La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
En ese instante estaba diciéndole:
– No querrá quedarse esta noche sola. ¿Tiene parientes o amigos a cuya casa ir?
A Tally no se le había ocurrido pensar que se quedaría sola cuando todos se fuesen, y aquellas palabras venían a sumar una preocupación más. Si llamaba a Basingstoke, Jennifer y Roger estarían encantados de ir a Londres a recogerla con el coche. A fin de cuentas, no se trataría de una visita ordinaria, sino que la presencia de Tally, al menos por esa vez, sería una buena fuente de entretenimiento y conjeturas para todo el vecindario. Por supuesto, tendría que telefonearles, y más le valía hacerlo de inmediato, antes de que leyeran la noticia de la muerte en los periódicos. Sin embargo, decidió que podía esperar al día siguiente. En ese momento estaba demasiado cansada para hacer frente a sus preguntas y su inquietud. Sólo sabía una cosa con certeza: no quería irse de la casa. Tenía un temor seudosupersticioso de que una vez que la abandonase no volviera a acogerla nunca más.
– Aquí estaré bien, Muriel. Me he acostumbrado a la soledad. Siempre me he sentido segura aquí.
– Sí, pero a mí me parece que esta noche es distinto, ¿no cree? Ha sufrido una conmoción terrible. La señorita Caroline no querrá ni oír hablar de que se quede aquí sin compañía. Probablemente le sugiera que regrese con ella a la escuela.
Y eso, pensó Tally, era casi tan malo como la perspectiva de Basingstoke. Al instante, barajó unas cuantas objeciones: su camisón y su bata estaban limpios y en un estado más que respetable, pero eran viejos; ¿qué aspecto tendrían en el apartamento de la señorita Caroline en Swathling’s? ¿Y el desayuno? ¿Sería en el piso de la señorita Caroline o en el comedor de la escuela? Lo primero resultaría embarazoso. ¿Qué diablos iban a decirse la una a la otra? Sintió que no podría soportar la curiosidad ruidosa de una sala llena de adolescentes. Estas preocupaciones parecían pueriles y degradantes comparadas con el horror que se desarrollaba fuera, pero no lograba desterrarlas de su pensamiento.
Se produjo un silencio y a continuación fue Muriel quien habló.
– Podría quedarme aquí esta noche si quiere. No tardaré mucho en ir por mis cosas y volver. La invitaría a mi casa, pero tengo la impresión de que prefiere permanecer aquí.
A Tally parecían habérsele aguzado los sentidos. «Y tú preferirías quedarte aquí que tenerme en tu casa», pensó. El ofrecimiento tenía el doble propósito de impresionar a la señorita Caroline y al mismo tiempo ayudar a Tally. Pese a todo, ésta se sintió agradecida.
– Si no es demasiada molestia, Muriel -contestó-, me gustaría mucho tener un poco de compañía esta noche.
«Gracias a Dios -se dijo-, que la cama adicional siempre tiene sábanas limpias, aunque nunca espere a nadie. Meteré una botella de agua caliente mientras Muriel va a su casa, subiré una de las violetas africanas y pondré unos cuantos libros en la mesita de noche. Haré que se sienta cómoda. Mañana se llevarán el cadáver y estaré bien.»
Siguieron comiendo en silencio. De pronto, Muriel anunció:
– Tenemos que conservar el ánimo para cuando llegue la policía. Hemos de estar preparadas para sus preguntas. Creo que deberíamos ir con cuidado cuando hablemos con la policía; no queremos que se lleven una impresión equivocada, ¿verdad?
– ¿Qué quiere decir con que deberíamos ir con cuidado, Muriel? Les diremos la verdad y ya está.
– Pues claro que les diremos la verdad. A lo que me refiero es que no deberíamos contarles cosas que no sean asunto nuestro en realidad, cosas sobre la familia, como esa conversación que mantuvimos tras la reunión de los fideicomisarios, por ejemplo. No deberíamos decirles que el doctor Neville quería cerrar el museo. Si necesitan esa información, ya se la dará el señor Marcus. En el fondo no es asunto nuestro.
– No pensaba decírselo -repuso Tally con gesto de preocupación.
– Ni yo tampoco. Es importante que no se hagan una idea equivocada.
– Pero Muriel, fue un accidente, tiene que serlo -dijo Tally, horrorizada-. ¿Insinúa que la policía pensará que la familia ha tenido algo que ver? No pueden creer eso, es ridículo… ¡Es perverso!
– Claro que lo es, pero se trata de la clase de argumento al que la policía podría aferrarse. Sólo estoy advirtiéndole que deberíamos ir con cuidado. Y le preguntarán por ese conductor, por supuesto. Enséñeles la bicicleta destrozada. Eso será una prueba.
– ¿Prueba de qué, Muriel? ¿Acaso cree que pensarán que miento, que no ocurrió nada de eso?
– Quizá no lleguen tan lejos, pero necesitarán alguna clase de prueba. La policía no se cree nada. Los han entrenado para pensar así. Tally, ¿está absolutamente segura de que no lo reconoció?
Tally se sentía confusa. No quería hablar del incidente, ni en ese momento ni con Muriel.
– No lo reconocí -respondió-, pero ahora que lo pienso, tengo la sensación de haberlo visto antes. No recuerdo cuándo ni dónde, salvo que no fue en el museo. Me acordaría si viniese regularmente. A lo mejor he visto su foto en alguna parte, en los periódicos o en la televisión. O tal vez se parece a alguien famoso. Sólo es una impresión, pero no resulta de gran ayuda, imagino.
– Bueno, si no lo sabe, pues no lo sabe, pero tendrán que intentar encontrarlo. Es una pena que no se quedase con el número de la matrícula.
– Fue todo tan rápido, Muriel… Desapareció casi en cuanto me levanté. No caí en memorizar la matrícula, pero ¿por qué iba a hacerlo? Sólo fue un accidente, no estaba herida. Entonces ignoraba lo del doctor Neville.
Oyeron que alguien llamaba a la puerta principal. Antes de que Tally atinara a levantarse, Muriel ya había echado a andar. Regresó seguida de un hombre alto de pelo oscuro y de la mujer policía que había hablado con ellas antes.
– Éste es el comisario Dalgliesh, y ha vuelto con la detective inspectora Miskin -le explicó Muriel. A continuación se dirigió a Dalgliesh-: ¿Les apetece a usted y a su colega un poco de café? También hay té si lo prefieren. No tardará mucho.
Había empezado a amontonar platos y tazas en la mesa.
– Un poco de café estaría bien, muchas gracias -contestó Dalgliesh.
Muriel asintió con la cabeza y, sin añadir palabra, se llevó la bandeja repleta. «Se arrepiente de haberles ofrecido café -pensó Tally-. Preferiría quedarse aquí y escuchar lo que digo.» Se preguntó si el comisario no habría aceptado el café sólo porque prefería hablar con ella a solas. Se sentó a la mesa en la silla opuesta mientras la señorita Miskin ocupaba un lugar junto al fuego. Asombrosamente, Vagabundo dio un súbito salto y se acomodó en el regazo de la agente. Era algo que hacía rara vez, pero siempre con aquellos invitados que aborrecían los gatos. La señorita Miskin no pensaba dejar que Vagabundo se tomase confianzas con ella; con delicadeza pero con gesto firme, se lo quitó de encima para dejarlo sobre la alfombra.
Tally miró a Dalgliesh. Para ella, los rostros estaban suavemente modelados o bien labrados, y el del comisario estaba labrado: era apuesto y autoritario, y sus ojos oscuros tenían una expresión comprensiva. Además, poseía una voz atractiva, y las voces siempre habían sido importantes para ella. De pronto recordó las palabras de Murieclass="underline" «La policía no se cree nada. Los han entrenado para pensar así.»