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El mundo invertido [The Inverted World - es]

Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:

Cuando Helward Mann abandona la ciudad, no tiene motivos para pensar que el mundo que se extiende más allá no sea sino el de su propio planeta de origen. De hecho, y a pesar de las semejanzas, hay pruebas —que él no puede ignorar— que lentamente contradicen todas sus convicciones. A medida que crece su experiencia en el trabajo fuera de la ciudad, se ve forzado a aceptar la razón fundamental y descarnada de esa lucha por la supervivencia. El planeta no es la Tierra. De alguna manera, el mundo en que vive —y por cierto el universo mismo en el cual existe el planeta— es intrínsecamente diferente.
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
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Se habían reforzado las guardias de la milicia. Enseguida a Helward y Jase se les ordenó hacer alto para averiguar su identidad. Los dos echaban chispas por la demora ya que era obvio que había ocurrido un desastre mayúsculo. Mientras esperaban el permiso para proseguir, Jase se enteró por los milicianos que los nativos los habían atacado dos veces. El segundo ataque había sido más serio que el primero. Habían muerto veintitrés soldados, y todavía estaban contando los cadáveres dentro de la ciudad.

La emoción del regreso se vio pronto empañada por el espectáculo. Cuando les llegó el permiso, Helward y Jase continuaron caminando en silencio.

El internado había sido arrasado y fueron los niños quienes murieron..

En el interior de la ciudad muchas cosas habían cambiado. La impresión que esos cambios produjeron en Helward fue impactante, pero no tuvo tiempo de demostrar ninguna reacción. Observaba todo tratando, de no pensar, hasta que cedieran un poco las presiones externas. No podía abandonarse a sus propios pensamientos.

Se enteró de que su padre había fallecido a las pocas horas de salir él de viaje. La angina le había provocado un paro cardíaco. Clausewitz le dio la noticia y le informó que había finalizado su período de aprendizaje.

Otra noticia: Victoria había dado a luz un varón, que luego murió durante el ataque a la ciudad.

Otra noticia: Victoria había firmado un formulario que declaraba nulo su matrimonio. Ahora vivía con otro hombre y estaba nuevamente encinta.

Y algo más, implícitamente relacionado con todos estos acontecimientos y no por ello más comprensible:

Helward vio el calendario central que, durante su ausencia, la ciudad se había movido setenta y tres millas y que aún estaba atrasada ocho millas con respecto al óptimo. Según su propia y subjetiva escala de tiempo, Helward había estado ausente no más de tres millas.

Aceptó todos estos hechos. La reacción vendría luego. Entre tanto, era inminente otro ataque.

TERCERA PARTE

CAPÍTULO UNO

El valle estaba oscuro y silencioso. En la margen Norte del río vi que se encendía dos veces una luz roja. Después, nada.

Segundos más tarde escuché el ruido de los guinches, y la ciudad comenzó a avanzar un ruido resonaba por todo el valle.

Yo estaba tendido, con otros treinta hombres, entre los espesos matorrales que cubrían la ladera de la colina. Me hablan reclutado para trabajar temporalmente en la milicia durante el cruce más crítico de la ciudad. Se esperaba un tercer ataque en cualquier momento y se pensaba que, una vez que la ciudad llegara a la orilla Norte del río, debido a las características del terreno circundante podría detenerse durante un tiempo lo suficientemente largo como para poder extender las vías hasta la cima del cerro. Cuando alcanzara ese punto, podría volver a defenderse durante la siguiente etapa de tendido de rieles.

Sabíamos que, en algún lugar del valle, había unos ciento cincuenta lugareños armados con rifles, que representaban un enemigo formidable. La ciudad contaba sólo con doce rifles obtenidos de los nativos, pero las municiones se habían agotado en el segundo ataque. Nuestras únicas armas verdaderas eran las ballestas —mortíferas a corta distancia— y el saber apreciar el valor del trabajo de inteligencia. Era este último el que nos había permitido preparar la reserva de contraataque, de la cual yo formaba parte.

Unas horas antes, mientras caía la noche, hablamos tomado esta ubicación, desde donde dominábamos el valle. Las fuerzas principales de defensa eran tres filas de ballesteros desplegadas alrededor de la ciudad. Cuando ésta comenzara a cruzar el puente, la milicia retroceden a hasta ubicarse en puestos defensivos junto a las vías. Los nativos concentrarían sus descargas sobre estos hombres, y en ese momento nosotros les tenderíamos una emboscada.

Con suerte, no sería necesario el contraataque. Aunque el servicio de inteligencia había indicado la posibilidad de otra incursión, se había terminado de construir el puente antes de lo pensado, y confiábamos en que la ciudad pudiese cruzar a la ribera opuesta al amparo de la noche, antes de que los nativos cayesen en la cuenta.

Pero en el valle silencioso el ruido de los guinches era inconfundible.

El extremo delantero de la ciudad llegaba a tocar el puente cuando se oyeron los primeros tiros. Calcé una flecha en mi arco y apoyé la mano sobre el pestillo de seguridad.

Era una noche nubosa, y la visibilidad, muy pobre. Yo había visto los fogonazos de los rifles, y deducía que los nativos estaban dispuestos en un semicírculo, aproximadamente a cien metros de nuestros hombres. No podía saber si sus balas habían dado en el blanco, pero hasta ahora no se oían tiros en respuesta.

Más rifles dispararon. Advertimos que nos iban cercando. La mitad de la mole de la ciudad estaba sobre el puente... y seguía avanzando.

Allá abajo se oyó un grito distante:

—¡Luces!

Instantáneamente se encendió una batería de arcos voltaicos ubicados en la parte posterior de la ciudad, proyectando luz sobre las cabezas de los ballesteros, hacia la zona aledaña. Allí estaban los nativos, que no tomaban precaución alguna por ocultarse.

La primera fila de ballesteros arrojó sus flechas, se agachó y comenzó a recargar sus arcos. La segunda fila disparó, se agachó y recargó. La tercera fila disparó, recargó.

Tomados por sorpresa, los lugareños sufrieron varias bajas, pero ahora se arrojaban al suelo y tiraban apuntando a lo que alcanzaban a ver de sus enemigos: las siluetas negras recortadas contra la luz de los reflectores.

—¡Apagar las luces!

De inmediato se hizo la oscuridad y se dispersaron los soldados. Segundos más tarde las luces volvieron a prenderse, y los ballesteros dispararon desde sus nuevas posiciones.

Una vez más los nativos fueron tomados desprevenidos, sufriendo más bajas. Se apagaron las luces, y en la súbita tiniebla los soldados regresaron a su antigua posición. Se repitió la maniobra.

Al escucharse un grito desde abajo, se encendieron las luces y vimos que nos atacaban. La ciudad se hallaba encima del puente.

De repente se produjo una fuerte explosión y una llamarada se incrustó en el costado de la ciudad. Un instante después hubo una segunda detonación en el puente mismo, y las llamas se propagaron por el andamiaje de madera.

—¡Pelotón de reserva, listo!

Me paré y esperé las órdenes. Ya no sentía miedo y había desaparecido la tensión de las horas de espera.

—¡Avancen!

Los arcos voltaicos seguían iluminando, y así pudimos ver claramente a los nativos, la mayoría de los cuales estaban trenzados en combate cuerpo a cuerpo con la defensa principal, pero había varios más tirados en el suelo, apuntando cuidadosamente. Consiguieron hacer apagar dos faroles.

Las llamas en el costado de la ciudad y en el puente continuaban diseminándose.

Vi a un nativo cerca de la orilla del río, alzando el brazo para arrojar un cilindro metálico. Yo estaba a unos veinte metros. Apunté, solté el seguro... y le di al hombre en el pecho. La bomba incendiaria estalló a unos pocos metros de él. Tal como habíamos previsto, el contraataque tomó por sorpresa al enemigo. Logramos bajar tres hombres más, pero de pronto ellos echaron a correr hacia el Este, internándose en las sombras del valle.

Durante unos minutos hubo una considerable confusión. La ciudad se estaba incendiando. Debajo de ella, el puente ardía vorazmente en dos puntos distintos. Evidentemente, lo más apremiante era dominar el fuego, pero nadie estaba seguro de que todos los nativos se hubiesen replegado.

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