modo u otro podía ver, aunque sólo viera una confusión de peñascos y pedrejones, salientes y protuberancias que serían un reto aun para los animales más ágiles. ¿Qué clase de criatura esperas encontrar, Vas? ¿Qué clase de animal podría vivir aquí?

Pero Nafai siempre tenía estas dudas. Temía lo peor aun sabiendo que aquí abundaba la vegetación, y que no habría dificultad de encontrar animales. Sólo sería difícil trasladarlos al campamento. Era una de las razones por las cuales Elemak siempre enviaba a un cazador y un rastreador juntos, Nafai y Vas o, cuando había más de un pulsador, Elemak como cazador y Obring como rastreador. Cuando tenían éxito, el equipo regresaba con cada hombre cargando media bestia sobre los hombros. En general Nafai y Vas tenían mejor suerte, en parte porque Nafai era mejor tirador, y en parte porque Obring nunca lograba concentrarse, así que Elemak tenía que encargarse de las dos tareas.

Vas, en cambio, se concentraba muy bien, viendo cosas que nadie más veía. Vas podía seguir un animal durante horas. Con la tozudez de un perro que se negaba a soltar la presa que apretaba entre los dientes. Por eso Nafai tenía más éxito en sus cacerías, porque Vas lo conducía hacia la presa. Por lo demás, el éxito dependía de Nafai. Nadie podía aproximarse tanto a una presa en silencio, nadie tenía una puntería tan certera. Formaban un buen equipo, aunque jamás habían imaginado que serían buenos para cazar. Jamás se les habría ocurrido.

Vas encontró algo, una pequeña marca. Nafai había desistido de tratar de ver todo lo que veía Vas. A él no le parecía el rastro de un animal, pero a menudo se equivocaba en eso. Siguió a Vas, alerta a los depredadores que pudieran considerarlos una amenaza o un buen bocado. Las huellas del animal bajaban y bajaban, y a media mañana Nafai vio un claro y un cómodo sendero que conducía a la playa. Por razones de las que no se enorgullecía, quería seguir por ese sendero y al menos mojarse los pies en las aguas de la Bahía de Dorova. Pero Vas no siguió ese camino, sino que avanzó por un peñasco cada vez más empinado y peligroso.

¿Por qué un animal elegiría esa ruta? ¿Qué clase de animal era? Pero Nafai no dijo nada. Era una cuestión de orgullo, guardar absoluto silencio durante la cacería.

Cuando llegaron a la parte más peligrosa del pasaje, donde tendrían que atravesar una lisa superficie de roca sin ningún reborde, sólo la fricción les impediría sufrir una caída de cincuenta metros. Vas se detuvo y señaló, dando a entender que la presa estaba del otro lado. Una mala noticia. Nafai tendría que cruzar ese pasaje con el pulsador en la mano, preparado para disparar. Más aún, tendría que apuntar y disparar desde ese declive.

Pero después de esa larga marcha, no podían desistir y empezar de nuevo sólo porque se topaban con una dificultad.

Vas se aplastó contra la pared del peñasco, y Nafai pasó detrás de él, desenfundó el pulsador y avanzó por el difícil pasaje.

En ese momento pensó: No sigas, Vas planea matarte.

Esto es estúpido, pensó Nafai. Una cosa es tener miedo del cruce, eso es muy humano. Pero si Vas quisiera matarme sólo tenía que moverse cuando paseé detrás de él en la saliente.

No avances un paso más.

¿Y dejar a mi familia sin carne, porque de pronto tuve un ataque de pánico? Jamás.

Nafai se tragó el miedo y avanzó por el peñasco. Arqueó el cuerpo para ejercer la mayor presión sobre la suela de sus botas. Aun así, notaba que el ángulo era muy inseguro. Esto era realmente peligroso, y disparar desde allí sería casi imposible.

Al fin llegó a un punto desde donde vio la zona que antes estaba oculta, y se detuvo a buscar el animal. No podía verlo. Esto sucedía a veces, sobre todo porque cazaban en silencio. Vas lo conducía hacia un animal que poseía un buen camuflaje natural, y cuando Nafai se aproximaba el animal lo veía o lo olía y se quedaba quieto, volviéndose casi invisible. A veces el animal tardaba en moverse y Nafai no lo veía. Aquí se repetiría ese juego de la espera. Nafai odiaba tener que esperar en esa roca, pero ahora era totalmente visible. Si se acercaba más el animal huiría y tendrían que empezar de nuevo.

Movió cautelosamente las manos para desplazar todo el peso hacia los pies y la mano donde no tenía el pulsador, luego alzó el pulsador hasta un punto donde pudiera apuntar hacia cualquier sitio de esa ladera montañosa. ¿El animal estaba en esos arbustos? ¿O detrás de una roca, dispuesto a salir en cualquier momento?

Era difícil conservar esa posición. Nafai era fuerte, y estaba habituado a quedarse quieto durante largo rato, pero nunca había tenido que usar esta postura. Sentía gotas de sudor en la frente sucia de polvo. Si le llegaban al ojo le ardería, pero no había modo de enjugarlas sin ahuyentar al animal.

Un animal que ni siquiera he visto.

Olvídate del animal. Sal de esta ladera.

No, no puedo ser tan débil. Necesito conseguir comida para la familia. No regresaré para decir que hoy no hay carne porque tuve miedo de esperar quieto sobre una roca.

Oyó que Vas se movía a sus espaldas, atravesando el peñasco. Eso era estúpido. ¿Por qué lo hacía?

Para matarme.

¿Por qué no podía quitarse esa idea de la cabeza? No, Vas se acercaba porque notaba que Nafai aún no había visto el animal, y quería señalarlo. ¿Pero cómo? Nafai no podía darse la vuelta, y Vas no podía pasar para que él lo viera.

No, Vas iba a hablarle.

—Es demasiado peligroso —dijo—. Te vas a resbalar.

Y en ese preciso momento, el pie derecho de Nafai cedió de golpe. Resbaló hacia dentro y hacia abajo, y con ese movimiento abrupto el pie izquierdo perdió sostén y empezó a patinar. Debió de ser muy rápido, pero parecía durar una eternidad; Nafai trató de sostenerse con la mano, con la culata del pulsador, pero ambos se deslizaban por la roca sin detener la caída. Y de pronto la roca se volvió más abrupta y el resbalón se convirtió en caída, y Nafai supo que iba a morir.

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