La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
Kate procedió a ponerlo al corriente mientras él sacaba del coche las bolsas y los cuatro equipos de ropa protectora.
– Llegamos hace sólo unos cinco minutos, señor. El agente de investigación de incendios del laboratorio se encuentra en la escena del crimen. Los fotógrafos ya se marchaban cuando hemos llegado.
– ¿Y la familia?
– El señor Marcus Dupayne y su hermana, la señorita Caroline Dupayne, están en el museo. Fue la encargada del mantenimiento, la señora Tallulah Clutton, quien descubrió el fuego. Está en la casa donde vive, detrás del museo, con la señorita Muriel Godby, que trabaja como secretaria y recepcionista. Aún no hemos hablado con ellas, salvo para decirles que venía de camino.
Dalgliesh se dirigió a Piers.
– Diles que me reuniré con ellos lo antes posible, ¿quieres? Primero con la señora Clutton y después con los Dupayne. Mientras tanto, será mejor que tú y Benton-Smith hagáis un reconocimiento rápido del terreno. Probablemente sea una tarea inútil y no podamos realizar ninguna inspección en condiciones hasta mañana, pero conviene hacerlo de todos modos. Luego, reunios conmigo en la escena del crimen.
Él y Kate se dirigieron juntos al lugar del incendio. Unas lámparas de arco brillaban en lo que quedaba del garaje y, al acercarse, Dalgliesh vio la escena tan exageradamente iluminada y preparada como si se dispusieran a filmarla. Sin embargo, ése era el aspecto que una escena del crimen, una vez iluminada, tenía para él; esencialmente artificial, como si el asesino, al destruir a su víctima, hubiese robado hasta los objetos comunes que la rodeaban de cualquier semejanza con la realidad. Los vehículos del cuerpo de bomberos se habían marchado, y los camiones habían horadado profundos surcos en los márgenes de césped ya aplanados por el peso de las mangueras enroscadas.
El agente de investigación de incendios lo había oído aproximarse. Medía más de metro ochenta, tenía un rostro curtido y pálido y una espesa cabellera pelirroja. Llevaba puesto un mono de color azul y botas de lluvia y, colgada al cuello, una máscara protectora. Con su mata de pelo color fuego, que ni siquiera las lámparas de arco lograban eclipsar, su cara huesuda, la postura hierática que adoptó por un instante, semejaba un guardián de las puertas del Averno, y sólo le faltaba una espada para completar la ilusión. Acto seguido, ésta se desvaneció cuando se acercó con paso vigoroso y estrechó con fuerza la mano de Dalgliesh.
– ¿Comisario Dalgliesh? Soy Douglas Anderson, agente de investigación de incendios. Le presento a Sam Roberts, mi ayudante. -Sam resultó ser una chica delgada y con un aire de determinación casi infantil bajo una melena oscura.
Tres figuras, calzadas con botas y vestidas con batas blancas pero con las capuchas echadas hacia atrás, permanecían de pie un poco separadas las unas de las otras.
– Me parece que ya conoce a Brian Clark y a los demás -añadió Anderson.
Clark levantó un brazo en señal de que lo había reconocido, pero no se movió del sitio. Dalgliesh nunca lo había visto estrecharle la mano a nadie, aun cuando el gesto hubiese sido apropiado. Era como si temiese que el mínimo contacto humano pudiese transferir elementos capaces de alterar las pruebas. Dalgliesh se preguntó si los invitados a cenar a casa de Clark corrían el riesgo de ver que éste etiquetaba las tazas del café como pruebas o para detectar las huellas digitales. Clark sabía que la escena de un crimen no podía tocarse hasta que el oficial al mando de la investigación la hubiese visto y los fotógrafos hubieran hecho su trabajo, pero no intentó disimular su impaciencia por ponerse manos a la obra cuanto antes. Sus dos colegas, más relajados, estaban detrás de él, a escasos centímetros, como si fuesen un par de ayudantes de campo ataviados para la ocasión que aguardaran a interpretar su papel en algún rito esotérico.
Dalgliesh y Kate, ya con bata blanca y guantes, se dirigieron hacia el garaje. Lo que quedaba de él estaba a unos veinte metros de la pared del museo. El techo había desaparecido casi por completo, pero las tres paredes aún se mantenían en pie y en las puertas abiertas no había señales del fuego. La única señal que quedaba de los árboles jóvenes que lo rodeaban eran unas astillas renegridas. A aproximadamente ocho metros del garaje había otro cobertizo más pequeño con un grifo de agua a la derecha de la puerta. Sorprendentemente, el fuego sólo lo había chamuscado un poco.
Mientras Kate permanecía en silencio a su lado, Dalgliesh se paró un momento a la entrada del garaje y contempló el lugar. La intensa luz de las lámparas de arco hacía que los contornos de los objetos aparecieran bien definidos y los colores apagados, salvo en la parte delantera del largo capó del coche, que, intacta, relucía como si acabaran de pintarla. Las llamas habían trepado hasta el techo de plástico ondulado, y Dalgliesh vio a través de los bordes ennegrecidos por el humo el cielo nocturno tachonado de estrellas. A su izquierda y a un metro y medio del asiento del conductor del Jaguar había una ventana cuadrada, con el cristal roto y ahumado por el fuego. El garaje, pequeño, de techo bajo, era a todas luces un cobertizo de madera reformado. Había, poco más o menos, un metro y veinte centímetros de espacio a cada lado del coche, y unos treinta centímetros entre la parte delantera del capó y las puertas dobles. La puerta que había a la derecha de Dalgliesh estaba abierta de par en par, mientras que parecía como si alguien hubiese empezado a cerrar la que estaba a su izquierda, del lado del conductor del coche. Había cerrojos en lo alto y al pie de la puerta izquierda, mientras que la derecha estaba provista de una cerradura Yale. Dalgliesh advirtió que la llave se encontraba en su sitio. A su izquierda había un interruptor, y observó que la bombilla había sido extraída de su portalámparas. En el ángulo que se formaba entre la puerta semicerrada y la pared vio un bidón de gasolina de cinco litros tirado de costado. Le faltaba el tapón de rosca y el fuego no lo había tocado.
Douglas Anderson estaba de pie justo detrás de la portezuela entreabierta del coche, atento y silencioso como un chófer que los invitara a ocupar sus asientos. Dalgliesh se acercó al cadáver, seguido de Kate. Estaba echado hacia atrás en el asiento del conductor y vuelto ligeramente hacia la derecha, con los restos del brazo izquierdo a un costado y el derecho extendido y rígido en una parodia de protesta. Vio el cúbito y unos cuantos fragmentos quemados de ropa adheridos a una hebra de músculo. Todo cuanto podía arder en una cabeza había sido destruido, y el fuego se había extendido justo hasta por encima de las rodillas. El rostro, calcinado hasta el punto de haber perdido las facciones, estaba vuelto hacia él, y la cabeza, negra como una cerilla gastada, parecía anormalmente pequeña. Tenía la boca abierta en una mueca, como si se burlara de aquella cabeza grotesca. Sólo los dientes, de un blanco reluciente que contrastaba con la carne carbonizada, y una pequeña porción de cráneo fracturado revelaban que el cadáver correspondía a un ser humano. El coche olía a carne y tela quemadas y, de forma menos convincente pero inconfundible, a gasolina.
Dalgliesh miró a Kate, cuya cara aparecía verdosa bajo el resplandor de las luces y petrificada en una máscara de entereza. Recordó que ella le había confesado en cierta ocasión que temía el fuego; no recordaba cuándo ni por qué, pero aquello había quedado grabado en su mente como todas las insólitas confidencias que le hacía. El afecto que sentía por ella estaba profundamente arraigado en su compleja personalidad y en su experiencia en común. Sentía respeto por sus cualidades como agente de policía y por la valiente determinación que la había llevado a donde estaba en ese momento, un anhelo seudopaternal por su seguridad y su éxito, así como por la atracción que sentía por él como mujer. Esto último nunca se había manifestado abiertamente. Dalgliesh no se enamoraba con facilidad y la inhibición ante la posibilidad de mantener una relación sexual con una colega era para él -y suponía que también para Kate- absoluta. Al observar las rígidas facciones de ésta sintió una súbita oleada de afecto protector, y por un instante se le pasó por la cabeza inventarse una excusa para relevarla del trabajo y llamar a Piers, pero no dijo nada. Tanto éste como Kate eran demasiado inteligentes para no darse cuenta de su argucia, y Dalgliesh no tenía ningún deseo de humillarla, sobre todo ante un colega masculino. Instintivamente se acercó un poco más a ella, que se enderezó tras rozarle por unos segundos el brazo con un hombro. Kate estaría bien.