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Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:

Augusta Ballinger estaba segura de que se trataba de un terrible error. No era posible que el temible, pomposo y peligrosamente perturbador conde de Graystone quisiera casarse con ella… porque se rumoreaba que la elegida tenía que ser un dechado de virtudes. Y todos sabían que ella, la última descendiente de los desenfrenados Ballinger de Northumberland, no respetaba las normas sociales. Con el fin de convencer al conde de que no es la esposa apropiada, planea un encuentro a medianoche. Pero al entrar en la casa por una ventana sólo consigue fortalecer la resolución de él: arrancar a besos la risa de esos labios de miel y enseñar buen comportamiento a la indomable jovencita. Pero un viejo enemigo irrumpe para amenazar el amor de los dos, su honor e incluso su vida.
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Augusta suspiró y salió. Cuando una se convertía en esposa, las flaquezas y cambios de humor de un esposo eran cuestión que debía tomarse en consideración. Sin embargo, para ser justa admitió que, a partir de la boda, Harry se había visto obligado a realizar algunos cambios en sus propias actitudes. Y se había rendido a la idea de que su hija pintara acuarela y leyera novelas.

Con una sonrisa alegre y conciliadora, Augusta entró en la biblioteca, y al verla, Harry se levantó tras el pulido escritorio. Al echarle un vistazo, Augusta olvidó la sonrisa alegre. La criada tenía razón. Estaba de un humor sombrío y peligroso. Se sintió impresionada por la frialdad y la dureza de la expresión del conde. Las líneas duras y severas del rostro le conferían un aire depredador.

– ¿Querías hablar conmigo?

– Así es.

– Si te refieres a la fiesta, está todo bajo control. Hace ya varios días que enviamos las invitaciones y han comenzado a llegar las respuestas por correo. He contratado a los músicos y los cocineros se han preocupado de encargar los suministros necesarios.

– No me importa la fiesta -la interrumpió Harry con tono cortante-. Acabo de sostener una conversación muy interesante con mi hija. Según ella, el día del almuerzo en el campo, mientras te dedicabas a ensalzar las virtudes de tu hermano, hablaste de un poema que te había dejado.

A Augusta se le secó la boca, aunque no sabía adónde se dirigía la conversación.

– Así es.

– Según parece, el poema hace referencia a las telarañas.

– Es un pequeño poema. No pensaba enseñárselo a Meredith, si era lo que temías. Y aunque lo hubiese hecho, no creo que la hubiera asustado. A los niños les gusta el terror.

Harry no hizo caso de las apresuradas explicaciones de la joven.

– No me preocupa esa cuestión. ¿Tienes todavía el poema?

– Sí, claro.

– Ve a buscarlo ahora mismo. Quiero verlo.

Augusta sintió un escalofrío.

– No entiendo, Graystone. ¿Para qué quieres el poema de Richard? No es muy bueno, hay partes incomprensibles. De hecho, es horrible. Lo conservo porque me lo dejó la noche que murió y me rogó que lo guardara. -Las lágrimas le quemaron los ojos-. Harry, está manchado de sangre. No podría haberlo tirado.

– Augusta, ve a buscarlo.

Confundida, la mujer movió la cabeza.

– ¿Para qué quieres verlo? -En ese instante, se le ocurrió una idea-. ¿Tiene algo que ver con tus sospechas?

– No puedo decírtelo hasta que lo vea. Tráemelo de una vez, Augusta. Tengo que verlo.

Vacilante, la mujer se dirigió hacia la puerta.

– No sé si quiero enseñártelo, al menos sin saber hacia dónde se dirigen tus sospechas.

– Quizá responda a algunas preguntas que me hago desde hace tiempo.

– ¿Se trata de alguna cuestión relacionada con el espionaje?

– Es una remota posibilidad. -Harry remarcó cada palabra entre dientes-. Sólo una posibilidad. En particular, si tu hermano trabajó para los franceses.

– ¡Richard no trabajó para los franceses!

– Augusta, no quiero oírte hablar más de esas complicadas teorías alrededor de las circunstancias que acompañaron la muerte de tu hermano. Hasta ahora, no tuve inconveniente en dejar que mantuvieses la ilusión tanto como desearas, y yo mismo te alenté. Pero ese poema cambia las cosas.

Augusta se sintió aturdida.

– No te lo enseñaré hasta que me prometas que no lo utilizarás para demostrar que Richard fuera culpable de traición.

– Me importa un ardite la culpa o la inocencia de tu hermano, pero necesito responder a otra serie de preguntas.

– Pero al responderlas, podrías alegar la culpa de Richard. ¿No es así?

Con dos largas y amenazadoras zancadas, Harry rodeó el escritorio y se detuvo junto a Augusta.

– Augusta, tráeme el poema.

– No, a menos que me des tu palabra de que no intentarás dañar de ninguna manera el recuerdo de Richard.

– Te doy mi palabra de que guardaré silencio con respecto al papel que pudo haber jugado, cualquiera que fuese. Eso es todo lo que puedo prometerte, Augusta.

– No es suficiente.

– ¡Maldición, mujer, es todo lo que puedo prometerte!

– No te daré el poema si existe la menor posibilidad de dañar la reputación de Richard. Mi hermano fue un hombre de honor y debo protegerlo ya que él no está aquí para poder hacerlo.

– ¡Maldita sea, señora esposa, harás lo que yo diga!

– Graystone, la guerra terminó. No se puede lograr ningún beneficio a través de ese poema. Es mío y pienso conservarlo. Nunca se lo mostraré a nadie y menos a alguien como tú que cree que Richard pudo ser culpable de alta traición.

– Tienes que obedecerme -dijo Harry con voz suave y mortífera-. Tráeme el poema de tu hermano enseguida.

– ¡Nunca! Y si tratas de quitármelo, te juro que lo quemaré. Prefiero destruirlo, aunque esté manchado con sangre de Richard, antes que permitir que lo uses para enlodar su memoria. -Augusta dio media vuelta y salió corriendo de la biblioteca.

Oyó un sonido ahogado de cristales rotos en el momento en que cerraba de golpe la puerta del dormitorio. Harry había lanzado algún objeto pesado y frágil contra la pared del estudio.

CAPÍTULO XII

Atónito ante su propio descontrol, Harry contempló furioso los fragmentos resplandecientes de cristal. Brillaban a la luz del sol como las piedras falsas que usaba Augusta orgullosa.

¿Cómo había permitido a su esposa llevarlo a semejante estado?

«Esa mujer me ha embrujado», pensó. En un momento, la deseaba con pasión desenfrenada, en otro, contemplaba la manera lenta pero segura como conquistaba el afecto de su hija, y al siguiente, lo hacía reír o lo distraía con algo imprevisible. Ahora, lo había llevado al borde de unos celos ardientes como jamás antes había experimentado.

Y lo peor, comprendió Harry, era que estaba celoso de un hombre muerto. Richard Ballinger: audaz, atrevido, atolondrado y, muy probablemente, traidor…

El hermano de Augusta había sido un hombre que, aun vivo, no habría constituido un rival en el terreno sexual. Pero estaba sepulto, era venerado como el último varón de los audaces Ballinger de Northumberland y ocupaba en el corazón de Augusta un sitio reservado. Encerrado en el reino seguro e intocable del más allá, Richard viviría siempre en la imaginación de Augusta como el ideal de los Ballinger de Northumberland, el glorioso hermano mayor cuyo honor y cuya reputación defendería hasta el fin su hermana.

– ¡Que te condenen al infierno, maldito canalla de Northumberland! -Harry volvió a la silla y se dejó caer en ella-. ¡Hijo de perra, si aún estuvieses vivo, te desafiaría!

Pero así cortaría cualquiera de los frágiles lazos que lo unían a su esposa, se recordó con amargura. No tenía más remedio que afrontar la lógica de la situación. Si surgiera la posibilidad de una prueba, sin duda Augusta se pondría del lado de su hermano, contra su esposo, como acababa de demostrarlo.

– ¡Canalla! -repitió Harry sin concebir otra palabra para describir al fantasma que rivalizaba con él por el afecto de Augusta.

«¿Cómo se lucha contra un fantasma?» Harry se hundió en la silla tras el escritorio y consideró la desastrosa situación desde todos los ángulos posibles.

Tenía que reconocer que había manejado mal la situación desde el principio. No debió de haber llamado a Augusta con tanta urgencia ni ordenado que le entregara el poema. Si hubiese conservado la cordura, lo habría hecho todo de manera diferente.

Mas la verdad era que no pensaba con la suficiente claridad. Cuando Meredith había asociado el poema de Richard Ballinger con el enigma de la telaraña de que se había ocupado su padre hacía un tiempo, Harry se había sentido urgido por una violenta necesidad de tenerlo en sus manos.

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