Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:

Augusta Ballinger estaba segura de que se trataba de un terrible error. No era posible que el temible, pomposo y peligrosamente perturbador conde de Graystone quisiera casarse con ella… porque se rumoreaba que la elegida tenía que ser un dechado de virtudes. Y todos sabían que ella, la última descendiente de los desenfrenados Ballinger de Northumberland, no respetaba las normas sociales. Con el fin de convencer al conde de que no es la esposa apropiada, planea un encuentro a medianoche. Pero al entrar en la casa por una ventana sólo consigue fortalecer la resolución de él: arrancar a besos la risa de esos labios de miel y enseñar buen comportamiento a la indomable jovencita. Pero un viejo enemigo irrumpe para amenazar el amor de los dos, su honor e incluso su vida.
1 ... 39 40 41 42 43 44 45 46 47 ... 73
Перейти на страницу:

El conde creyó que se había convencido a sí mismo y a Peter Sheldrake de que la guerra y todos sus horrores hubieran quedado atrás. Pero ahora comprendía que nunca había podido olvidar al hombre al que llamaban Araña. Por culpa de ese canalla habían muerto muchos hombres y otros como Peter Sheldrake habían corrido demasiados riesgos. El traidor había causado innumerables pérdidas en el campo de batalla. Y la idea de que era probable que fuese inglés, no hacía más que aumentar la frustración de Harry.

Gozaba de la reputación de ocuparse de las tareas de inteligencia con sangre fría y un razonamiento helado, único modo de emprender tareas tan lúgubres; Si hubiese permitido que se mezclaran las emociones, se habría paralizado. Cada movimiento, cada contraataque, cada decisión o análisis debió llevarse a cabo atenazado ante el terror de la equivocación, pero bajo esa capa de hielo lo asolaban la ira y la frustración y el deseo de venganza se concentraba en Araña, el enemigo implacable.

El talento lógico de Harry y el deseo de continuar su propia vida lo ayudaron a olvidar el deseo de venganza en los meses transcurridos desde Waterloo. Sabiendo que era casi imposible encontrar respuestas a las torturantes preguntas que se hacía durante las noches sin sueño, Harry se rindió a lo inevitable. En medio del apremio de la guerra, muchos sucesos quedaron sepultados para siempre, tal como explicó a Augusta el día del almuerzo campestre. Y hasta el momento, la verdadera identidad de Araña era uno de ellos.

Sin embargo ahora, a raíz de un comentario casual de su hija, tal vez hubiese salido a la luz una clave inesperada en relación con la identidad de Araña. Bien podría ser que el poema de Richard Ballinger no significara nada, pero de cualquier manera, Harry sabía que tenía que estudiarlo. Hasta que no hubiese visto el maldito poema, no podría descansar.

«Con todo, tendría que haber abordado la cuestión con más prudencia», se recriminó. Esta situación tan desagradable era culpa suya. Estaba tan ansioso de leer el poema, tan seguro de que Augusta le obedecería, que no se había detenido a pensar hacia dónde se decantaría la lealtad de la esposa.

Consideró las posibilidades. Si subía y obligaba a Augusta a que le entregara el papel, destruiría cualquier sentimiento que su esposa abrigara hacia él. Nunca se lo perdonaría. Por otro lado, lo carcomía la comprensión de que la lealtad de Augusta a la memoria del hermano fuera más fuerte que como esposa.

Estrelló el puño contra el brazo de la silla y se levantó. Durante el viaje le había dicho a Augusta que el amor no le importaba; buscaba la lealtad de su esposa y ella se la había concedido.

Pues ahora se lo exigiría. Augusta ya le había planteado demasiados desafíos. Era hora de que él le presentara su propio reto.

Cruzó a zancadas la alfombra oriental, abrió la puerta y salió al vestíbulo enlosado. Pisando sobre los escalones alfombrados de rojo, subió al primer piso y recorrió el pasillo hasta la puerta de la habitación de Augusta. Abrió sin detenerse a llamar y entró en la habitación.

Augusta, sentada ante el pequeño escritorio dorado, se sonaba la nariz con un pañuelito de encaje. Al abrirse la puerta, se sobresaltó y alzó la vista. Los ojos le brillaban de furia, temor y lágrimas contenidas.

«Los Ballinger de Northumberland son personas demasiado emotivas», pensó Harry suspirando para sí.

– Graystone, ¿qué haces aquí? Si has venido a quitarme el poema de Richard a la fuerza, olvídalo. Lo he escondido.

– Te aseguro que es improbable que pudieras encontrar un escondite que yo no fuera capaz de descubrir. -Cerró la puerta del dormitorio con suma suavidad y, con las piernas separadas, la miró dispuesto a la batal la.

– ¿Me estás amenazando?

– En absoluto. -Tenía un aspecto tan desdichado, tan orgulloso y herido que, por un instante, Harry se debilitó-. Amor mío, las cosas no deberían ser así entre nosotros.

– No me llames «amor mío» -le espetó-. Recuerda que no crees en el amor.

Harry exhaló un profundo suspiro y cruzó la habitación hasta el tocador de Augusta. Se quedó contemplando pensativo los frascos de cristal, los cepillos y un mango de plata y todo el delicioso conjunto de objetos femeninos. Recordó por unos instantes cuánto le gustaba irrumpir en la recámara a través de la puerta que comunicaba ambos dormitorios y encontrar a Augusta sentada, mirándose al espejo, cuánto le gastaba hallarla en bata con aquel absurdo peinador de encaje bajo los rizos castaños. La intimidad de la habitación y el súbito sonrojo que le provocaba siempre le brindaban un enorme placer.

Pero en ese momento la mujer no pensaba en él como amante sino como enemigo. Harry contempló a Augusta, que lo miraba con expresión angustiada.

– No creo que sea una buena ocasión para discutir tu idea del amor -dijo Harry.

– ¿Lo dice en serio, milord? ¿De qué discutiremos, entonces?

– De tu idea de la lealtad.

Confundida, la joven parpadeó y pareció más abatida aún.

– Graystone, ¿a qué te refieres?

– Augusta, el día de nuestra boda me juraste lealtad. ¿Acaso lo has olvidado?

– No, milord, pero…

– Y en esta misma habitación, nuestra primera noche juntos, de pie junto a esa ventana me juraste que cumplirías con tu deber de esposa.

– ¡Harry, eso no es justo!

– ¿Qué es lo que no es justo? ¿Recordar tu promesa? Confieso que no creí necesario hacerlo, porque pensé que la honrarías.

– Pero esta es una cuestión -protestó la joven- que atañe a mi hermano. Estoy segura de que puedes entenderlo.

Harry asintió comprensivo.

– Sé que te ves desgarrada entre la lealtad a la memoria de tu hermano y la que debes a tu marido. Debe de ser para ti una decisión muy difícil y lamento mucho haberte causado este conflicto. En los momentos de crisis, rara vez nos parece la vida simple o equitativa.

– ¡Maldito seas, Harry! -Apretó los puños sobre el regazo y lo miró echando chispas por los ojos.

– Me imagino cómo debes sentirte, pues tienes motivos. Por mi parte, me disculpo por haberte exigido algo con tan poca consideración. Te pido que me perdones por el apremio con que te ordené que me dieras el poema. Sólo puedo aludir en mi defensa que se trata de un asunto de suma importancia.

– También lo es para mí -le replicó la joven, furiosa.

– Es obvio. Y al parecer, ya adoptaste una decisión: manifestaste con toda claridad que es más importante proteger el recuerdo de tu hermano que tu deber de esposa. Tu lealtad es, en primer lugar, para los Ballinger de Northumberland. Tu esposo legítimo tendrá que conformarse con las sobras.

– ¡Por Dios, Graystone, eres muy cruel! -Augusta se puso de pie, apretando el pañuelo. Le dio la espalda, enjugándose los ojos.

– ¿Porque te pido que me obedezcas en esta cuestión? ¿Porque, como esposo, te exijo fidelidad absoluta y no una porción de ella?

– Graystone, ¿no puedes pensar en otra cosa que el deber y la fidelidad?

– No siempre lo hago, pero en este momento me parecen cruciales.

– ¿Y qué me dices de tu deber y tu lealtad hacia tu esposa?

– Te di mi palabra de no comentar con nadie las actividades de tu hermano durante la guerra, cualesquiera que hubieran sido. Eso es todo lo que puedo prometerte, Augusta.

– Pero si hubiera algo que pudiera implicar a mi hermano como traidor, es probable que lo interpretaras así.

– No importa, Augusta. Está muerto. Uno no persigue a los muertos. Tu hermano está fuera del alcance de la ley o de mis deseos de venganza.

– Sin embargo, su honor y su reputación siguen vivos.

– Augusta, sé sincera contigo misma. Eres tú quien teme lo que pudiera descubrir el poema. Tienes miedo de que tu hermano, a quien has colocado en un pedestal, caiga a tierra.

1 ... 39 40 41 42 43 44 45 46 47 ... 73
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)