La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
– Esto ha sido un shock para usted, señora Clutton -empezó a decir el policía-. ¿Se siente con fuerzas para responder a unas preguntas? Siempre resulta útil ir a los hechos lo antes posible, pero si prefiere esperar, volveremos mañana temprano.
– No, por favor, preferiría contárselo ahora. Estoy bien. No quiero esperar toda una noche.
– ¿Puede decirnos exactamente qué sucedió desde el momento en que el museo cerró esta tarde hasta ahora? Tómese el tiempo que necesite. Intente recordar todos los detalles, aunque parezcan insignificantes.
Tally le contó su historia. Bajo los atentos ojos de Dalgliesh, supo que la estaba contando bien y con claridad. Sintió una necesidad irracional de obtener su aprobación. La señorita Miskin había extraído un bloc y estaba tomando notas discretamente, pero cuando Tally desvió la vista hacia ella, advirtió que la miraba fijamente. Ninguno de los dos la interrumpió.
Al final, Dalgliesh dijo:
– El conductor que la atropello y luego se dio a la fuga… Ha dicho que su rostro le resultaba vagamente familiar. ¿Cree que conseguiría recordar quién es o dónde lo ha visto?
– No lo creo. Si de veras lo hubiese visto antes, seguramente lo habría recordado enseguida. Tal vez no el nombre, pero sí dónde lo había visto. En cambio, fue algo mucho menos… certero. Es sólo que tengo la impresión de que es muy conocido, de que quizás haya visto su fotografía en alguna parte; pero claro, también es posible que se parezca a alguien conocido, a un actor de televisión, un deportista o un escritor, alguien así. Lamento no poder serles de más utilidad.
– Nos ha sido de gran utilidad, señora Clutton. Le pediremos que pase por el Yard en algún momento mañana, cuando le venga bien, para mirar algunas fotos de caras y puede que para hablar con uno de nuestros retratistas. Juntos tal vez logren trazar un retrato robot. Evidentemente, tenemos que tratar de encontrar a ese conductor.
En ese momento, Muriel entró con el café. Lo había preparado con grano recién molido y el aroma inundó la casa. La señorita Miskin se acercó a la mesa y lo tomaron juntos. Acto seguido, a invitación de Dalgliesh, Muriel contó su historia.
Se había ido del museo a las cinco y cuarto. El museo cerraba a las cinco y ella normalmente se quedaba a terminar su trabajo hasta las cinco y media salvo los viernes, cuando intentaba marcharse un poco antes. Junto con la señora Clutton habían comprobado que todos los visitantes se hubiesen marchado. Luego había llevado en coche a la señora Strickland, una voluntaria, hasta la estación de metro de Hampstead y de ahí había ido a casa a South Finchley, adonde había llegado hacia las seis menos cuarto. No se fijó en la hora exacta en que Tally la llamó a su móvil, pero creía que eran sobre las siete menos veinte. Había vuelto al museo de inmediato.
– Es posible que el fuego se originase al prender gasolina -intervino la inspectora Miskin-. ¿Guardan gasolina en las instalaciones? Y si es así, ¿dónde, exactamente?
Muriel miró a Tally antes de responder.
– La gasolina se traía para la cortadora de césped. El jardín no es responsabilidad mía, pero sabía que el combustible estaba allí, como todo el mundo, creo. Le advertí varias veces a Ryan Archer, el ayudante de jardinería, que el cobertizo debía estar cerrado. El equipo y las herramientas son caros.
– Pero, que ustedes sepan, ¿se cerraba alguna vez con llave el cobertizo?
– No -respondió Tally-, la puerta no tiene cerradura.
– ¿Alguna de las dos recuerda cuándo fue la última vez que vieron el bidón de gasolina?
Ambas mujeres volvieron a intercambiar una mirada.
– Hace tiempo que no voy al cobertizo -dijo Muriel-. No recuerdo cuándo fue la última vez.
– Pero sí habló con el jardinero sobre cerrarlo con llave. ¿Cuándo fue eso?
– Poco después de que nos trajeran la gasolina. Lo hizo la señora Faraday, la voluntaria que trabaja en el jardín. Creo que fue a mediados de septiembre, pero ella le facilitará la fecha con mayor exactitud.
– Gracias. Necesitaré los nombres y direcciones de todo el personal que trabaja en el museo, incluyendo los voluntarios. ¿Es ésa una de sus responsabilidades, señorita Godby?
Muriel se ruborizó ligeramente.
– Desde luego -respondió-. Les daré los nombres esta noche, si lo desean. Si van a ir al museo a hablar con el señor y la señorita Dupayne, podría ir con ustedes.
– No será necesario -dijo el comandante-. El señor Dupayne me facilitará los nombres. ¿Sabe alguna de ustedes el nombre del taller adonde el señor Dupayne llevaba su Jaguar?
– Se encargaba del mantenimiento el señor Stan Carter -respondió Tally-, del taller Duncan’s, en Highgate. A veces lo veía cuando traía el coche después de una reparación y charlábamos un rato.
Aquélla fue la última pregunta. Los dos policías se levantaron. Dalgliesh le tendió la mano a Tally y dijo:
– Gracias, señora Clutton. Nos ha servido de gran ayuda. Uno de mis agentes se pondrá en contacto con usted mañana. ¿Estará aquí? No creo que sea demasiado agradable quedarse en la casa esta noche.
– Me he ofrecido a quedarme a pasar la noche con la señora Clutton -intervino Muriel en tono frío-. Por supuesto, a la señorita Dupayne no se le ocurriría dejar que se quedase aquí sola esta noche. Volveré al trabajo, como de costumbre, el lunes a las nueve, aunque imagino que el señor y la señorita Dupayne querrán cerrar el museo, al menos hasta después del funeral. Si me necesitan mañana, podría ir, por supuesto.
– No creo que eso sea necesario -repuso Dalgliesh-. Necesitaremos que tanto el museo como las instalaciones queden cerrados al público, al menos los siguientes tres o cuatro días. Los agentes de policía se quedarán aquí para vigilar hasta que el cadáver y el coche hayan sido retirados. Esperaba que fuese esta noche, pero al parecer no sucederá hasta primera hora de la mañana. En cuanto al conductor que vio la señora Clutton, ¿la descripción que ha hecho de él le resulta familiar?
– En absoluto -respondió-. Parece un visitante típico del museo, pero nadie a quien reconozca específicamente. Es una lástima que Tally no memorizase el número de la matrícula. Lo más extraño es lo que dijo. No sé si visitó usted la Sala del Crimen, comisario, cuando estuvo aquí con el señor Ackroyd, pero uno de los casos que se exhiben es una muerte debida a un incendio.
– Sí, conozco el caso Rouse. Y recuerdo lo que dijo éste.
Dalgliesh guardó silenció, como si aguardara a que una de ellas hiciese algún comentario adicional. Tally lo miró y luego observó a la inspectora Miskin. Ninguno de los dos dejaba traslucir nada.
– ¡Pero no es lo mismo! -exclamó Tally al fin-. No puede serlo. Esto fue un accidente.
Siguieron callados y por fin Muriel dijo:
– El caso Rouse no fue un accidente, ¿no?
Nadie respondió. La mirada de Muriel, cuyo rostro estaba colorado, se desplazó del comandante a la inspectora Miskin como si buscase desesperadamente una señal tranquilizadora.
– Todavía es demasiado pronto para decir con absoluta certeza por qué murió el doctor Dupayne -explicó Dalgliesh con calma-. Lo único que sabemos por el momento es la causa de su muerte. Veo, señora Clutton, que tiene usted cerraduras de seguridad en la puerta principal y pestillos en las ventanas. No creo que corra ningún peligro aquí, pero no estaría de más que se asegurase de que lo cierra todo con cuidado antes de irse a la cama. Y no abra la puerta a nadie después de que anochezca.
– Nunca lo hago -contestó Tally-. Nadie que yo conozca vendría después de que cierra el museo sin llamar antes. Pero nunca he sentido miedo aquí. Estaré bien una vez que pase esta noche.