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Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:

Augusta Ballinger estaba segura de que se trataba de un terrible error. No era posible que el temible, pomposo y peligrosamente perturbador conde de Graystone quisiera casarse con ella… porque se rumoreaba que la elegida tenía que ser un dechado de virtudes. Y todos sabían que ella, la última descendiente de los desenfrenados Ballinger de Northumberland, no respetaba las normas sociales. Con el fin de convencer al conde de que no es la esposa apropiada, planea un encuentro a medianoche. Pero al entrar en la casa por una ventana sólo consigue fortalecer la resolución de él: arrancar a besos la risa de esos labios de miel y enseñar buen comportamiento a la indomable jovencita. Pero un viejo enemigo irrumpe para amenazar el amor de los dos, su honor e incluso su vida.
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– Ya que la guerra ha terminado, ¿por qué te parece tan importante el poema? -Lo miró por encima del hombro, tratando de adivinarle la expresión.

Harry le devolvió la mirada.

– Durante los últimos años de guerra, actuaba un hombre al que llamaban Araña, que trabajó para los franceses como hacía yo para la Corona británica. Creemos que es inglés, tanto porque su información era muy precisa como por el modo en que operaba. Su actuación costó la vida de muchos hombres y, si está vivo, quisiera que pagase por su traición.

– ¿Quieres vengarte?

– ¡Sí!

– Y eres capaz de destrozar nuestra relación como marido y mujer para lograrlo…

Harry se quedó inmóvil.

– No entiendo que esta cuestión pudiera afectar nuestra relación. Si eso ocurriera, sería por tu culpa.

– Sí, milord -musitó Augusta-, ese es el modo de abordarlo. Eres muy astuto, me culpas por los sentimientos hostiles que podría provocar tu propia crueldad.

Una vez más, la furia de Harry se encendió.

– ¿Y no eres tú cruel? ¿Cómo crees que me siento al ver que prefieres defender el recuerdo de tu hermano antes que brindar fidelidad a tu esposo?

– Milord, creo que entre nosotros se ha abierto un inmenso abismo. Pase lo que pase, nada volverá a ser igual entre nosotros.

– Señora, existe un puente para cruzar ese abismo. Podrías quedarte para siempre a un lado: el de los valientes y audaces Ballinger de Northumberland, o cruzar al mío, donde está el futuro. Dejo la decisión en tus manos. Te prometo que no te quitaré el poema a la fuerza.

Sin esperar respuesta, Harry dio media vuelta y salió del dormitorio.

Durante los días siguientes invadió la casa una calma cortés y helada. La sombría atmósfera era más notoria porque contrastaba con las semanas de floreciente calidez que la habían precedido.

Al percibir ese cambio tan evidente en el ánimo de todos, Harry comprendió lo grande que había sido la transformación del ambiente familiar desde que Augusta era la señora. Los criados, siempre puntillosos y bien entrenados, comenzaron a realizar las tareas con una alegría que Harry no había advertido antes. Le recordó el comentario de Sheldrake cuando le decía que Augusta solía ser amable con la servidumbre.

Meredith, esa estudiosa en miniatura, de mentalidad seria y temperamento dócil, pintaba y salía de paseo al campo. En los últimos tiempos, los sencillos vestidos de la niña habían florecido de frunces y cintas. Y comenzaba a hacer entusiastas comentarios sobre los personajes de las novelas que le leía Augusta.

Incluso Clarissa, esa mujer austera, sobria, de carácter irreprochable, que hasta el momento se dedicaba por entero a su misión de institutriz, había cambiado. Harry no sabía qué había sucedido en las pocas semanas transcurridas desde la boda, pero era indudable que Clarissa se había encariñado con Augusta. No sólo se había ablandado sino que manifestaba un entusiasmo tan apasionado que, en otra mujer, habría indicado un romance. Últimamente, Clarissa se disculpaba con frecuencia de alguna salida o se abstenía de reunirse con la familia después de la cena y corría escaleras arriba a su dormitorio. Harry tuvo la impresión de que estuviera trabajando en cierto proyecto, pero no se atrevió a preguntarle. Clarissa era una mujer contenida, inabordable, y el conde siempre había respetado su intimidad. Después de todo, era una característica de los Fleming. Harry estaba seguro de que no existía ningún romance en el mundo de Clarissa, limitado a la sala de estudio, pero el insólito brillo en los ojos de la mujer lo intrigaba. Como los otros cambios, lo atribuía a Augusta.

Sin embargo, en los días que siguieron a su discusión con Augusta, fue evidente que el ambiente familiar se alteraba. Reinaba una atmósfera correcta pero helada. Todos se esforzaban en ser correctos y amables, pero a Harry se le hacía evidente que los habitantes de Graystone lo culpaban de aquella hostilidad apenas encubierta.

Esa situación lo irritaba. El tercer día, mientras subía hacia la sala de estudio, pensaba en ello. Si los habitantes de la casa tomaban partido en esa silenciosa batalla de voluntades que se libraba entre Augusta y él, a Harry le resultaba obvio que tendrían que haber estado de su lado. Él era el dueño, y la vida de los habitantes de la propiedad dependía de él. Al menos la servidumbre y Clarissa deberían ser conscientes de esa realidad.

«Augusta también debería ser consciente de ello.» No obstante, cada vez resultaba más evidente que Augusta entregaba su lealtad junto con su corazón, y el corazón de su esposa pertenecía a los recuerdos del pasado.

Harry había pasado las dos noches anteriores solo en la cama, contemplando la puerta cerrada de la habitación de Augusta. «Es ella quien tiene que abrirla -se dijo-, y a su debido tiempo, lo hará.» Pero en ese momento, al afrontar la posibilidad de otra noche a solas, comenzaba a cuestionarse semejante suposición.

En la cima de la escalera, Harry se dirigió por el pasillo que llevaba a la sala de estudios y una vez allí, abrió la puerta con suavidad.

Clarissa alzó la mirada, ceñuda.

– Buenas tardes, milord. Es extraordinaria su visita.

Harry percibió la falta de calidez en el tono de la mujer y prefirió pasarlo por alto, pues en los últimos tiempos, nadie lo saludaba con calidez.

– Tenía un momento libre y decidí ver cómo iban las lecciones de pintura.

– Comprendo. Meredith ha comenzado temprano. La señora acudirá enseguida, como de costumbre.

Meredith levantó la vista de las acuarelas. Por un instante, se le iluminaron los ojos, pero luego desvió la mirada.

– Hola, papá.

– Meredith, sigue trabajando. Sólo quiero observar un rato.

– Sí, papá.

Harry la vio elegir otro color con el pincel. Meredith mojó con cuidado las cerdas y esparció una gran franja negra sobre la hoja inmaculada.

Era la primera vez que veía a su hija elegir un color tan oscuro para su pintura. Los trabajos que ahora se exhibían con regularidad en la galería eran, por lo general, creaciones vivaces que resplandecían de colores claros.

– Meredith, ¿es eso Graystone de noche? -Harry se acercó a ver la pintura con mayor detalle.

– Sí, papá.

– Parece demasiado oscuro, ¿no?

– Sí, papá. Augusta dice que tengo que pintar lo que sienta.

– ¿Y hoy prefieres hacer un cuadro tan oscuro, aunque haga un día tan soleado?

– Sí, papá.

Harry apretó la mandíbula. Incluso Meredith se sentía afectada por el sombrío ambiente de la casa. «Y todo por culpa de Augusta.»

– Creo que deberíamos aprovechar el buen tiempo. Daré aviso a los establos de que ensillen tu poni. Esta tarde cabalgaremos hasta el arroyo, ¿qué te parece?

Meredith lo miró, vacilante.

– ¿Puede venir Augusta con nosotros?

– Podemos invitarla -dijo Harry, encogiéndose por dentro. Imaginaba que rechazaría gentilmente la invitación. Los dos últimos días se había asegurado de no pasar un momento con Harry, salvo durante la cena-. Quizá tenga otros planes.

– No tengo ningún plan -dijo Augusta con calma desde el vano de la puerta-. Me encantará cabalgar hasta el arroyo.

De pronto, el rostro de Meredith se iluminó.

– ¡Qué divertido! Iré a ponerme mi traje de montar nuevo. -Se apresuró a mirar a Clarissa-. ¿Puedo salir, tía Clarissa?

Clarissa dio su aprobación con gesto regio.

– Claro que sí, Meredith.

Harry se volvió con lentitud y miró a Augusta a los ojos. Ella inclinó cortésmente la cabeza.

– Milord, si me disculpa, yo también debo cambiarme. En unos minutos, Meredith y yo nos reuniremos abajo con usted.

«¿Qué significa esto?», se preguntó Harry viendo desaparecer a Meredith. Por otra parte, pensó que era preferible no averiguar más.

– Espero que disfrute del paseo con la señora y con Meredith, señor -dijo Clarissa con severidad.

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