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Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:

Augusta Ballinger estaba segura de que se trataba de un terrible error. No era posible que el temible, pomposo y peligrosamente perturbador conde de Graystone quisiera casarse con ella… porque se rumoreaba que la elegida tenía que ser un dechado de virtudes. Y todos sabían que ella, la última descendiente de los desenfrenados Ballinger de Northumberland, no respetaba las normas sociales. Con el fin de convencer al conde de que no es la esposa apropiada, planea un encuentro a medianoche. Pero al entrar en la casa por una ventana sólo consigue fortalecer la resolución de él: arrancar a besos la risa de esos labios de miel y enseñar buen comportamiento a la indomable jovencita. Pero un viejo enemigo irrumpe para amenazar el amor de los dos, su honor e incluso su vida.
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– Tinta invisible. -Por un momento, Augusta se distrajo-. ¿Quieres decir que produce escritura invisible?

– Eso es.

– ¡Es maravilloso! Me encantaría tener esa tinta.

– En cualquier momento tendré el placer de prepararte una muestra. -Harry pareció divertido-. Pero te advierto que no es muy práctica para la correspondencia en general. El destinatario debe emplear el agente químico que haga visible la escritura.

– Se podría escribir el diario personal con esa tinta. -Augusta se interrumpió-. O sería mejor un código… Sí, me gusta más la idea del código.

– Sería preferible no tener ningún secreto que requiriese tinta invisible o un código.

Augusta no hizo caso del tono de advertencia.

– ¿Por eso pasaste tanto tiempo en el continente durante la guerra?

– Por desgracia, sí.

– Se suponía que te dedicabas a un estudio más profundo de los clásicos.

– Hice lo que pude, en especial mientras estuve en Italia y en Grecia. No obstante, la mayor parte del tiempo me dediqué a trabajar para la Corona. -Harry eligió un durazno de invernadero de la cesta-. Pero ya que no hay guerra me gustaría regresar al continente con fines más agradables. ¿Te gustaría ir, Augusta? Llevaríamos también a Meredith, por supuesto. Viajar es muy instructivo.

Augusta arqueó las cejas.

– ¿Quién crees que necesita instrucción: tu hija o yo?

– No cabe duda que Meredith sacará provecho de la experiencia. Tú no necesitarías salir del dormitorio para avanzar en tu educación. Y debo confesar que eres una alumna muy dispuesta.

A pesar de sí misma, Augusta se escandalizó.

– ¡Harry, a veces dices unas cosas horribles! Deberías avergonzarte.

– Perdóname, querida. No sabía que fueras una autoridad en materia de decoro. Me rindo ante tu conocimiento superior del tema.

– Harry, cállate o te tiraré por la cabeza lo que queda de comida.

– Como ordene la señora.

– Y ahora dime, ¿cómo puedes estar tan seguro de que mi hermano no participara en un trabajo secreto para la Corona?

– Lo más probable es que, si hubiese sido así, hubiera trabajado para mí, directa o indirectamente. Mi trabajo consistía en dirigir las actividades de quienes recogían información de sus respectivos contactos. Yo tenía que clasificar el material y separar el trigo de la paja.

Azorada, Augusta. movió la cabeza, incapaz de imaginar a Harry en una tarea semejante.

– Debió de haber mucha gente involucrada en esa tarea, tanto aquí como en el extranjero.

– En ocasiones, demasiada -admitió Harry en tono cortante-. En tiempo de guerra, los espías son como hormigas en una merienda al aire libre. En lo fundamental, eran una molestia, pero sin ellos no se podía hacer nada.

– Si son tan comunes como los insectos, ¿habría sido posible que Richard hubiese estado comprometido en esas actividades y tal vez no lo supieras? -insitió Augusta.

Por unos instantes, Harry masticó el durazno en silencio.

– Ya pensé en esa posibilidad y mandé hacer averiguaciones.

– ¿Qué clase de averiguaciones?

– Pedí a algunos de mis más antiguos camaradas que averiguaran si había habido posibilidad de que Richard Ballinger hubiese estado involucrado en tareas secretas. La respuesta es que no.

Augusta alzó las rodillas y las rodeó con los brazos, tratando de absorber el significado del tono concluyente de Harry.

– Aun así, pienso que mi pregunta tiene su lógica.

Harry guardó silencio.

– Tienes que admitir que existe una pequeña posibilidad de que Richard estuviese trabajando en algún asunto. Quizá descubriera algo por su cuenta y pensara llevarlo ante las autoridades.

Harry permaneció en silencio hasta terminar con el durazno.

– ¿Y bien? -exigió Augusta, tratando de ocultar la ansiedad que sentía ante la respuesta-. ¿No crees que existe una mínima posibilidad de que fuera así?

– Augusta, ¿quieres que te mienta?

– No, claro que no. -Apretó los puños-. Sólo quiero que admitas que es imposible que sepas todo lo referido a las actividades secretas durante la guerra.

Harry asintió con brusquedad.

– De acuerdo, lo admito. Nadie puede saberlo todo. En torno a la guerra se forma una espesa niebla. La mayoría de las acciones, tanto en el campo de batalla como fuera de él, ocurren en medio de una completa oscuridad. Y cuando la niebla se disipa, lo único que puede hacerse es contar los supervivientes. Jamás se sabe a ciencia cierta qué pudo ocurrir mientras lo cubría todo la niebla. Y tal vez sea mejor así. Estoy persuadido de que es preferible ignorarlo.

– Pero, ¿qué podía haber estado haciendo mi hermano? -lo desafió Augusta con tono amargo.

– Augusta, recuerda a tu hermano tal como lo conociste. Conserva esa imagen del último de los de Northumberland, audaz, atrevido, precipitado, y no te atormentes por lo que podía ocultar.

Augusta alzó el mentón.

– Te equivocas en un aspecto.

– ¿Cuál?

– Mi hermano no era el último de los de Northumberland: la última soy yo.

Lentamente, Harry se incorporó con helada expresión de advertencia.

– Ahora tienes una nueva familia. Tú misma lo dijiste la otra noche en la galería.

– He cambiado de opinión. -Augusta le dirigió una sonrisa de sospechosa luminosidad-. He llegado a la conclusión de que tus ancestros no son tan agradables como los míos.

– En ese sentido no te equivocas. Nadie ha dicho jamás que mis ancestros fuesen «agradables». No obstante, ahora eres la condesa de Graystone y cuidaré que no lo olvides.

Una semana más tarde, Augusta entró en la soleada galería del segundo piso y se sentó en un sofá frente al retrato de su bella antecesora. Contempló la engañosa imagen de serenidad de la anterior lady Graystone.

– Catherine, voy a reparar el daño que trajiste a esta familia -dijo en voz alta-. Tal vez yo no sea perfecta, pero sé amar y tú no creo que conocieras el significado de la palabra. En última instancia, no eras ningún ejemplo, ¿verdad? Desperdiciaste lo que tenías persiguiendo falsas ilusiones. Yo no soy tan estúpida -concluyó con firmeza.

Augusta dirigió una mueca al retrato y luego abrió la carta de su prima Claudia.

Mi querida Augusta:

Espero que todo marche bien con tu apreciable marido. Te echo de menos en la ciudad. La temporada toca a su fin y, sin ti, no es tan animada. He ido varias veces al Pompeya, como habíamos quedado, y disfruté mucho de las interesantes visitas a lady Arbuthnot. Debo decirte que es una mujer fascinante. Creí que me molestarían sus excentricidades, pero no es así. Me parece encantadora y me apena mucho que esté tan enferma.

Por otra parte, el mayordomo es ofensivo. Si pudiese dar mi opinión al respecto, no lo contrataría bajo ninguna circunstancia. A cada visita se vuelve más audaz, y temo que un día de estos me vea obligada a señalarle que ha sobrepasado el límite. Sigo pensando que me recuerda a alguien.

Para asombro propio, admito que disfruto del Pompeya. Claro que no apruebo cosas tales como el libro de apuestas. ¿Sabes que algunas han apostado sobre el tiempo que durará tu compromiso? Tampoco me parecen apropiados los juegos de azar. Pero he conocido a algunas damas importantes que comparten conmigo el interés por escribir. Hemos sostenido varias discusiones apasionantes.

En cuanto a la vorágine social, te repito que no es tan divertido sin ti. No sé cómo te las arreglas para atraer a gente más bien insólita. Yo, en cambio, atraigo a los más correctos. Si no fuese por Peter Sheldrake, me sentiría muy aburrida. Pero por fortuna es un gran bailarín y finalmente bailé el vals con él. Me gustaría más su preferencia por temas serios o intelectuales que no esa marcada inclinación por las frivolidades. Además, me provoca sin cesar.

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