La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
– ¿Cuándo llegaron los bomberos? -preguntó Dalgliesh.
– Hacia las siete menos cuarto. Cuando vieron que había un cadáver en el coche llamaron al asesor de Homicidios, Charlie Unsworth. Es posible que lo conozca, señor. Cuando trabajaba en la policía de Londres, era agente especializado en escenas del crimen. Realizó la inspección preliminar y no tardó en llegar a la conclusión de que la muerte era sospechosa, de modo que llamó a la unidad de investigación de incendios. Como sabe, estamos de guardia las veinticuatro horas, y llegué aquí a las siete y veintiocho. Decidimos comenzar la investigación de inmediato. Los de la funeraria recogerán el cuerpo en cuanto terminen ustedes. Ya he avisado al depósito. Hemos realizado una inspección preliminar del coche, pero lo trasladaremos a Lambeth. Es probable que haya huellas.
Dalgliesh pensó en su último caso, en la Universidad de Saint Anselm. Si el padre Sebastian estuviese donde estaba él en ese momento, habría hecho la señal de la cruz. Su propio progenitor, un sacerdote anglicano moderado, habría inclinado la cabeza en actitud de oración y habría pronunciado las palabras, santificadas por siglos de uso. Ambos, pensó, eran afortunados por poder invocar respuestas instintivas capaces de otorgar a aquellos restos horriblemente carbonizados el reconocimiento de que alguna vez habían sido un ser humano. Se imponía la necesidad de dignificar la muerte, de afirmar que aquel cadáver, que pronto se convertiría en prueba policial que etiquetar, transportar, diseccionar y evaluar, aún tenía una importancia más allá del armazón calcinado del Jaguar o de los tocones de los árboles muertos.
Al principio, Dalgliesh dejó que fuese Anderson quien hablase. Era la primera vez que se veían, pero sabía que el agente era un hombre con más de veinte años de experiencia en muertes por incendio. Era él, y no Dalgliesh, el experto allí.
– ¿Qué puede decirnos? -le preguntó.
– No hay duda en cuanto al foco del fuego, señor: la cabeza y la parte superior del cuerpo. Como puede ver, las llamas han estado básicamente confinadas en la parte central del coche. Alcanzaron la capota y luego treparon hasta prender el plástico ondulado del techo del garaje. Los cristales de la ventana probablemente se resquebrajaron y la temperatura provocó una afluencia de aire y un aumento del fuego. Por eso éste se extendió a los árboles. De no haberlo hecho, es posible que se hubiese extinguido antes de que alguien se diese cuenta; alguien en el Heath o en Spaniards Road, me refiero. Por supuesto, la señora Clutton lo habría advertido enseguida al regresar, con llamas o sin ellas.
– ¿Y en cuanto a la causa del incendio?
– Gasolina, casi con seguridad. Por supuesto, eso podremos comprobarlo muy rápido. Estamos tomando muestras de la ropa y del asiento del conductor y el análisis del sniffer (el TVA 1000) nos dará una indicación inmediata de si hay carbohidratos presentes. Claro que, por supuesto, el sniffer no es específico. Necesitaremos una cromatografía de gas para la confirmación, y eso, como sabe, tarda una semana. Sin embargo, no creo que haga falta. Percibí el olor a gasolina de sus pantalones y de parte del asiento quemado en cuanto entré en el garaje.
– Y me imagino que eso de ahí es el bidón -señaló Dalgliesh-. Pero ¿dónde está el tapón?
– Aquí, señor. No lo hemos tocado. -Anderson los guió hacia la parte de atrás del garaje. El tapón estaba en el rincón del fondo.
– ¿Accidente, suicidio o asesinato? -inquirió Dalgliesh-. ¿Ha tenido tiempo de formarse una opinión provisional?
– No se trató de un accidente, eso se lo aseguro. Y no creo que fuese suicidio. Según mi experiencia, los suicidas que emplean gasolina no tiran el bidón. Por regla general lo encontramos a los pies del coche. Pero si se roció con gasolina y luego tiró el bidón, ¿por qué no está el tapón al lado o sobre la alfombrilla del coche? A mí me parece que alguien que estaba en el extremo izquierdo del garaje quitó el tapón, y éste no pudo ir rodando hacia el fondo. El cemento está bastante nivelado, pero el suelo hace pendiente desde la pared trasera hasta la puerta. Calculo que la inclinación debe de ser de unos diez centímetros como máximo, pero si el tapón hubiese salido rodando, lo habríamos encontrado cerca del bidón.
– Y el asesino -intervino Kate-, si es que lo hubo, estaba en la oscuridad; no había bombilla en el portalámparas.
– Si la bombilla se hubiese fundido -explicó Anderson-, lo lógico habría sido que la encontrásemos en su sitio. Alguien la quitó. Claro que pudieron hacerlo de manera del todo inocente, tal vez la señora Clutton o el propio Dupayne. Pero si una bombilla se funde, lo normal es dejarla donde está hasta cambiarla por otra. Y luego está el cinturón de seguridad. El fuego lo destruyó por completo, pero la hebilla metálica sigue en su sitio, lo que significa que se lo había abrochado. Nunca he visto eso en un caso de suicidio.
– Si temía cambiar de opinión en el último instante sí es posible que decidiese abrochárselo -apuntó Kate.
– Pero es poco probable. Con la cabeza rociada con gasolina y una cerilla encendida, ¿qué posibilidades hay de cambiar de opinión?
– Entonces, por el momento la reconstrucción de la escena sería así -dijo Dalgliesh-: el asesino quita la bombilla, permanece a oscuras al fondo del garaje, desenrosca el tapón del bidón de gasolina y espera, con las cerillas en la mano o en el bolsillo. Seguramente pensó que ya tenía bastante con sujetar el bidón y las cerillas y decidió tirar el tapón. Desde luego, no iba a arriesgarse metiéndoselo en el bolsillo, pues sabía que tendría que actuar con rapidez si quería salir del garaje sin quedar atrapado por el fuego. La víctima, suponiendo que sea Neville Dupayne, abre las puertas del garaje con la Yale. Sabe dónde encontrar el interruptor de la luz. Como ésta no se enciende, comprende o ve que falta la bombilla. Sólo tiene que recorrer unos pocos pasos para llegar al coche, de modo que no la necesita. Sube y se abrocha el cinturón. Eso es un poco extraño, porque sólo iba a salir del garaje antes de apearse para cerrar las puertas. Lo de abrocharse el cinturón quizá fuese instintivo. Luego, el agresor surge de entre las sombras. Tengo la impresión de que era alguien a quien la víctima conocía, alguien a quien no temía. Abre la portezuela del coche para hablar con él e inmediatamente éste lo rocía con gasolina. El agresor tiene las cerillas a mano, prende una, se la arroja a Dupayne y se aleja rápidamente. No quiere rodear el coche por la parte de atrás, pues perdería unos segundos preciosos. La verdad, tuvo suerte de salir ileso; así que cerró a medias la portezuela del coche para hacerse sitio para pasar. Puede que encontremos huellas, pero no lo creo. El asesino, si existe, debió de ponerse guantes. La puerta izquierda del garaje está entornada. Me imagino que pensó en cerrar ambas puertas del garaje para no dejar pasar el fuego y que luego decidió no perder más tiempo. Tenía que escapar.
– Las puertas parecen pesadas -comentó Kate-. A una mujer le resultaría difícil incluso cerrarlas a medias rápidamente.
– ¿Estaba la señora Clutton sola cuando descubrió el incendio? -preguntó Dalgliesh.