La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Eso empeora la situación.
– Sí.
– Francamente, no apruebo su conducta -dijo Gabrielle-. Yo jamás me hubiera enfrentado a mis padres. Ni les hubiera engañado.
– ¿No cree que las mujeres debemos casarnos con el hombre del que estemos enamoradas? -preguntó Lucile.
– Desde luego. Siempre y cuando sea razonable. No me parece razonable que se case con maître Desmoulins.
– ¿Usted no lo haría? -inquirió Lucile como si se dispusiera a comprar un trozo de encaje y no supiera cuál escoger-. El caso, señora D’Anton, es que estoy muy enamorada de él.
– Lo dudo. Es usted muy joven, está enamorada del amor.
Lucile la observó con curiosidad.
– Antes de conocer a su marido, ¿se había enamorado otras veces?
– Sinceramente, no. No era ese tipo de chica.
– ¿Y cree que yo lo soy? Eso de estar enamorada del amor es lo que suelen decir las personas mayores, que se creen con derecho a mirarte con aires de superioridad y a juzgarte.
– Mi madre, que es una mujer con mucha experiencia, diría que está usted enamoriscada.
– Mi madre también tiene mucha experiencia -dijo Lucile.
Gabrielle se sentía confundida. No sabía qué hacer ni qué decir para lograr que esa desventurada muchacha recuperara el juicio.
– Mi madre me ha advertido que no debo criticar a los amigos de mi marido -dijo-. Pero en este caso… Lo cierto es que no es un hombre al que admiro…
– Eso es evidente.
Gabrielle recordaba el aspecto que ofrecía unos meses antes de dar a luz. Su estado, pese a sentirse muy feliz ante la perspectiva de ser madre, le había causado numerosos problemas. A finales del tercer mes tenía una barriga muy abultada, y sabía que después del parto la gente se pondría a contar los meses que habían transcurrido desde la boda. A medida que pasaba el tiempo, Georges-Jacques empezó a tratarla como a una desconocida. Sólo le hablaba sobre asuntos domésticos. Gabrielle echaba de menos el café, la compañía de los clientes masculinos, el mundo exterior.
¿Qué importaba que Georges trajera a sus amigos a casa? Pero Camille siempre estaba a punto de llegar o de marcharse. Cuando se sentaba lo hacía en el borde de la silla, y si permanecía quieto durante más de treinta segundos era porque estaba profundamente cansado. Su mirada expresaba una sensación de pánico y angustia. Cuando nació el niño, Gabrielle se sintió muy aliviada.
– Camille es como una nube en mi horizonte -dijo-. Una espina que tengo clavada en el corazón.
– ¿Suele usted emplear muy a menudo esas metáforas, señora D’Anton?
– Para empezar… Sin duda sabrá que no tiene dinero.
– En efecto, pero yo sí.
– Camille no puede vivir a costa de usted.
– Muchos hombres viven a costa de sus esposas. En algunos círculos, es una práctica perfectamente respetable.
– ¿Y qué me dice sobre… esos rumores entre su madre y él? No sé cómo decirlo…
– Yo tampoco -respondió Lucile-, aunque existen varias formas de expresarlo.
– Debería tratar de averiguar la verdad.
– Mi madre se niega a hablar conmigo. Puedo preguntárselo a Camille, pero seguramente me mentirá. Así que he decidido no darle más vueltas. Me paso todo el día pensando en él. Sueño con él… Le escribo cartas y luego las rompo. Imagino que de pronto me lo encontraré en la calle…
Lucile se detuvo y se pasó la mano por la frente como para apartar un imaginario mechón. Gabrielle la miró horrorizada. Está obsesionada, pensó. Lucile se miró con tristeza en el espejo.
En aquel momento se asomó a la puerta Catherine.
– Ha llegado el señor.
Gabrielle se levantó de un salto. Lucile se reclinó en la silla y flexionó las manos como un gato probando sus garras. Al cabo de unos segundos entró D’Anton.
– Se ha congregado una impresionante multitud ante los tribunales de justicia -dijo, quitándose el abrigo-. Como no quería meterme en líos, he decidido volver a casa temprano. El ambiente está muy cargado y todos gritan el nombre de Orléans. A los guardias no les interesa dispersar a la muchedumbre. Hola, Lucile. Al parecer, también tenemos problemas en casa. Camille no tardará en llegar. Se ha detenido a hablar con Legendre. Legendre -añadió-, es nuestro carnicero.
Cuando apareció Camille, Lucile se levantó apresuradamente, cruzó la habitación y le besó en los labios. Mientras lo hacía, dirigió la vista hacia el espejo. Camille le cogió las manos y se las devolvió, unidas como en una plegaria. Notó que Lucile estaba muy guapa con el pelo suelto, que enmarcaba sus pronunciados rasgos y su palidez. También notó que Gabrielle lo contemplaba con menos hostilidad que otras veces. Vio que ésta observaba a su marido, que a su vez observaba a Lucile. Vio a D’Anton pensando, por una vez ha dicho la verdad, no ha exagerado, Lucile es preciosa. Eso duró unos segundos. Luego, Camille sonrió. Sabía que las personas sentimentales le perdonarían todas sus locuras en nombre de su amor por Lucile, y sabía cómo despertar la compasión en la gente. Creía estar profundamente enamorado de Lucile; a fin de cuentas, ¿qué otra cosa podía ser esa sensual tristeza que observaba en el rostro de Lucile, y que sin duda expresaba también el suyo?
¿Por qué está tan alterada?, se preguntó. Deben de ser mis cartas. De pronto recordó lo que le había dicho Georges: «Dedícate a la prosa.» Quizá tuviera razón. Tenía muchas cosas que decir, y si conseguía reducir sus complejos y dolorosos sentimientos respecto a los Duplessis a unas pocas y reveladoras páginas, analizar el estado de la nación, en comparación con ello sería como un juego de niños. Por otra parte, aunque su vida era absurda y hacía sonreír a la gente, sus obras podían resultar patéticas y conmovedoras, y podían provocar abundantes lágrimas.
Durante medio minuto Lucile olvidó mirarse en el espejo. Por primera vez sintió que había cogido las riendas de su vida, que había dejado de ser una mera espectadora. ¿Pero cuánto tiempo duraría esa sensación? La presencia física de Camille la turbaba. Deseaba que se fuera, para poder imaginarlo de nuevo, pero no sabía cómo pedírselo sin que la tomara por una loca. Camille formó mentalmente la primera y la última frase de un panfleto político, pero sus ojos no se apartaron de Lucile. Dado que era muy miope, su mirada daba la impresión de una concentración tan intensa que Lucile sintió que le temblaban las rodillas. Ambos permanecieron inmóviles frente a frente, cada cual enfrascado en sus propios pensamientos, hasta que el momento pasó.
– De modo que ésta es la muchacha que siembra el caos en su casa y soborna a sirvientes y sacerdotes -dijo D’Anton-. ¿Conoce usted las comedias de un escritor inglés llamado Sheridan?
– No.
– Me pregunto si cree que la vida debe imitar el arte…
– Me conformo con que imite a la vida -respondió Lucile. De pronto observó el reloj y dijo-: Me van a matar.
Después de lanzar un beso a todos, cogió su sombrero y salió precipitadamente. Al salir se topó con una niña que al parecer estaba escuchando detrás de la puerta.
– Me gusta su chaqueta -le dijo a Lucile.
Aquella noche, al acostarse, Lucile pensó: «Creo que he conquistado a aquel hombre feo y corpulento.»
El 8 de agosto, el Rey fijó una fecha para la reunión de los Estados Generales: el 1 de mayo de 1789. Una semana más tarde, Briennne, el ministro de Finanzas, descubrió (o eso dijeron) que las arcas del Estado contenían el dinero suficiente para cubrir los gastos de una cuarta parte de un día. Inmediatamente declaró suspensión de pagos por parte del Gobierno. Francia estaba en quiebra. Su Majestad seguía cazando, y cuando no lograba cobrar una pieza anotaba en su diario: «Rien, rien, rien.» Brienne fue destituido.
Debido a la gravedad de los últimos acontecimientos, Claude se hallaba en París en lugar de encontrarse en Versalles. A media mañana se dirigió, bajo el sofocante sol de agosto, al Café du Foy. Otros años, en agosto, solía sentarse junto a una ventana abierta en su casa de campo de Bourg-la-Reine.