El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
– Supuse que estaríais en el bar -le dijo Rose.
– Quirke ha dejado de visitar los bares -dijo Phoebe en un tono que resultó al mismo tiempo altanero y rencoroso.
Rose enarcó una ceja al mirarle.
– ¿Cómo? ¿Ya no bebes?
Quirke se encogió de hombros, y Phoebe de nuevo contestó por él.
– Una sola vez por semana se toma una copa de vino conmigo. Soy su coartada.
– Entonces, no eres un alcohólico…
– ¿Pensabas que lo era?
– La verdad es que me lo pregunté. No te habrá ido mal dejar el whisky.
– Aquí se suele decir que «se le daba bien la botella» -dijo Phoebe. En todo el intercambio no había mirado a Quirke a la cara ni una sola vez.
– Sí -murmuró Rose. Miró a los ojos a Quirke, y sus ojos negros centellearon con una mirada traviesa, sonriente-. Se le daba igual de bien que el biberón al bebé.
Llegó la camarera y pidieron té. Quirke preguntó a Rose si la habitación era satisfactoria y de su gusto, a lo que Rose dijo que estaba bien, «muy curiosa, un tanto deslucida, muy del viejo mundo, como era de esperar». Quirke sacó la pitillera. Rose tomó un cigarrillo y él le dio fuego. Ella se inclinó un poco, rozándole con las yemas de los dedos el dorso de la mano. Cuando se quitó el cigarro de los labios él lo vio manchado de carmín. Se paró a pensar en las muchas veces que se había repetido esa pequeña escena: el gesto de inclinarse, la mirada rápida, cargada de ironía, desde la llama recién apagada, el roce de sus dedos en el dorso de la mano, el papel blanco del cigarrillo, de pronto manchado vívidamente. Ella le había pedido que la amase, que se quedara con ella. Entonces Sarah aún estaba viva, Sarah, quien…
– ¡Por Dios, deja ya de jugar con eso! -dijo Phoebe de manera cortante, y le sobresaltó. Miró con cara de no entender nada el bolígrafo de rosca; se había olvidado de que lo tenía en la mano-. Dame -dijo ella, por un momento revestida de impaciencia de matrona-, dámelo -y se lo arrebató para dejarlo caer en su bolso.
Siguió un silencio breve y tenso. Lo quebró Rose con un suspiro.
– Cuántas muertes -dijo-. Primero Josh, luego Sarah, ahora el pobre Garret -estaba mirando a Quirke-. Se tiene la impresión de que anda por ahí la de la guadaña, ¿no te parece? -y trazó un movimiento circular con el dedo, rematado por una uña escarlata-, y de que se vaya acercando cada vez más -Phoebe estaba mirando de nuevo por la ventana. Rose se volvió hacia ella-. Pero bueno, cariño, esto es demasiado lúgubre para ti, me hago cargo -puso una mano sobre la muñeca de la joven-. Cuéntame a qué te dedicas. Tengo entendido que estás trabajando… en un comercio, ¿no es así?
– En una sombrerería -dijo Quirke, y cambió de postura de manera ostensible.
Rose rió.
– ¿Y qué tiene de malo? Yo trabajé en varias tiendas, en comercios, como se dice aquí, cuando era joven. Mi padre tenía una tienda de comestibles… hasta que quebró, como tantos otros tenderos. Aquello fue en los tiempos duros.
– Y ahora hay que verte… -dijo Quirke.
Ella esperó un momento antes de contestar.
– Sí -dijo con voz queda-, hay que verme ahora.
Él miró a otra parte. Rose siempre era inquietante cuando le hablaba quedo, con dulzura.
Phoebe murmuró algo y se puso en pie y atravesó la sala y se marchó. Rose la miró con gesto pensativo y luego se volvió de nuevo a Quirke.
– ¿Tiene que llevar un luto tan marcado? Me parece un poco excesivo.
– ¿Te refieres al negro? Así es como va vestida siempre.
– ¿Por qué se lo permites?
– A Phoebe ni se le permite ni se le prohíbe nada. Ya es una mujer.
– No, no lo es -aplastó el cigarrillo en el cenicero de cristal que había en la mesa-. Sigues sin entender nada de las personas, Quirke. Y sabes menos aún de las mujeres -dio un sorbo del té y puso mala cara: se le había quedado frío. Dejó la taza en el platillo-. Pero hay algo en ella, algo nuevo -dijo-. ¿Tiene novio?
– Como bien has dicho, no sé nada.
– Pues debería importarte, deberías saber. Es de tu incumbencia -le dijo de manera cortante-. Se lo debes, te lo aseguro.
– ¿Qué es lo que le debo?
– Interés. Atención. Cuidado -sonrió de una manera casi compasiva-. Cariño.
Volvió Phoebe. Quirke la vio atravesar la sala. Sí, Rose tenía toda la razón, tuvo que reconocerlo; había algo nuevo en su hija. Estaba más pálida que nunca, pálida como el hielo, y sin embargo parecía que por dentro ardiera. Se sentó y alcanzó sus cigarrillos. Tal vez no estuviera precisamente encolerizada con él. Tal vez no estuviera siquiera encolerizada. Tal vez sólo fue que la llegada de Rose había despertado en ella recuerdos de cosas que preferiría tener olvidadas.
Apareció Mal. Vaciló en el arco de entrada, entre el vestíbulo y el salón de té, y lo escudriñó de ese modo provisorio con el que de un tiempo a esta parte acostumbraba a hacer cualquier cosa, con destellos en sus gafas de búho. Los vio y se acercó a ellos, pasando entre las mesas como si no viese del todo bien. Llevaba uno de sus trajes grises con un suéter gris por debajo, y una corbata de lazo azul oscuro. El cabello, que se había cepillado rigurosamente para atrás, le sobresalía formando puntas en la coronilla, y en cada una de las mejillas tenía una mancha amoratada de venas rotas. De un tiempo a esta parte, cada vez que Quirke veía a Mal, su cuñado se le antojaba un poco más reseco y polvoriento, como si algún fluido vital se le fuera escapando sin descanso y de una manera invisible. Se inclinó y estrechó con torpeza la mano de Rose. Daban ganas de llorar, pensó Quirke, sólo de ver ese suéter.
Salieron del salón y pasaron los cuatro al comedor para tomar asiento en la mesa que había reservado Quirke. Cuando remitió el aleteo de las servilletas y las cartas se hizo un denso silencio. Sólo Rose parecía encontrarse a sus anchas, mirando a los otros tres y sonriendo, como si estuviera en una galería y se dedicara a admirar los parecidos entre los diversos retratos de familia. Quirke reparó en que el rostro de Mal cuando miraba a Phoebe, a la que por tanto tiempo el mundo entero había tenido por hija suya, adquiría una expresión desdibujada, dolorida. Phoebe, por su parte, apenas levantó los ojos de la mesa. Quirke miró sus manos delgadas, blancas, como garras, sujetando la carta mientras la leía una y mil veces. Qué desdichada le parecía, qué desdichada y, sin embargo, ¿qué otra cosa había en ella? ¿Avidez? ¿Excitación?
– Bueno -dijo Rose en son de burla, animada, entornando los ojos-. ¿No es una delicia?
En una fría y gris mañana de verano, el juez Garret Griffin recibió cristiana sepultura al lado de su esposa, en el panteón de la familia, en Glasnevin. Formó una guardia de honor del Ejército, y a los muchos parientes se sumaron decenas de personas anónimas, pues el juez Griffin, como lo conocían todos, había sido una figura de gran popularidad en la ciudad. Políticos y prelados leyeron sus elogios. Al precipitarse sobre el féretro los primeros puñados de tierra comenzó a caer una lluvia fina. Sin embargo, nadie derramó una sola lágrima. La vida del Juez, según dijo el arzobispo en su homilía, en la misa fúnebre que se celebró en la capilla del cementerio, donde no cabía un alma, había sido una vida digna de celebración, una vida de plenitud y de cumplimiento, de servicio a la nación y devoción a la familia, de dedicación constante a la fe. Después, los apenados asistentes se mezclaron entre las tumbas, las mujeres hablando unas con otras en voz baja mientras los hombres fumaban, escondiendo subrepticiamente los cigarros en el puño cerrado. Comenzaron luego a marcharse los coches negros, triturando las ruedas la gravilla del camino.