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Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]

Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:

Tras ser herido en un campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial, Holger deja de ser un moderno soldado para encarnarse en un caballero armado, exiliado en un mundo de brujería y magia donde se libra una sangrienta guerra. La hechicera Le Fay utilizará su espada contra Caos; la doncella-cisne querrá que ayude a su apacible pueblo. Al principio, él se negará a servir a ambas en un intento de retornar a la realidad, pero la Tierra era su exilio: es aquí, bajo el ardiente aliento del dragón, donde deberá luchar y morir…
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Alianora intercambió una mirada con Holger. Tú lo conoces, decían sus ojos. Tú debes decidir.

—Hay algo más que audaces peligros —dijo Holger, tras cierta vacilación—. Pienso que podamos enfrentarnos a la magia negra.

Carahue movió una mano negligentemente.

—Vuestra espada es recta, y la mía curva —dijo sonriendo—. Así que entre ellas podremos coger a cualquier enemigo.

Holger se acarició la barbilla. Ciertamente que podría utilizar a otro hombre. Y al mismo tiempo sabía que Carahue debía tener razones para hacer aquello.

¿Era un agente de Caos? Resultaba posible, pero los recuerdos borrosos de Holger, en los que cada vez confiaba más, decían lo contrario. Se puso en el lugar del moro: buscaba a un hombre importante para algún propósito importante, y si fracasaba se convertiría en otro vagabundo caballeresco con una historia muy poco convincente. Sí, la memoria le decía que Carahue tenía ese tipo de mente, una curiosidad que le hacía atreverse a todo. Además, podía haber sospechado que sir Rupert de Graustark tenía alguna relación con la persona a la que estaba buscando: quizá pudiera saber dónde estaba esa persona. Pero aunque se equivocara, las tierras altas merecían una búsqueda. En cualquier caso, Carahue tenía buenos motivos para acompañar a sir Rupert.

—Deseo mucho el favor de vuestra compañía —le presionó el sarraceno—. Todavía más, desde luego, el favor de la vuestra, encantadora dama. Tanto lo deseo que, si aceptáis ser tan amables, insisto en que seáis mis invitados desde la última noche… No, no, no protestéis, no quiero oír hablar de ello.

Holger y Alianora le miraron, y él les devolvió la mirada. Debía estar absolutamente seguro de que se encontraban sin dinero, y se sacaba esa carta de la manga. Pero, aun así, la perspectiva de irse de Tarnberg sin tener que luchar con el tabernero resultaba irresistible.

—¡De acuerdo! —dijo Holger tendiéndole la mano. Carahue se la tomó—. ¿Nos juramos camaradería?

—Sí, por mi honor de caballero.

—Y por el mío —añadió Holger, sintiendo que su decisión había sido buena. Probablemente Carahue mantendría el juramento mientras durara el viaje; y una vez que él, Holger, tuviera a Cortana en sus manos, el sarraceno no podría ser una amenaza. Impulsivamente añadió—: Desnuda está la espalda sin hermano.

Carahue se sorprendió.

—¿Dónde aprendisteis eso? —le espetó.

—Bueno, me vino a la cabeza sin más. ¿Por qué lo preguntáis?

—En otro tiempo conocí a un hombre que solía decir eso. A decir verdad, el hombre al que busco —añadió Carahue mirándole detenidamente un momento antes de darse la vuelta—. Bien, cenemos y preparémonos para la partida. Pienso que mañana al amanecer será el mejor momento, ¿no creéis?

Durante el almuerzo fue una compañía entretenida, con bromas, canciones y recuerdos algo arriesgados. Después, él y Holger comprobaron el equipo que tenían. Su armadura era un corselete de acero, fulgurante por los hombros y con elaborados arabescos. Un cascos que terminaba en punta y tenía orejeras de cota de malla; espinilleras por encima de unas botas de cuero trabajado; su escudo consistía en una estrella de plata de seis puntas sobre un campo azul, borde de gules floreados en oro; sus armas incluían arco y flechas; montaba una esbelta yegua blanca. Afirmó que el caballo castrado pardo de Alianora tenía buenas carnes, y añadió que debían adquirir una muía en la que pudiera montar Hugi y que llevara un amplío suministro de alimentos. Empleó la mayor parte de la tarde en ajustar el precio de esos elementos.

Se fueron a la cama temprano, pero Holger permaneció despierto una hora. A pesar de todas las precauciones, estaba convencido de que Morgana le Fay acabaría por saber dónde se encontraba, si no lo sabía ya… y tendría que hacer algo.

18

Durante dos noches permanecieron con los campesinos. Holger, cuya lengua no era lo bastante rápida como para inventar sobre la marcha detalles creíbles, tenía que decir lo menos posible para no traicionarse ante Carahue. El sarraceno hablaba suficiente para ambos, brillantemente, galantemente, y miraba cada vez más a la joven. Esto hacía que el silencio de Holger se volviera cada vez más sombrío. Trataba de apartar sus celos —¿qué derechos podía tener sobre ella?—, pero no lo conseguía.

Al tercer día dejaron atrás los caminos, los campos y las casas. Aquella noche pernoctaron en la choza de un pastor, que les contó relatos horripilantes sobre atacantes salvajes, y otros todavía peores sobre los trolls que a veces se aventuraban hasta el valle. El suyo era el último alojamiento humano en su camino, salvo quizá los pueblos de caníbales.

De nuevo tuvieron que subir montañas, más empinadas y altas que las del este. Alianora dijo que se encontraban en las estribaciones de la titánica cordillera de Jótun.

—Y más allá no hay otra cosa que frío, oscuridad y hielo, iluminado por las luces septentrionales, pues ésa es la patria de los gigantes.

Su objetivo no estaba muy lejos de allí, sobre una corta meseta sobre las últimas cumbres. Pero al menos estaba a una semana de viaje, a través de tierras bastante duras.

Cabalgaron entre los riscos agrietados por los glaciares y peñascos mordidos por los vientos, subiendo y subiendo largas pendientes, sobre crestas tan afiladas como una cuchilla y a través de barrancos tan estrechos que apenas llegaba la luz a ellos. Los bosques se habían ido convirtiendo en escasos grupos de robles enanos retorcidos; la hierba era cada vez más escasa y rígida; el aire era frío por el día y helado por la noche, con nubes que se extendían por encima del pálido sol y sobre las brillantes estrellas. A menudo tenían que vadear riachuelos que caían en forma de torrentes desde las cumbres. Se esforzaban al máximo para que no se llevaran a sus animales, y se ahogaran. Hugi, cuyas cortas piernas apenas llegaban más abajo de los paquetes sobre los que montaba, era el único que no se empapaba. Y gritaba observaciones joviales, como «¡ah del barco!» y «¡estibar el palo de mesana!», que no eran muy apreciadas por sus compañeros. Carahue aspiraba por la nariz, estornudaba y lanzaba imaginativos juramentos al tiempo (negaba que en aquellas tierras hubiera clima), pero seguía unido a los demás.

—Cuando llegue a mi casa —dijo—, me tumbaré al sol bajo los naranjos floridos. Las esclavas tocarán música para mí y pondrán granos de uva en mi boca. Para mantenerme bien haré ejercicio: dos veces al día moveré los dedos. Al cabo de unos meses me cansaré de eso y partiré a otra búsqueda caballeresca: digamos que hasta el café más cercano.

—Café —dijo Holger suspirando. Incluso se estaba quedando sin el tabaco de Unrich, tabaco o lo que fuera.

Alianora se convertía en cisne de vez en cuando y volaba por delante para vigilar el camino. Cuando había desaparecido de la vista, el cuarto día, en lo desconocido, Carahue contempló a Holger con una sobriedad desacostumbrada.

—A pesar de su gusto por las ropas —dijo—, es una joven rara de encontrar.

—Lo sé —asintió Holger. —Perdonad mi atrevimiento al preguntároslo, pero Dios me dio ojos para ver. Ella no es vuestra amante, ¿verdad?

—No.

—Qué tonto sois.

Holger no podía ofenderse por ello. Probablemente tenía razón.

—Eso es lo que he estado diciéndole y diciéndole y diciéndole —intervino Hugi—. Los caballeros sois una raza extraña. Cruzan el mundo para rescatar una doncella y luego no saben qué hacer con ella, salvo llevarla a casa y quizá suplicarle un trozo de la cinta del cabello para ponerse en la manga. Es extraño que la raza no haya desaparecido.

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