La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
– Sí, señor. Regresaba a casa de una clase. No estoy seguro de qué es lo que hace aquí exactamente, pero creo que se encarga de las exposiciones, las limpia y les quita el polvo y todo eso. Vive en la casa pequeña que está al sur del edificio principal, frente al Heath. Llamó enseguida a los bomberos desde su casa y luego se puso en contacto con Marcus Dupayne y la hermana de éste, Caroline Dupayne. También llamó a la secretaria y recepcionista de aquí, la señorita Muriel Godby. Vive cerca y fue la primera en llegar. La señorita Dupayne fue la siguiente, y su hermano lo hizo poco después. Los mantuvimos a todos bien alejados del garaje. Los Dupayne quieren verlo cuanto antes e insisten en que no piensan marcharse hasta que el cadáver de su hermano haya sido retirado. Eso suponiendo que sea su cadáver.
– ¿Existe alguna prueba que sugiera que no lo es?
– Ninguna. Encontramos las llaves en el bolsillo de los pantalones. Hay una bolsa de viaje en el maletero, pero nada que confirme la identificación. Están sus pantalones, claro. Las rodillas no han resultado quemadas, pero yo no podría…
– Pues claro que no. Una identificación positiva puede esperar a la autopsia, sin que haya ninguna duda seria, claro.
Piers y Benton-Smith emergieron de la oscuridad por detrás del resplandor de las luces.
– No hay nadie en las inmediaciones -informó Piers-, ni vehículos sin identificar. En el cobertizo del jardín hay una cortadora de césped, una bicicleta y los utensilios de jardinería habituales. Ningún bidón de gasolina. Los Dupayne aparecieron hace unos cinco minutos. Se están impacientando.
«Es comprensible», pensó Dalgliesh; al fin y al cabo, Neville Dupayne era su hermano.
– Explicadles que antes tengo que ver a la señora Clutton -dijo-. Me reuniré con ellos lo antes posible. Luego, tú y Benton-Smith venid aquí. Kate y yo estaremos en la casa.
5
En cuanto llegó la brigada de bomberos, uno de los oficiales le sugirió a Tally que esperara en su casa, aunque se trataba de una orden más que de una invitación. Sabía que no querían que los estorbase y tampoco ella tenía ningún deseo de quedarse en los alrededores del garaje. Sin embargo, estaba demasiado nerviosa para permanecer encerrada entre aquellas cuatro paredes y decidió rodear la parte de atrás de la casa en dirección al aparcamiento hasta llegar al camino de entrada, donde se paseó esperando a oír el ruido del primer coche que se aproximara.
Muriel fue la primera en llegar. Había tardado más de lo que Tally esperaba. Cuando hubo aparcado su Ford Fiesta, Tally le explicó su historia. Muriel la escuchó en silencio y luego dijo con firmeza:
– No tiene ningún sentido que aguardemos fuera, Tally. Los bomberos no querrán que estemos en medio. El señor Marcus y la señorita Caroline llegarán en cuanto puedan. Será mejor que esperemos en la casa.
– Eso es lo que me ha dicho el oficial de los bomberos -repuso Tally-, pero es que necesitaba salir.
Muriel la miró fijamente bajo las luces del aparcamiento.
– Ahora, yo estoy aquí. Se encontrará mejor en la casa. El señor Marcus y la señorita Caroline sabrán dónde dar con nosotros.
De modo que regresaron juntas a la casa. Tally se sentó en su sillón habitual y Muriel frente a ella, y permanecieron en un silencio que ambas parecían necesitar. Tally no tenía ni idea de cuánto había durado; lo interrumpió el sonido de unos pasos en el camino. Muriel fue la más rápida en levantarse y se dirigió a la puerta. Tally oyó un murmullo de voces y luego vio a Muriel regresar, seguida del señor Marcus. Por espacio de unos segundos, lo miró con expresión incrédula: «Dios, se ha convertido en un anciano», pensó. Tenía el rostro lívido y los pronunciados pómulos cubiertos por una red de venillas rotas. Tras la palidez de su cara, los músculos de la mandíbula y en torno a la boca estaban tensos, de manera que la cara parecía medio paralizada. Cuando habló, a Tally le sorprendió que su voz apenas hubiese cambiado. Declinó el ofrecimiento de una silla y se quedó de pie muy quieto mientras ella narraba de nuevo su historia. Escuchó en silencio hasta el final. Con el deseo de encontrar algún modo, por insuficiente que fuese, de demostrarle que lo acompañaba en el sentimiento, le ofreció una taza de café. Él la rechazó tan bruscamente que Tally se preguntó si la habría oído.
– Tengo entendido que un agente de New Scotland Yard viene de camino -dijo el señor Marcus entonces-. Lo esperaré en el museo. Mi hermana ya está allí. Vendrá a verla luego.
No fue hasta que llegó al umbral de la puerta cuando se volvió hacia ella y le preguntó:
– ¿Está usted bien, Tally?
– Sí, gracias, señor Marcus. Estoy bien. -Se le quebró la voz y añadió-: Lo siento mucho, lo siento muchísimo.
Él asintió con la cabeza y pareció a punto de decir algo, pero salió en silencio. Al cabo de unos minutos, llamaron al timbre de la puerta. Muriel no tardó en abrir. Regresó sola junto a Tally para decirle que una agente de policía había ido para ver si se encontraban bien y comunicarles que el comisario Dalgliesh se reuniría con ellas lo antes posible.
A solas de nuevo con Muriel, Tally se arrellanó otra vez en su sillón. Con la puerta del porche y la principal cerradas, sólo había un dejo de olor acre a quemado en el vestíbulo, y sentada junto al fuego en la sala de estar casi se imaginaba que nada había cambiado ahí fuera. Las cortinas, con su estampado de hojas verdes, estaban cerradas para impedir el paso a la noche. Muriel había subido el gas del fuego casi hasta el máximo, e incluso Vagabundo había regresado misteriosamente y estaba estirado sobre la alfombra. Tally sabía que fuera habría voces masculinas, pies enfundados en botas pisando con fuerza la hierba mojada, el resplandor de las lámparas de arco, pero allí, en la parte trasera de la casa, todo era quietud. Se dio cuenta de que agradecía la presencia de Muriel, el control autoritario y tranquilo de ésta, y sus silencios, que no sólo no eran de censura sino que resultaban casi amigables.
En ese momento, Muriel se puso de pie y dijo:
– No ha cenado nada ni yo tampoco. Necesitamos comer. Quédese aquí sentada que yo me encargaré de todo. ¿Tiene huevos en la nevera?
– Sí, hay una huevera llena -contestó Tally-. Son de granja, pero me temo que no son orgánicos.
– Con que sean de granja ya está bien. No, no se mueva. Creo que seré capaz de encontrar lo que necesite.
Qué extraño resultaba, pensó Tally, sentir alivio en ese momento por tener la cocina inmaculada, por haber sacado un paño limpio del cajón esa misma mañana y por que los huevos fuesen frescos. De pronto la invadió un tremendo agotamiento de espíritu que nada tenía que ver con el cansancio. Recostándose de nuevo en el sillón, desplazó la mirada por la sala de estar, haciendo un inventario mental de todos los objetos como para asegurarse de que nada había cambiado y el mundo seguía siendo un lugar familiar. El consuelo de los pequeños ruidos que procedían de la cocina era casi sensualmente placentero, y cerró los ojos para escucharlos. Le pareció que Muriel había desaparecido largo rato, y entonces reapareció con la primera de dos bandejas y la sala de estar se inundó con el olor a huevos y tostadas con mantequilla. Se sentaron a la mesa la una frente a la otra. Los huevos revueltos estaban en su punto: cremosos, calientes y ligeramente picantes por la pimienta. Había una pizca de perejil en cada plato. Tally se preguntó de dónde habría salido antes de recordar que había puesto un manojo en una taza justo el día anterior.
Muriel había preparado té.
– Creo que el té va mejor que el café con los huevos revueltos, pero puedo preparar café si lo prefiere -le ofreció.
– No, gracias, Muriel -repuso Tally-. Así está perfecto. Es muy amable.
Lo era, en efecto. Tally no se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que empezó a comer. Los huevos revueltos y el té caliente la reanimaron. Sintió la tranquilizadora seguridad de que formaba parte del museo, de que no era sólo la encargada que lo limpiaba y cuidaba de él y agradecía el refugio que le proporcionaba su casa, sino que formaba parte del pequeño grupo de personas para las que el Dupayne era su vida compartida. Sin embargo, qué poco sabía de ellas… ¿Quién habría pensado que encontraría en la compañía de Muriel semejante consuelo? Había esperado que ésta se mostrase eficiente y serena, pero su amabilidad la había tomado por sorpresa. Si bien había que reconocer que las primeras palabras que había pronunciado Muriel al llegar habían sido para quejarse de que el cobertizo de la gasolina debería haber estado cerrado, que se lo había dicho a Ryan más de una vez, lo cierto era que se había olvidado de esa queja casi de inmediato y se había dedicado a escuchar la historia de Tally y a asumir el control de la situación.